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Otra vez lunes. He perdido la alegría con la que venía al trabajo.
Me parece una tomadura de pelo el recorte que me han hecho en la nómina con la excusa del plus de productividad.
Voy a esperar un par de días, por si Sofía habla con el director y consigue que mueva ficha.
Tengo poca confianza en que eso ocurra. Iré yo mismo a ver al director y, si no se aviene a razones, estoy dispuesto a recoger mi finiquito y empezar en otra parte.
Lo último que deseo es permanecer un minuto en un sitio en el que, por lo que estoy viendo, no valoran mi trabajo.
Este lugar es solo una estación de paso, no un destino como parece que piensa Sofía, que ha sido capaz de jugársela a Julio para ocupar su puesto.
Bajo a tomar un café. Me encuentro a Eduardo, que tiene un aspecto desmejorado.
Más allá de la calva incipiente, la barriga que asoma como un polizón debajo de su camisa y las ojeras que cercan sus ojos grises, ha desaparecido de su expresión la alegría de las últimas semanas.
Nos sentamos en una mesa junto a uno de los ventanales por el que entra la claridad de un nuevo día primaveral.
Bajo esta luz se acentúa el aspecto fantasmal de Eduardo.
—¿Te encuentras bien? —pregunto—. Tienes pinta de haber dormido poco.
—Llevo paranoico todo el fin de semana —dice Eduardo, y como para refrendar sus palabras, echa una rápida mirada alrededor. Hay otras personas en el comedor, pero ninguna tan cerca como para oírnos, en caso de que eso pudiera interesarles.
—¿Ha ocurrido algo?
—Es por El juego de Afrodita —dice Eduardo.
—Ayer estaba caída la página.
—Espero que siga así. Deberían prohibir ese juego y meter a sus responsables en la cárcel.
Las palabras de Eduardo me ponen en guardia.
—¿Por qué dices eso?
—Es una tomadura de pelo —dice Eduardo—.
Me he enterado de que son personas reales las que manejan a las modelos del juego.
Es todo un engaño. Piensas que estás en un entorno seguro pasando un rato relajado y, en realidad, lo que estás haciendo es dejar que un extraño se introduzca a hurtadillas en tu intimidad para robarte tus secretos.
—¿Cómo sabes que son personas reales las que manejan a las modelos?
—Salió el tema con un compañero en los juzgados —dice Eduardo—. Me comentó que una clienta había estado haciendo ese trabajo y que había llegado a un acuerdo con Cosmo IA para que la pagasen una generosa indemnización a cambio de mantener la boca cerrada.
Eso confirma lo que yo mismo he averiguado con relación a Afrodita. Parece que es una práctica común de Cosmo IA.
—¿Han tenido acceso a información sensible mientras estabas conectado? —pregunto.
—No, que yo sepa —dice Eduardo—. Tú lo has probado, ya sabes cómo es el tema.
Te relajas y hablas de tus preocupaciones, pero tampoco te pones a dar detalles de tal o cual.
En ese aspecto, estoy tranquilo. Lo que me preocupa es que me hayan grabado con una cámara mientras estaba con el Cinturón puesto y que luego me quieran chantajear con ello.
Aparte de que no me hace ninguna gracia que alguien a quien no conozco, y que ni siquiera puedo asegurar que sea una mujer, sepa ahora cuáles son mis preferencias sexuales.
—Me dejas a cuadros —digo.
Prefiero callarme lo que sé sobre el espionaje que hacen los de Cosmo IA a través de su dispositivo estrella, el Cinturón de Afrodita. No quiero que le dé un infarto a Eduardo.
—Imagínate la cara de gilipollas que se me quedó cuando hablé con el compañero —dice Eduardo—. Tenía que haberte llamado para contártelo, pero he estado tan bloqueado que solo tenía ganas de meter la cabeza bajo tierra y desaparecer.
—Descuida, me hago cargo de la situación.
—Te lo estás tomando mejor de lo que pensaba —dice Eduardo—. ¿No te preocupa que te estén espiando? Tú eres ingeniero de ciberseguridad, imagino que estás acostumbrado a estas cosas.
Me encojo de hombros.
—Ya nos espían desde el momento en el que nos conectamos a internet —comento—. Me he tomado el juego como un pasatiempo. No me gusta que me tomen el pelo, pero tampoco he sido indiscreto de una manera que pueda preocuparme. Tengo la información sensible bien guardada bajo llave. ¿Y tú?
—Tengo un sobrino informático —dice Eduardo—. Ha comprobado la red de casa y me ha dicho que todo está correcto.
—Eso me tranquiliza. De todas maneras, si quieres una segunda opinión, aquí estoy. No dudo de los conocimientos de tu sobrino, pero esta gente puede haber desarrollado métodos muy sofisticados de intrusión que incluso a mí me cueste detectar.
—Bueno, como tú también estás en el punto de mira, ya me dirás si te salta una alarma.
—Eso haré.
Parece que Eduardo tiene más interés en que no meta las narices en sus asuntos que en neutralizar la amenaza que supone el espionaje de Cosmo IA.
Le entiendo. Yo tampoco quiero que él meta las narices en mis asuntos, y por eso me callo que ya saltó la alarma con el Cinturón de Afrodita y que he aprovechado ese ataque para espiar a su responsable.
—¿Vas a denunciar a Cosmo IA? —pregunto.
Eduardo niega con un gesto, su cara reflejando un gran desaliento.
—Lo último que me apetece es que la gente se cachondee de mí por este tema —dice Eduardo—. Tú lo has probado y sabes cómo es, pero la gente enseguida te tacha de friki y te toman por un pervertido, como si a ellos no les fuera la marcha también.
—Te entiendo.
—Pero, vamos, si tú quieres denunciarlos, adelante —dice Eduardo.
—No, pero sí me gustaría hablar con esa mujer que trabajó con ellos. ¿Puedes preguntarle a tu compañero?
—Sí, pero no sé si querrá decirme quién es. Estas cosas son confidenciales.
Termino mi café mientras Eduardo apura su té con limón.
—¿Te has deshecho del Cinturón de Afrodita? —pregunto.
Eduardo me mira con una expresión culpable que anticipa su respuesta.
—Iba a tirarlo, pero tampoco quería precipitarme —dice.
Sonrío de una manera que le hace sonreír también.
—¿Eres consciente de que su uso no es seguro? —insisto.
—Ya. Pero ¿no sería la vida muy aburrida sin un poco de riesgo?
En eso le doy la razón.
Cambiamos una última mirada de camaradas antes de volver al frente para la batalla.