El juego de Afrodita 34
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Me despierto con el canto de unas urracas que discuten animadamente sobre las copas de los plataneros próximos a mi ventana. Todavía hay luz de día. Miro el reloj. Son las siete y media. Me he echado una buena siesta. Tenía mucho sueño atrasado.

Voy a por un vaso de agua y, ya más espabilado, me siento ante las pantallas conectadas a mi ordenador.

Tengo la señal de vídeo del cuarto de Afrodita abierta en una de las ventanas.

El cuarto está solitario, iluminado por la luz que entra de la calle.

Así estaba antes de que me fuera a echar la siesta.

Afrodita debe llevar todo el día sin pasar por aquí.

Lo compruebo mirando la señal de vídeo grabada en mi ordenador, que abro en otra ventana.

Paso las imágenes en el modo más rápido de reproducción.

Lo único que se mueve en la quietud del cuarto de Afrodita es la luz, que va cambiando su ángulo y su intensidad, menor a esta última hora de la tarde.

Pese a que tengo acceso en remoto al portátil de Afrodita, no he podido conseguir información alguna.

Guarda todo en archivos encriptados invulnerables a mis herramientas de hackeo.

Sigo sin saber quién es y qué quiere. Tiene una red wifi, pero ni ella ni el vikingo han conectado sus teléfonos a esa red.

Me paso un rato trasteando en busca de una fisura en ese sistema de protección de archivos, sin conseguir otra cosa que ponerme la cabeza como un bombo.

Hago una pausa para cenar.

Me preparo una ensalada ligera como todas las noches.

Me tomo un yogur griego de postre y ya con mejores sensaciones, después de comprobar que Afrodita sigue sin dar señales de vida, decido ser yo quien la invoque para que se haga presente.

Después de ponerme el Cinturón de Afrodita, con los sensores sobre mi piel debajo de la camisa, me tumbo en mi cama con el iPad y vuelvo a conectarme a El juego de Afrodita . O, más bien, lo intento.

Tengo problemas para poder abrir la sesión.

Es la primera vez que falla. Salgo de la página, compruebo que internet funciona, y vuelvo a meterme, pero no hay manera de pasar de la página de inicio.

Hay un chat para contactar, pero tampoco funciona.

Tengo ganas de ver a Afrodita y de tener sexo virtual con ella como las últimas veces.

No hay nada más relajante. Por contra, me estresa verme privado de ello.

Empiezo a golpear la pantalla del iPad con frenesí, pulsando repetidas veces la tecla de inicio de sesión, que se obstina en ignorar mis órdenes.

Cuando quiero darme cuenta llevo veinte minutos gastando dedo para nada.

Frustrado, aparto el iPad y me quito de un tirón rabioso el Cinturón de Afrodita, que me hace sentir ridículo.

Me abruma la repentina conciencia que adquiero de lo importante que se ha vuelto para mí este juego, que no debería haber pasado de la categoría de pasatiempo.

Mi ofuscación por no poder acceder a la página se mezcla con una preocupación mayor ante la posibilidad de que su caída sea permanente y no algo temporal.

No ver más a Afrodita sería terrible. El sexo es secundario, esto va mucho más allá.

La seguridad de llegar a casa y poder hablar con alguien que te escucha y te comprende, y que siempre está dispuesto a sonreír, es algo que no tiene precio.

Aunque se trate de un espejismo. Saber, además, que hay una persona real detrás, velando porque se mantenga vivo el espíritu del juego, acrecienta su valor.

Si pierdo a Afrodita, me voy a sentir más solo que antes de conocerla.

Pero estoy exagerando. Conservo el acceso al mundo de Afrodita a través de la cámara del portátil de quien se está haciendo pasar por ella.

Confío en poder establecer un contacto directo con esta persona, independiente del juego, más pronto que tarde.

Quiero saber todo de esta mujer misteriosa que se ha prestado a encarnar esta fantasía.

Aunque me preocupa que haya pretendido espiar mi intimidad sin respetar el límite de lo que yo estoy dispuesto a compartir, no dejo de sentir como un halago ese interés por mí.

Por absurdo que parezca, siento que es ella la que me ha elegido y la que me está modelando según su deseo mientras me hace creer lo contrario.

Ahora estoy delante de mi ordenador, mirando la señal de vídeo del cuarto de Afrodita.

Ya es de noche y la iluminación es mínima.

Afrodita sigue desaparecida. Me fijo en la silueta iluminada de Torrespaña, que destaca en el paisaje nocturno que se ve desde la ventana del cuarto.

Hago una captura de pantalla. Después busco las imágenes que he grabado del cuarto vacío desde la mañana y hago más capturas en las que se ve perfectamente la evolución de la inclinación del sol desde el amanecer hasta el crepúsculo.

Parece raro que esta Afrodita de carne y hueso no esté ya de vuelta en su casa, pero tampoco sé cómo tiene la agenda de ocupada ni si se ha ido de viaje.

Me pregunto si su ausencia tiene algo que ver con la caída de la página del juego.

¿Le habrá surgido un imprevisto y por eso ha bloqueado la página, a la espera de poder atenderla con el cuidado que acostumbra?

Hay otra posibilidad, más absurda si cabe y mucho más preocupante: que hayan detectado mi intrusión en su sistema y hayan decidido interrumpir el servicio hasta que la seguridad quede restablecida.

En tal caso, lo normal es que tomen represalias contra mí.

Ellos me han espiado primero, así que no temo las consecuencias legales.

Lo que sí llevaría mal es verme expulsado del mundo de Afrodita, justo ahora que empezamos a conocernos de verdad.

Puede que todavía esté a tiempo de que no me pillen. Sin embargo, prefiero correr el riesgo a permanecer en la ignorancia.

Miro las capturas de pantalla que acabo de hacer. Tengo la información suficiente con eso para calcular con un alto grado de certeza la ubicación exacta del cuarto de Afrodita. Abro Google Maps y me pongo a la tarea.