El juego de Afrodita 33
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Salgo a dar un paseo por la mañana. Necesito aclarar las ideas.

Noto la brisa fresca, que mitiga la caricia del sol.

Es domingo y apenas hay tráfico, puedo escuchar el canto de los pájaros en las copas de los árboles.

Se nota la primavera en la cara relajada de las personas con las que me cruzo, en el color que inunda los jardines con su variada flora, en la embriagadora ligereza del aire que respiro.

Me acerco hasta el parque del Retiro. Está muy animado.

Veo a parejas que caminan de la mano. Me imagino, por un momento, que Afrodita y yo somos una de esas parejas, como antes me imaginaba que lo éramos Sofía y yo.

Con Sofía ya no quiero nada, me ha decepcionado totalmente.

En cambio, Afrodita, o mejor dicho, la mujer que se esconde detrás de ella, sigue siendo una incógnita para mí.

Tengo motivos de sobra para desconfiar de ella, sin embargo, pocos se prestarían a esta clase de juego, y menos podrían ser capaces de lograr que funcione así de bien.

No, al menos, sin un grado de implicación personal que ningún contrato puede exigir.

Eso es algo que nace de muy dentro, de una necesidad íntima, y es en esa parte genuina en la que hemos conectado los dos.

Cuando me pongo el Cinturón de Afrodita, he llegado al punto en el que dudo de si es mi fantasía la que estamos viviendo o si es la de ella.

Y eso aumenta, si cabe, el placer que me proporcionan estos encuentros.

Debo tener cuidado. El despertar me hace sentir confuso, como si realidad y fantasía se hubieran trocado.

Mi dormitorio y cuanto me rodea me parece un decorado, mientras que lo vivido con Afrodita es lo único que me parece auténtico.

Ahora mismo, mientras doy este paseo, por agradable que me esté resultando, siento como si una barrera invisible me mantuviera aislado de mi entorno, impidiéndome fundirme en armonía con él.

Es como si estuviese dentro de un paréntesis y lo único que contara es el momento del reencuentro con Afrodita.

He salido rápido de casa, entre otras cosas, para mantenerme lejos del Cinturón.

Quería demostrarme que todavía soy yo quien lleva la voz cantante, que no me dejo manipular tan fácilmente.

Sin embargo, por mucho que me haga el duro, lo cierto es que no veo el momento de volver a casa para jugar con Afrodita.

Estoy pasando junto al Palacio de Cristal cuando oigo que me llaman:

—¡Max!

Es Sara.

La saludo aunque me cuesta reconocerla porque está disfrazada de payasa.

Se ha puesto una peluca rosa y una nariz postiza del mismo color, a juego con el carmín de los labios también.

Está muy maquillada. Se ha pintado unas lágrimas azules en las mejillas.

Sin embargo, no da una impresión de patetismo.

Al contrario, su sonrisa contagia alegría, sensación que refuerza su vestimenta, una blusa roja con lunares blancos y una falda con los colores del arcoíris.

La falda es corta y deja ver unas piernas largas y bien contorneadas que luce con unos leotardos naranjas.

Estoy sorprendido, no creía que Sara pudiera resultar tan atractiva.

Sujeta en una mano un globo, que me tiende, y en la otra, una hucha.

Miro el puesto de globos que hay a su espalda y saludo a su compañera, una mujer disfrazada de mimo, con la clásica camisa de rayas horizontales blancas y negras, la boina y los pantalones negros con tirantes.

Un cartel avisa de que están recaudando fondos para la lucha contra el cáncer infantil.

Agarro el globo que me tiende Sara y finjo que voy a salir volando. Ella se ríe y agita la hucha, en la que suenan monedas. Meto un billete en la hucha.

—Qué sorpresa verte por aquí y disfrazada así —digo.

—Trabajo para pagar las facturas, pero esto es lo que me llena —dice Sara.

—Es un ejemplo lo que hacéis.

—Intentamos aportar nuestro grano de arena —dice Sara—. Si quieres sumarte a la causa, estás invitado. Hacen falta voluntarios.

—Me lo pensaré.

—Mira bien lo que te pierdes.

Sara señala su propia figura, de una manera ambigua que puede referirse tanto a su disfraz como a su persona.

—Estás muy sexi con esta ropa —digo. Le estoy agradecido porque, a diferencia de Sofía, ella es legal y me lo ha demostrado, pero, si le he dicho que está sexi, es porque lo pienso.

—Me siento liberada cada vez que me disfrazo —dice Sara—. ¿A ti no te pasa?

—Ya ni me acuerdo cuándo fue la última vez que me disfracé. Debía estar todavía en el parvulario.

—Es muy divertido. Deberías probar.

—Te haré caso —digo.

—Eso es algo inteligente de tu parte.

Sara me mira con ojos escrutadores. Por un momento, desaparece la alegría de su rostro, en el que toman protagonismo las lágrimas pintadas que caen figuradamente sobre sus mejillas.

—Le di tu mensaje a Sofía —dice.

—Te lo agradezco. Me escribió ayer y nos vimos un rato.

—¿Qué tal fue?

—Fue un encuentro cordial —digo—. Pudimos aclarar el malentendido que había. Ya está todo arreglado.

—Me alegro. No he visto a Sofía en todo el fin de semana.

—Ya te contará, imagino.

—Sí. Salvo que le hayas dado un palazo en la cabeza y la hayas enterrado en un hoyo en tu jardín.

—No tengo jardín.

Sara suelta una carcajada tan potente que casi explota el globo que llevo en la mano.

—Me tranquilizas —dice—. Espero que Sofía me cuente la verdad de lo ocurrido con Julio. No es que me importe lo que le pase a ese impresentable, pero me has dejado intrigada con tanto misterio.

—Habla con Sofía. No me gusta perder el tiempo con chismes. Y menos ser yo el protagonista de rumores infundados. Pero, como te acabo de decir, ya está todo aclarado.

Nos despedimos cordialmente. Ha sido un encuentro agradable.

Parece mentira cómo unos cuantos trapos pueden cambiar tanto a una persona.

Sara parecía otra, una mujer con un enorme atractivo.

El maquillaje también ayuda, pero, sobre todo, no andar dentro de un saco de patatas como acostumbra, al menos cuando está en la oficina.

Si llega a ir vestida así la noche aquella que se me insinuó en la cena de la empresa, quién sabe lo que habría podido pasar entre los dos.

Veo a un niño que me está señalando y que quiere echar a correr en mi dirección. Su madre se lo impide, lanzándome una sonrisa apurada. Solo entonces comprendo qué le pasa al niño.

Me acerco y le doy el globo que le he comprado a Sara.

—Gracias, señor —dice la madre, con una sonrisa. El niño solo tiene ojos para el globo: rojo, enorme, que parece querer salir volando hacia el límpido cielo azul de esta mañana.

Bordeo el estanque, donde conviven en armonía los patos y los ocasionales remeros, y enfilo hacia una de las salidas del parque. Ya empiezo a notar apetito.