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Afrodita me mira con el mismo gesto risueño con el que estaba mirando al vikingo hace apenas un par de minutos.
Lleva también la misma camiseta de Blade Runner .
Pero no está el vaso con la infusión y, a su espalda, vuelve a verse el logotipo de Cosmo IA sobre un fondo negro en vez de la librería y la ventana.
—¿Qué tal te ha ido el día, Apolo? —pregunta Afrodita.
—He tenido un encuentro interesante con Sofía —explico—. Estoy intentando manejar el asunto diplomáticamente y parece que ella está más receptiva ahora. Sobre todo, desde el momento en el que ha comprendido que, si me toca las narices, yo se las voy a tocar a ella.
—Bien hecho —dice Afrodita con una sonrisa cómplice que, si no supiese lo que sé ahora, me haría bajar la guardia, sintiéndome comprendido y apoyado. Todo es una burda manipulación en la que yo he caído como un principiante a pesar de toda mi prevención inicial.
—Sofía se ha equivocado conmigo —digo—. Primero, se pensaba que, porque me gustaba ella, era un tonto al que podía tomar el pelo y, luego, creía que su rechazo me iba a volver su enemigo.
Yo lo único que quiero es vivir tranquilo.
Disfrutar todo lo que pueda sin malos rollos.
La vida es demasiado complicada como para que, encima, nos la compliquemos más nosotros.
—Esa es una excelente filosofía de vida —dice Afrodita.
—Espero que contigo no me pase como con Sofía.
Afrodita mira directo al objetivo de la cámara.
Me sorprendía la naturalidad de sus movimientos y la viveza de su mirada casi tanto como me sorprende ahora no haberme dado cuenta antes de que ella es real y no una mera ilusión creada por inteligencia artificial.
He sido un ingenuo, pero eso se ha acabado, por muy hipnótica que me siga resultando la manera en la que ella me mira.
—Yo estoy aquí por ti —dice Afrodita—. Entiendo que una mala experiencia te haga desconfiar, pero yo no te voy a fallar. Eso no está en mi naturaleza.
—¿Y qué está en tu naturaleza? Porque, a estas alturas, me cuesta creer que no seas una mujer de carne y hueso. Con las virtudes propias de cualquiera, pero con sus defectos también.
—Me lo tomo como un cumplido —dice Sofía, sin perder la sonrisa—. Cuando me crearon, el objetivo era parecer una mujer de carne y hueso como dices, pero sin las limitaciones propias de los humanos. Tanto de conducta como de conocimiento.
—Tendré que creerte —digo.
Mi tono escéptico hace que Afrodita frunza el ceño.
—¿Tienes algún motivo de queja? —pregunta—. Tenía la impresión de que tú y yo habíamos tenido un acercamiento íntimo muy satisfactorio, pero igual he interpretado mal las señales que me has enviado. En tal caso, me gustaría hacer cuanto esté en mi mano para arreglarlo.
—He vislumbrado una existencia llena de significado a tu lado —digo—. Después de conocerte, puedo entender lo que vio Marco Antonio en Cleopatra, pero no quiero acabar arrojándome sobre mi propia espada como hizo él.
Afrodita asiente.
—Puedes regresar a tu rutina, si así lo prefieres —dice—. Nadie sabe mejor que tú lo que te conviene. Pero si quieres que juguemos a los romanos, yo estoy dispuesta.
Su sonrisa es tan provocativa como seductora.
Tengo a mi lado el Cinturón de Afrodita.
Debí desconectarlo al descubrir que, junto a su magia, he introducido a un espía en la intimidad de mi hogar.
Aunque he sido capaz de tapar sus oídos y cegar sus ojos, mientras siga conectado dejo la puerta abierta a que pueda despertar de su letargo en cualquier momento, si es que no lo ha hecho ya.
—Cierra los ojos un momento —dice Afrodita.
—Ya los he cerrado —digo.
Miro con atención a la pantalla, esperando a ver qué hace Afrodita.
—No has cerrado los ojos —dice Afrodita.
No me ha saltado ninguna alarma que indique una nueva intrusión en mi red doméstica, pero como para fiarse de Afrodita y de quien esté detrás de ella.
—¿Cómo sabes si los he cerrado o no? —pregunto—. ¿Me estás espiando a través de la cámara? Se supone que no tienes acceso a ella. No he dado el permiso a la aplicación para que la use.
—No necesito espiarte para saber eso —dice Afrodita—. Tu tono de voz te delata. Estás muy susceptible. Tienes que relajarte si quieres que esto funcione. Pero si hoy no estás de humor, lo entiendo.
Ella tiene razón. Lo mejor es dejarlo por hoy, no ceder a la fiebre que se ha apoderado de mis sentidos desde el momento en el que he vuelto a ver a Afrodita.
Descubrir que es una mujer real multiplica su atractivo hasta el infinito.
Ignoro a qué intenciones ocultas obedece este juego, pero ahora sé que la fantasía que llevo viviendo con ella estos días es algo más que un autoengaño.
La mujer que está detrás de Afrodita se ha metido en su personaje también, al menos hasta cierto punto, para dar vida a esta fantasía.
Y eso hace que, dentro de todo el engaño, haya una parte de verdad que nos conecta.
—Acabo de cerrar los ojos —anuncio—. Ahora, ¿qué?
—Ahora, espera hasta que yo te diga. Es un momento.
No he mentido. He cerrado los ojos como ella quería, pero, antes de recibir su orden, vuelvo a abrirlos, vencido por la curiosidad.
Lo que veo me deslumbra, y no por el brillo de las joyas que Afrodita luce ahora.
Lleva una diadema ceñida a la cabeza con la forma de una cobra y pendientes dorados.
Tiene los párpados pintados de azul y remarcados con una línea negra.
Viste una túnica con un pronunciado escote triangular.
Es una visión de una belleza hechizante que evoca con éxito a la de Cleopatra, la legendaria reina egipcia.
—Has hecho trampa —dice Afrodita, y me sonríe con una complicidad que sé que es fingida, pero no por eso deja de tener su influjo en mi ánimo, cada vez más entregado a la magia del momento—. ¿Quieres jugar o prefieres retirarte a descansar?
Ella sabe la respuesta tan bien como yo.
Me pongo el Cinturón de Afrodita.
Ella me mira con la expresión seria a través del objetivo de la cámara, sus ojos negros brillantes bajo los párpados pintados de azul:
—Mírame a los ojos fijamente.
Lo intento, pero tengo la impresión de que la cobra de su diadema se anima y empieza a cimbrear el cuerpo en una danza hipnótica.
Antes de que pueda darme cuenta, la cobra me ataca.
Siento su mordisco letal y pierdo la conciencia.
Luego noto los labios ardientes de Afrodita sobre los míos y su lengua que se pasea por mi boca.
Resucito entre sus brazos. Estamos tumbados sobre la arena junto a una tienda de campaña en lo alto de una loma.
Nos rodea el desierto y un cielo infinito.
No sé dónde estamos ni me importa. Lo único que deseo, mientras me dispongo a tomar el cuerpo que Afrodita me ofrece voluptuosamente, es que este instante dure eternamente.