El juego de Afrodita 31
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Reconozco la habitación en cuanto conecto en remoto la cámara del portátil.

He rastreado el origen del ataque a mi red de seguridad desde el Cinturón de Afrodita hasta ese ordenador.

Pensaba que, siendo Cosmo IA una gran compañía, me encontraría un escenario desconocido, pero tampoco me sorprende lo que estoy viendo: el cuarto de Afrodita.

Ella me lo enseñó por error en nuestra primera sesión.

La librería está igual de desordenada. Por la ventana se ve el Pirulí iluminado, destacando a esta hora sobre el cielo negro de Madrid.

Veo la silla vacía, pero hay una infusión humeante sobre la mesa y que esté encendida la luz de la habitación indica que Afrodita debe estar cerca.

Soy consciente de lo que esto significa: Afrodita es real.

Y sea quien sea, es ella quien me espía.

Conecto el micrófono del portátil también.

Enseguida escucho la voz de Afrodita, con su timbre grave y suave que me resulta tan sensual.

Siento una oleada de calor por dentro. Es una sensación agradable que, por un momento, me rescata de las negras profundidades en las que está sumido mi pensamiento.

—Voy a ponerme un rato a la tarea —dice Afrodita.

Una voz de hombre, aflautada y nasal, contesta:

—Hoy es sábado por la noche. ¿No puedes parar por un día?

El tipo debe ser un elfo. Me pregunto quién será y qué hace en casa de Afrodita un sábado por la noche.

—Voy con retraso —dice Afrodita.

—Tenías que haber dicho que buscaran a otro, ya bastante trabajo tienes sin esto.

—Esto no es trabajo, es placer.

—Voy a acabar teniendo celos de ese Apolo.

Afrodita se ríe y el hombre la secunda. Apenas tengo tiempo de procesar el grado de proximidad que revela ese comentario entre Afrodita y el desconocido cuando ella entra en el campo de la cámara y puedo verla sentándose con aire risueño.

Hoy lleva puesta una camiseta negra de Blade Runner con la figura de origami de un caballo blanco junto a la frase «Nadie vive para siempre».

Afrodita agarra el vaso con la infusión humeante, sopla y da un trago.

—Estaré en el salón, dándome un atracón de series —dice el hombre, fuera del campo de la cámara—. Te guardo hueco, por si te aburres.

—Vale.

El hombre aparece delante de la cámara un momento.

Tiene unas melenas rubias casi tan largas como las de Afrodita.

Es guapo y musculoso. El elfo ha resultado ser un vikingo.

Se inclina para dar un beso a Afrodita en los labios.

Sonríen, mirándose con complicidad. Él se va y ella empieza a teclear en el ordenador con gesto concentrado.

No sé si estar contento, cabreado o las dos cosas a la vez.

Afrodita es una mujer de carne y hueso. Es como si un sueño se hiciera realidad.

Pero es ella quien me está espiando, todavía no sé con qué finalidad.

Además, tiene un novio o marido que hace parecer a Brad Pitt un tipo del montón.

El interés de Afrodita por mí solo puede obedecer a oscuras motivaciones.

Pero se va a llevar un chasco si espera encontrar información mía comprometedora para extorsionarme y sacarme dinero, o para utilizarme en contra de los intereses de mi empresa, si es que los tiros van por ahí.

Tengo mis pecados a mis espaldas como cualquier hijo de vecino, pero no soy de los que van corriendo a confesarse, sino de los que tienen el cuidado de borrar sus huellas para que no los pillen.

Agarro el iPad y entro en la página de El juego de Afrodita , dispuesto a tener una amistosa conversación con esta supuesta creación de la inteligencia artificial que ha resultado ser tan real como yo mismo.