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El café Baroja es un local de ambiente agradable y decoración clásica.
Cuando llego, Sofía ya me está esperando, sentada en una mesa al fondo.
Viste una blusa negra muy escotada y una minifalda a juego que le permite lucir sus espléndidas curvas con generosidad.
Su sofisticado maquillaje le da un aire felino.
He soñado mucho tiempo con una cita como esta en la que ella se ponía así de guapa para quedar conmigo.
Pero, por supuesto, ella tiene un plan para hoy en el que yo no estoy incluido.
Ha venido aquí para despachar un trámite molesto antes de irse a disfrutar de la velada con Julio o con quien sea, eso es algo que ya me da igual.
Por un momento, me viene la imagen de Afrodita a la cabeza, mirándome con ese gesto de simpatía y comprensión que me ha cautivado en ella desde el principio.
Eso me da el ánimo para afrontar este encuentro, también desagradable para mí, con la mejor disposición.
Tras un frío saludo, tomo asiento delante de Sofía, como ella me indica que haga.
Debo tener cuidado y mantener las distancias para evitar que Sofía pueda añadir agravios a mis supuestos desmanes con ella.
Por ese lado, me tranquiliza que haya más gente en el local, aparte de la chica que nos atiende y su compañero.
La familiaridad de trato que tiene esta chica con Sofía indica que ya se conocen.
Seguro que sería una testigo muy dispuesta a corroborar cualquier acusación de Sofía si este encuentro, que es, en principio, para enterrar el hacha de guerra, se torciera.
Pido una cerveza para acompañar a Sofía. Esperamos un momento a que la encargada traiga la bebida. Veo que cambia una rápida mirada con Sofía, como para cerciorarse de que todo va bien. Sofía le dedica una sonrisa que conmigo está vedada y, después, me mira:
—Salud —dice.
Conserva los modales. Todavía existe la posibilidad de que podamos arreglar nuestras diferencias civilizadamente.
Alzo mi cerveza y brindamos mientras nos medimos con la mirada.
—Si te parece bien, vamos directos al tema —dice Sofía—. Voy con el tiempo justo, he quedado en un rato. ¿Qué es eso que me quieres contar de Julio que es tan importante?
—Tranquila, que seré breve —digo—. Como ya sabes, me he enterado de por qué han echado a Julio de la empresa.
Y, por supuesto y como ya te he dicho aunque no hayas querido escucharme, que yo os sorprendiera follando dentro de las instalaciones de la empresa no ha tenido nada que ver con el despido de Julio. Pero esto es algo que ya sabes.
Hago una pausa para dar un trago a mi cerveza. Sofía está seria, pero la noto más receptiva que las últimas veces. Tiene sus defectos, pero es una chica lista y se ha dado cuenta de que yo no soy un pelele como Julio.
—Yo no sé nada —dice Sofía—. Te escucho.
—Julio estaba robando a la empresa.
Sofía me mira impasible. Está sentada al otro lado de la mesa, pero parece que estuviera en otro planeta.
—No me lo creo —dice—. Te lo estás inventando. Julio es un hombre honrado.
—Yo no me invento nada. El director se enteró por un anónimo. Eso es lo único que era verdad de ese rumor que escuchaste, si es que no fuiste tú misma quien lo puso en circulación.
—¿Por qué iba yo a hacer algo así?
—Para alejar las sospechas de ti y, de paso, hacerme mala publicidad —explico—.
Me ves como una amenaza desde que te sorprendí con Julio y, salvo que consiga convencerte de lo contrario, me parece que no vas a parar hasta que yo siga su camino.
Eres una cabezota de cuidado. Cuando se te mete algo en la mollera, no paras hasta conseguirlo.
Pero yo no tengo ninguna intención de ser uno de esos cadáveres que vas dejando a tu paso.
—Estás loco —dice Sofía—. Deberías ir al loquero a que te miren.
Sonrío, nada impresionado con su supuesta indignación. Aunque tampoco es que ella le ponga mucho empeño en fingir que le sorprende lo que le cuento.
—Eres tú quien se la ha jugado a Julio —digo—. Fuiste tú la que envió el anónimo al director. Querías su puesto y ya lo tienes. Yo no tengo problema con eso, pero si me tocas las narices, haré que te arrepientas.
—Qué imaginación tienes —dice Sofía—. Yo no se la he jugado a Julio ni a nadie. Suponiendo que sea cierto que Julio robaba a la empresa, me acabo de enterar.
—Tengo las pruebas, Sofía. ¿De verdad vas a seguir con esta comedia que no lleva a ninguna parte?
Ella se muerde el labio en un mohín de preocupación.
—¿Qué es lo que quieres? —pregunta.
—Que aparquemos nuestras diferencias a un lado y nos volvamos a llevar bien. No digo que nos llevemos tan bien como antes de que me enterara de lo tuyo con Julio, pero, por lo menos, que tengamos una relación respetuosa.
—No me fío de ti —dice Sofía.
—Yo tampoco me fío de ti. Pero esto es como lo de la rana y el escorpión.
—Eso de la rana y el escorpión es una historia que le gusta contar a Julio.
—Pues entonces ya lo sabes —digo—. O llegamos los dos a la orilla o los dos nos ahogamos.
Sofía asiente.
—Lo que no sé es quién es aquí la rana y quién el escorpión —dice.
—Es mejor que no tengamos ocasión de descubrirlo.
Sofía termina su cerveza. Yo apuro la mía de un trago también.
—Me tengo que ir ya —dice Sofía.
Voy a sacar la cartera para pagar, pero ella me detiene con un gesto.
—Invito yo a esta ronda.
—Me parece bien. Tú eres la que acaba de recibir un ascenso.
Ella paga. Salimos del café manteniendo la distancia entre los dos.
—Saluda a Sara de mi parte si la ves —digo.
Sofía asiente.
—Me alegro de que hayamos tenido esta conversación —dice.
—Yo me alegro también.
Ella para un taxi. Nos despedimos con un gesto de reconocimiento.
Veo alejarse el taxi calle abajo. Me marcho por la dirección contraria.