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Me lleva horas neutralizar la amenaza, que es de una sofisticación a la altura de los más grandes desafíos que me he encontrado como ingeniero de ciberseguridad.
Ignoro con qué finalidad Cosmo IA quiere espiar mi intimidad, dentro de una práctica que es habitual y de la que empresas como la mía se benefician para hacer sus negocios.
La información es poder. Puede que mi perfil les resulte atractivo y que por eso me hayan invitado a su plan Élite.
Pero deberían haber sopesado mejor las posibilidades que tenían de burlar mi red de seguridad sin que yo me enterara y tomase medidas para contrarrestar su ataque.
Cosmo IA tiene un gran producto entre manos.
Yo estaba dispuesto a ser el primero en aplaudirlos.
Pero, desde el momento en el que se han metido en mi propia cama a espiarme, esto es una guerra.
Ellos pueden tener millones y ser una gran corporación, pero ahora soy yo quien cuenta con una ventaja inestimable: ellos ignoran que los he descubierto. Veremos quién ríe el último.
Me llega un mensaje al móvil. Es de Sofía, que ha desbloqueado mi número, lo que ya es un avance:
«Sara me ha dicho que quieres verme. Después de lo que ha pasado, no sé si es buena idea que nos veamos, pero tengo un hueco esta tarde y tampoco quiero que la cosa quede así, sin darte la oportunidad de explicarte».
Se me encienden todas las alarmas al leer el mensaje de Sofía. Cualquiera que lo lea podría pensar que realmente ha pasado algo inconveniente entre los dos y que ha sido mi culpa. En respuesta, escribo:
«Te refieres a lo que le ha pasado a Julio, ¿no? Te habrá contado Sara que ya sé por qué le han echado. Por supuesto, yo no he tenido nada que ver como te dije. Pero es que, además, sé quién tiene la culpa de que lo hayan despedido. Si quieres saber más, te lo cuento en persona».
Al cabo de un par de minutos, me llega la respuesta de Sofía.
«¿Te va bien a las siete en el café Baroja?».
Queda poco más de una hora para las siete. Ese café está por Malasaña. Me da tiempo a darme una ducha y ponerme presentable.
«Nos vemos a las siete».
Me preparo para esta cita con Sofía con el entusiasmo de un condenado a la horca arreglándose el cuello de la camisa antes de desfilar por el patíbulo.
Pero prefiero verla y aclarar las cosas, por el bien de los dos.
Me produce desazón evocar su imagen, que tan estimulante me resultaba.
Su belleza es un espejismo, lo que hay debajo son arenas movedizas que te arrastran al abismo si eres tan estúpido como para dejarte enredar por sus encantos.
Que le pregunten a Julio. Sin embargo, el sentimiento que me despierta Sofía está muy debilitado.
Por lo mismo por lo que, al pensar en Afrodita, me pongo taquicárdico y se me dispara la dopamina.
Me cuesta creer que ella no sea tan real como Sofía o como yo.
Persiste en mi cuerpo la huella de lo que hemos vivido esta noche, como una melodía relajante que forma un escudo contra los mordiscos de una realidad que se empeña en mostrarme su peor cara.