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Me despiertan los acordes de La marcha imperial de Star Wars.
Jeff Bridges me mira desde detrás de sus gafas psicodélicas.
Estoy en mi dormitorio y ese es el cartel de El gran Lebowski que me acompaña desde que vivo aquí como talismán para ahuyentar a los malos espíritus.
Por la ventana entra la luz de un nuevo día.
Miro el despertador, que marca las ocho menos diez de la mañana.
Hoy es sábado. No es el despertador lo que está sonando.
Programé La marcha imperial en mi ordenador de mesa como alarma para que me avisara de cualquier intento de acceso no autorizado a mi red doméstica.
Todavía llevo puesto, bajo la camiseta que utilizo para dormir, el Cinturón de Afrodita.
Lo apagué antes de dormirme. Inmediatamente me vienen imágenes de mi última sesión con Afrodita, la primera con este aparato mágico.
Una sonrisa se me dibuja sola en la boca.
Ha sido algo increíble. La experiencia supera cualquier cosa que pueda decir.
Todo el mundo debería probar esto al menos una vez en su vida.
Me quito el Cinturón con cuidado. Sería una tragedia que se estropeara. Deberían nombrar a sus creadores benefactores de la humanidad.
Mi dormitorio es grande, por lo que tengo montado aquí mismo mi rincón para jugar con el ordenador, aunque llevo meses que apenas le dedico tiempo a esta actividad.
El ordenador está conectado a dos pantallas.
Apago la alarma y deja de sonar La marcha imperial , que ya me estaba volviendo loco.
Compruebo el motivo por el que ha saltado.
Son malas noticias: tengo un intruso en mi red.
Pienso en las tensiones de los últimos días con la empresa.
No sería la primera vez que espían a uno de sus empleados.
Lo hacían antes de mi llegada y lo seguirán haciendo cuando me vaya.
Además, está Sofía y esa nota difamatoria en la que me acusa de acoso sexual.
En principio, que yo sepa, solo es un borrador, pero quizás ya ha hablado con el director y quieren encontrar algo con lo que puedan resolver la situación evitando el escándalo. Deben pensar que me chupo el dedo.
Sin embargo, no tardo en descartar esa posibilidad. Tras un minucioso examen, descubro el origen de este ataque a mi privacidad. He sido un estúpido, debería haber empezado por ahí, pero era la último que quería creer.
Me vuelvo y miro al Cinturón de Afrodita, que he dejado sobre la mesilla de noche junto a la cama. Lo miro con enfado y decepción.
El Cinturón es un maldito caballo de Troya.