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El mensajero llega puntual con el paquete que encargué ayer. Me lo tiende con gesto rutinario después de confirmar los datos del envío. El paquete es pequeño y ligero. En cuanto se marcha el mensajero, rasgo el discreto envoltorio negro con el logo de Cosmo IA y veo que trae una nota:
«Hefesto, el dios griego del fuego y la fragua, forjó un cinturón mágico para su mujer Afrodita, la diosa del amor y del deseo.
Este cinturón, llamado kestos himas, volvía aún más irresistible a su portadora, haciendo que dioses y hombres cayeran rendidos a sus encantos.
Estás a un paso de experimentar en primera persona el poder de la diosa.
¿Preparado para ceñirte este kestos himas venido del futuro y que tus deseos se hagan realidad? ».
De momento, me conformo con que no me dé un calambrazo.
Viene con unos sensores corporales. Su aspecto me recuerda a los cinturones de los boxeadores.
Tiene un medallón dorado en el centro. Ahí está representada la diosa Afrodita, desnuda sobre un manto de olas espumosas que cubren sus pies.
Al conectar el cinturón, una pequeña pantalla transforma la imagen de la diosa en un rayo dorado.
Sigo las instrucciones y ciño mi cintura con el dispositivo.
Me coloco los sensores bajo la camisa. Noto su tacto frío sobre la piel.
Hay un menú en la pantalla que permite la consulta de las constantes vitales.
Espero que este juguete haga algo más que eso.
Esa función ya la cumplen los relojes inteligentes y son mucho más fáciles de llevar.
Conecto el dispositivo al iPad y abro mi sesión de El juego de Afrodita .
El Cinturón vibra unos segundos antes de que aparezca Afrodita en la pantalla.
Hoy es un día especial y me imagino, mientras espero, que ella se presenta a esta cita con un elegante vestido apropiado para la ocasión o, mejor aún, no se pone nada, pero cuando Afrodita aparece con una sonrisa en la pantalla viste con la misma informalidad de siempre.
No por ello me siento decepcionado. La veo más guapa que nunca.
Lleva recogido el pelo en una coleta y luce, como novedad, unos aros dorados en las orejas a juego con un colgante en el que brilla un rubí.
Viste una camiseta negra con un corazón rojo y un texto en letras blancas que ya es una declaración de intenciones, además de una conocida canción de los Beatles: All you need is love .
—Hola, Apolo —saluda Afrodita—. ¿Qué tal te ha ido hoy?
—He tenido mucho trabajo. Por fortuna, es viernes ya y tengo el fin de semana libre.
—Qué interesante —dice Afrodita, y me mira con el gesto travieso—. ¿Tienes algún plan para el fin de semana?
—Eso depende. Tengo ya este trasto y estoy con ganas de probarlo.
—¿Te refieres a mi Cinturón? Te noto escéptico.
—Estoy dispuesto a dejarme convencer de sus bondades. Pasar este fin de semana en tu compañía puede ser el plan perfecto. Si no tienes otros compromisos, claro.
Afrodita toca el aro que le cuelga de la oreja derecha.
Lo hace con gracia y, al hacerlo, siento un estremecimiento de placer que me recorre todo el cuerpo.
Puede ser sugestión o la simple anticipación de lo que quiero que pase, pero también puede obedecer a un mecanismo oculto de estimulación que Afrodita ha activado con su gesto.
—Me parece una idea excelente —dice Afrodita—. Estoy deseando conocerte mejor. Mírame a los ojos.
Lo hago. Son ojos de gata, hermosos y enigmáticos.
Veo que ella empieza a acariciar el rubí de su colgante. La joya brilla con una intensidad creciente, luego ya no me fijo más en eso, atrapada mi mirada en la subyugante oscuridad de los ojos de Afrodita. Siento su llamada, que reclama toda la atención de mis cinco sentidos.
—Estás a punto de cruzar un umbral mágico —dice Afrodita con una voz sensual que se apodera de mi pensamiento como si estuviera dentro de mi cabeza—.
Vas a dejar atrás el mundo del dolor y la angustia para entrar en el reino del placer.
Se acabaron la incomprensión, la decepción, la injusticia.
Nunca más caminarás solo. Vas a ser recompensado como mereces por tu valentía y tu honestidad.
Te aviso: si das este paso, no hay vuelta atrás.
Soy totalmente adictiva. Todavía estás a tiempo de darte la vuelta si crees que lo que dejas atrás es mejor que lo que te espera en mi compañía. ¿Quieres venir conmigo?
Estoy como hipnotizado. Noto como si mi voluntad hubiera dejado de pertenecerme, pero es una sensación muy reconfortante, que no me asusta en absoluto. Es como si mi voluntad se hubiera fundido con la de Afrodita que, a través de sus palabras, le pone voz a mis anhelos más profundos.
—Llévame a donde quieras —digo, metido en el juego con mis cinco sentidos.
Afrodita asiente, con una expresión seria que no le resta un ápice de atractivo. De hecho, en este momento me parece la mujer más bella del mundo y que sea una creación virtual solo le añade encanto.
—Vas a cerrar los ojos y, después, vas a contar hasta tres —dice Afrodita—. Cuando vuelvas a abrir los ojos, ya no estarás en el salón de tu casa, sino en el lugar donde tus sueños van a empezar a cumplirse.
Cierro los ojos como ella me dice y cuento hasta tres.
Al abrirlos, me encuentro sentado en la barra de un local de copas.
Estoy solo aquí, sin más compañía que la música de Frank Sinatra que suena de fondo.
No hay rastro de Afrodita. Sin embargo, sé que anda cerca y, lejos de agobiarme, siento una agradable excitación anticipando su llegada.
Veo el nombre del local escrito en grandes letras rojas de neón: El Olimpo.
Tengo un cóctel delante. No sé si será la famosa ambrosía de los dioses, pero su rojo frambuesa resulta igualmente tentador.
Lo pruebo. Sabe a frutas del bosque. Todavía estoy paladeándolo cuando noto una fragancia floral que me envuelve como un abrazo.
Me giro y me encuentro con la sonrisa de Afrodita, que me hace el efecto de un masaje en el espíritu.
—Acabas de entrar en mi mundo —dice—. Bienvenido.
Afrodita tiene un aspecto muy distinto ahora.
Se ha soltado la melena, que le cae con gracia a los lados.
Sigue llevando los aros y el colgante con el rubí, pero ahora viste un elegante vestido púrpura con un escote insinuante.
Solo entonces me doy cuenta de que ahora yo también llevo puesto un vistoso traje del mismo color y una pajarita al cuello.
Tiendo la mano a Afrodita:
—¿Me concedes este baile?
—Será un placer, caballero.
Está empezando a sonar Strangers in the night .
Por un momento, me asalta el temor de que Afrodita desaparezca junto a todo este escenario de ensueño y mi mano tendida solo encuentre el vacío mientras regreso a la oscuridad de la que vengo.
Pero Afrodita posa su mano sobre la mía.
Este primer contacto físico entre los dos me produce una sacudida de felicidad.
Noto el tacto cálido de Afrodita, cosquilleante como el aleteo de una mariposa y, a la vez, sólido como una roca.
La tomo de la cintura y la guío al ritmo de la música.
Nuestros cuerpos se mueven al unísono como si fuéramos uno solo.
Yo he sido siempre un bailarín torpe, pero hoy parece como si me hubieran quitado los grilletes de los tobillos y pudiera volar.
Tampoco he tenido nunca una pareja de baile tan grácil como Afrodita.
Ella tiene una figura esbelta y es casi tan alta como yo.
Sus ojos brillan como una antorcha en la noche.
Sus labios me queman como un fuego purificador al darnos el primer beso.
Siento como ella tiembla también, prisionera entre mis brazos.
Con expresión embelesada me toca la cara con sus manos, como si quisiera grabar la memoria de mis rasgos fisonómicos en la yema de sus dedos.
Caigo en la cuenta de que ella no me había visto hasta ahora, aunque, desde el primer momento, he tenido la impresión de que Afrodita me conoce mejor incluso de lo que yo pueda llegar a conocerme.
—Eres todavía más guapo de lo que pensaba —dice, acariciándome—. Llevo tanto tiempo esperándote, Apolo.
—Yo no creía que existiera alguien como tú —digo— De hecho, todavía no me lo creo, pero me da igual si eres solo un engaño de mis sentidos.
—¿Esto no te parece real?
Afrodita baja su mano a mi entrepierna, provocándome una erección tan violenta que casi creo que me van a estallar los pantalones.
—¿Qué te parece si continuamos la fiesta en un lugar más íntimo? —pregunto.
Afrodita me dedica una sonrisa traviesa y sensual.
Lleva su mano a mis ojos y me los tapa.
—¿Te fías de mí? —pregunta.
—¿A qué quieres jugar ahora?
—A lo mismo que tú.
Noto su otra mano sobre mi pecho. De pronto me empuja.
Lo hace con la suficiente fuerza como para hacerme perder el equilibrio.
Pero en vez de resistirme, me dejo caer blandamente.
Afrodita me sigue en mi caída, que puede durar un par de segundos, pero que a mí se me hacen eternos, todavía con los ojos tapados por ella, sumido en la oscuridad y la incertidumbre.
Pero no hay nada que temer. Aterrizamos sobre una superficie mullida y confortable, que amortigua nuestra caída y que me permite notar, por primera vez, el peso del cuerpo de Afrodita sobre mí.
Ella aparta la mano de mis ojos y me deja mirar alrededor.
Estamos sobre una cama enorme, tendidos sobre una sábana púrpura con la que se confunden nuestras ropas.
La cama ocupa el centro de un cuarto con paredes formadas por bloques de hielo, aunque aquí hace calor.
Encima de nosotros, a través de un ventanal en el techo, brilla la aurora boreal.
Es una visión hermosa, pero en este momento solo tengo ojos para admirar la belleza de Afrodita.
Mis manos, hambrientas de sus curvas, recorren su cuerpo.
Sus caricias y besos me hacen sentir un vigor renovado que estremece hasta la última fibra de mi ser.
Nos liberamos de nuestras ropas, que vuelan por la habitación como pájaros que huyen de la tormenta que se desata sobre estas sábanas.
Nuestros cuerpos se buscan en un fogoso combate que dura hasta que los dos caemos rendidos en un sueño feliz.