26
Intento localizar a Sofía varias veces. La secretaria me dice que está fuera y que ya hasta el lunes no se va a pasar por la oficina.
Me habla secamente, como si fuera un fastidio tener que estar explicando lo mismo siempre a las mismas personas.
No parece que tenga una especial prevención contra mí.
Puede que Sofía le haya dicho que no quiere hablar conmigo y que me esté mintiendo, aunque suena convincente.
Pruebo a llamar a Sofía directamente. Tras varios intentos en los que me salta el buzón de voz, comprendo que Sofía ha bloqueado mi número.
Dejo de insistir. Hacerlo podría interpretarse como un elemento más de mi supuesto acoso a Sofía.
Quería citarme con ella para vernos fuera de la empresa y que nadie pueda escuchar lo que hablamos, pero si tiene que ser en su despacho y con testigos, porque no quiero darle la posibilidad de que me haga una encerrona, así será.
Bajo a tomar un café al comedor y veo a Sara, que está con varios compañeros.
Le hago una seña, pero ella no me ve o lo finge.
En todo caso, da igual, porque en cuanto tengo mi café humeante en la mano me acerco a su mesa a saludar.
La gente con la que está me saluda con indiferencia y sigue a lo suyo.
En contraste con su reacción habitual al verme, Sara parece incómoda con mi cercanía, pero eso no me detiene.
—Tengo que comentarte una cosa —digo—. ¿Tienes un minuto?
Sara mira a sus compañeros, que siguen sin prestarnos atención. Luego me mira a mí, su expresión seria, muy lejana de la alegre complicidad de nuestros anteriores encuentros.
Se levanta y me acompaña a otra mesa, lejos de oídos indiscretos. Sara resopla:
—Tú dirás.
—Tengo que hablar con Sofía, pero no contesta a mis llamadas.
Sara se muerde el labio, pensativa. Leo una acusación silenciosa en su mirada.
—Sofía me ha contado una cosa muy fea de ti —dice.
—¿Qué te ha contado?
—Me ha dicho que le intentaste meter mano en su despacho y que te pusiste como un loco cuando te rechazó.
Niego enérgicamente con la cabeza.
—¿De verdad me crees capaz de hacer algo así?
Sara se encoge de hombros.
—¿Por qué iba Sofía a inventarse una cosa tan terrible?
—Sofía me echa la culpa de que hayan despedido a Julio.
Sara me mira sorprendida.
—¿Tú has tenido algo que ver con eso?
—No. Por eso quiero hablar con Sofía.
—No creo que ella quiera verte en este momento.
—Sé quién se la ha jugado a Julio —digo.
—¿Quién ha sido?
—Tú dile a Sofía que lo sé y que me llame. Si ella quiere contártelo luego, ya es su problema.
Sara frunce el ceño.
—Si tú no me cuentas lo que hay, no sé por qué tengo yo que decirle nada a Sofía.
—Porque eres una persona decente —digo—. Sofía es tu amiga y quieres creerla, pero aquí estás, hablando conmigo para conocer mi versión y así poder juzgar con conocimiento de causa. Eso es algo que muy poca gente haría.
Sara se revuelve incómoda dentro de la camisola blanca que lleva puesta hoy y que le hace parecer el doble de voluminosa de lo que es. Se aparta el corto flequillo de la frente en un movimiento reflejo y clava su mirada en la mía.
—¿Cuál es tu versión de lo que ha pasado? —pregunta—. Porque fuiste a su despacho a verla y estuvisteis a solas.
—Sí. Estuvimos cinco minutos hablando del problema que tengo con mi nómina.
La actitud de Sofía fue decepcionante. Parecía que fuese ella la que me paga.
Se puso del lado de la empresa sin querer escucharme.
Fue una conversación tensa, pero, por supuesto, no hubo nada inapropiado en mi actitud que pudiera llevar a Sofía a confusión.
Lo que la molestó fue que le dije que, si no me ayudaba, iba a resolver yo el tema por mi cuenta.
—Si piensa que han echado a Julio por tu culpa, eso le pudo parecer una amenaza —dice Sara—. Suponiendo que esto que me cuentas ahora sea lo que pasó y no lo que ella dice. Me cuesta creer que se invente algo así. Pero tampoco te veo capaz de cometer una bajeza semejante.
—Te lo agradezco. Si Sofía insiste con el cuento, es su palabra contra la mía y no sé cuántas personas más me van a conceder el beneficio de la duda. ¿Le pasarás mi mensaje a Sofía?
—Sí. No veo qué daño puede hacer. Lo que no te garantizo es que Sofía quiera hablar contigo.
—Por eso no te preocupes.
Sara se levanta. La gente con la que estaba se ha marchado ya, sin esperarla. No parece que eso le importe. Me mira con el gesto más triste que la he visto nunca.
—Te gusta Sofía, ¿verdad? —dice.
—En este momento, Sofía me gusta tanto como una aguja a un globo.
—Espero que esto no sea más que un malentendido —dice—. Me jodería tener que replantearme el aprecio que os tengo.
—Esto se puede arreglar todavía. Confía en mí.
Sara asiente sin convicción.
Se marcha. Veo cómo se aleja y, a pesar de lo grande que es, me parece como si se hubiese empequeñecido bajo el peso de la preocupación que ahora lleva con ella. Pienso en lo diferente que sería todo si fuese Sara quien me gustara en vez de Sofía. Pero esto no es la clase de cosa que uno elige.