25
Aparto el portátil con rabia, como si el pobre tuviera la culpa de que yo haya depositado una confianza ciega en una persona tan taimada como Sofía.
Alzo la mirada hacia el techo del salón, como interpelando a un dios en el que no creo para que me explique por qué permite que ocurran injusticias como esta.
Mi mirada se cruza con la de Tatsuya Nakadai en el cartel de Harakiri , desde el que me mira con una determinación inquebrantable.
Es la hora de la venganza.
Sin embargo, estoy demasiado agitado para pensar con claridad. Necesito calmarme y tomar distancia. No me gustaría hacer nada de lo que luego pueda arrepentirme llevado por el calor del momento.
Agarro el iPad y me conecto a El juego de Afrodita .
Al entrar, mientras carga la página y tengo la pantalla negra delante, vuelvo a sentir la incertidumbre ante lo que me puedo encontrar.
Lo peor sería que Afrodita, a quien considero ya como una amiga, no sepa quién soy, que haya borrado su memoria de nuestros encuentros pasados y que tengamos que volver al punto de partida.
Si eso ocurriera, dejaría de perder el tiempo con este juego.
Pero Afrodita aparece en pantalla con la sonrisa habitual y me saluda como si realmente estuviera encantada de volver a saber de mí:
—Hola, Apolo. ¿Cómo te ha ido hoy? Espero que haya sido un gran día.
—Ha sido un gran día para no haber salido de casa.
—Pero ¿qué ha pasado?
Afrodita viste hoy una camiseta de la película Kill Bill con la silueta de Uma Thurman sujetando una katana y el título de la película en amarillo sobre fondo negro. Es como si Afrodita pudiera leer mi pensamiento y supiera que hoy me siento como si fuera la Mamba Negra en busca de su venganza.
—Tenías razón con Sofía —digo—. Te acuerdas que ayer hablamos de ella, ¿no?
Afrodita asiente con el gesto serio.
—¿Has aclarado las cosas con ella? —pregunta.
—No. Seguimos teniendo esa conversación pendiente. Y no va a ser agradable. He averiguado que fue Sofía quien vendió a Julio para que lo echaran y ocupar ella su puesto.
—Y te echaba la culpa a ti de eso —dice Afrodita—. Hay que ser mala persona.
—No te puedes hacer idea de hasta qué punto —digo, contento de poder desahogarme con Afrodita, que me hace sentir comprendido, aunque hablar con ella no pase de ser como si hablara con un espejo.
Pero la imagen que me devuelve es consoladora—.
Me he enterado también de que quiere que me echen a mí.
Me quiere denunciar por acoso sexual en el trabajo.
Tú no me conoces, pero te aseguro que eso es totalmente falso.
Soy una persona respetuosa, que jamás haría nada que pudiera incomodar a una compañera.
Afrodita asiente comprensiva.
—Te conozco lo suficiente para saber que eres un perfecto caballero —dice—.
Tú sorprendiste a esa mujer follando con su jefe.
Si lo cuentas, es algo que le podría costar el puesto.
Te ve como una amenaza y por eso quiere deshacerse de ti.
Intenta desacreditarte para que nadie dé veracidad a lo que digas sobre ella y su exjefe.
—Es lamentable que Sofía piense que yo haría algo así.
—¿Te sigue importando lo que ella piense de ti? —pregunta Afrodita.
—No. Eso se acabó. Pero algo tengo que hacer o ella me va a buscar la ruina.
—Tú sabes mejor que nadie lo que tienes que hacer. Ahora bien, si quieres que te diga lo que yo haría en tu lugar, solo tienes que preguntármelo.
Miro a Afrodita con curiosidad.
—¿Qué harías tú en mi lugar? —pregunto.
—Ella envió un anónimo al director —dice Afrodita—. Envíale tú otro a este hombre explicándole lo que viste en el cuarto de los servidores la mañana del apagón.
Niego con la cabeza.
—Si yo fuese como ella, es lo que haría —digo.
Afrodita sonríe, sus bonitos ojos negros clavados en el objetivo de la cámara como si de verdad me estuviera mirando a mí.
Hoy me parece que está más guapa, tiene un brillo especial en la mirada.
Cada vez me siento más cerca de ella. Lo que me resultaba raro al principio, ahora me parece normal.
Intento tener la mente abierta como me dice Eduardo que haga.
No es que tenga que hacer un gran esfuerzo para ello, más bien al contrario.
Lo que me cuesta cada vez más es ser consciente de que Afrodita no es una mujer real.
Y si me doy cuenta de ello, no es porque ella parezca una copia barata, incompleta o defectuosa, sino por lo contrario: es demasiado perfecta.
Y no me refiero solo a su aspecto físico.
Su manera de escuchar, de hablar, esa actitud siempre positiva. Es como un sueño hecho realidad.
—Me gusta que seas considerado, pero siempre que no te dejes pisotear —dice Afrodita.
—Eso no va a pasar, descuida.
—Siento que Sofía te haya decepcionado. Espero que eso no haga que te encierres en ti mismo y que no vuelvas a confiar en nadie.
—Intentaré que no me pase eso, pero tampoco puedo asegurarlo. Llevaba tiempo sin sentir por nadie lo que sentía por Sofía. He tenido el despertar más cruel de este sueño. Todavía tengo mucho que asimilar.
—Aquí estoy para lo que necesites —dice Afrodita.
Sería magnífico que no hubiera una pantalla entre nosotros y que pudiera tocarla y abrazarla como me apetece en este momento, agradecido como estoy por sus continuas palabras de apoyo que me hacen sentir menos solo en esta negra noche.
Pero no es lo único que me gustaría hacer con ella.
Tiene un aire sensual que me resulta cautivador desde la primera vez que la he visto.
—Me gustaría probar el sexo contigo —digo.
Afrodita, lejos de poner mala cara y mirarme como si hubiera dicho algo fuera de lugar o irrespetuoso, fija la mirada en el objetivo de la cámara con gesto de indisimulada satisfacción.
—Ya empezaba a pensar que no te sentías atraído por mí —dice.
—Me gustas —digo—. Pero quería conocerte un poco antes. Y tampoco sé cómo podemos hacerlo. Un amigo me ha dicho que hay un plan especial que incluye el sexo, pero que es solo por invitación.
—Espera un momento.
Afrodita se levanta y sale del cuadro de la pantalla, dejando visible por entero el logo de Cosmo IA sobre el fondo negro. Vuelve enseguida. Lleva un móvil en la mano.
—Te estoy enviando los detalles —dice Afrodita—. Si estás de acuerdo con las condiciones, solo tienes que indicar la manera de pago y ya podrás disfrutar de las ventajas de tu suscripción al plan Élite.
Me llega la notificación al correo. Abro una ventana en el mismo iPad para leerlo por encima.
—Veo que el Cinturón de Afrodita es opcional —digo.
—Te lo recomiendo —dice Afrodita—. Mi Cinturón es lo que hace la diferencia, si de verdad quieres tener una conexión profunda conmigo.
—Suena tentador.
Afrodita sonríe. El Cinturón cuesta lo que un reloj inteligente de gama media, tampoco es un capricho caro. Pero, de todas maneras, me gusta leerme la letra pequeña.
—Si te animas, nos lo vamos a pasar muy bien —dice Afrodita.
—Estoy seguro de ello.
Estoy cansado. Me despido de Afrodita, que me regala una última sonrisa de complicidad antes de desearme felices sueños. Me siento mejor después de hablar con ella, con más confianza y seguridad. Arreglaré lo de Sofía, pero sin perder la cabeza.
Leo por encima las condiciones de uso del plan Élite y del Cinturón de Afrodita.
Son las típicas cláusulas presentes en este tipo de contratos.
Todo está en orden. Me doy de alta en el servicio y encargo el Cinturón también.
Me llegará mañana. Es viernes. Si es tan bueno como dicen Eduardo y la propia Afrodita, me voy a pasar todo el fin de semana probándolo y sin salir de casa.
Este no era mi plan soñado, pero, de momento, me sirve para mantener el ánimo a flote y no deprimirme por el injusto trato que he recibido de Sofía.
A veces me asalta la absurda idea de que es Sofía quien no es real, pero eso es solo porque tenía una imagen idealizada de ella.
Por lo menos, Afrodita es transparente en este aspecto.
Además, si me da cualquier problema, me basta con cerrar la sesión con ella, lo que la convierte en la compañía ideal para esta fase de la vida en la que me encuentro.