El juego de Afrodita 24
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Llamo por la tarde, durante un descanso, al departamento de Recursos Humanos.

Quiero hablar con Sofía, pero la secretaria me dice que está fuera.

Su tono es cortante, aunque esta mujer nunca ha destacado por su cordialidad.

Sin embargo, tengo la impresión de que suena más distante de lo habitual.

Si Sofía quiere poner a todo el mundo en mi contra con infundios, aunque no la crean, la duda queda sembrada y ya no te miran igual.

Más le vale a Sofía que no tenga guardado ningún cadáver en el armario, porque si es así, lo descubriré y haré que se arrepienta del día en el que decidió escupir sobre mi mano tendida.

Podía haberle buscado un problema cuando la descubrí follando con Julio, pero me callé.

No soy un chivato ni quiero perjudicar a nadie.

Pero si me pones en la diana, entonces vigila tus pasos porque el golpe te va a llegar por donde menos te lo esperas.

Ni siquiera el sol que luce todavía cuando salgo de la oficina ayuda a calmar el ritmo acelerado de mis pensamientos.

Veo una y otra vez a Sofía en mi cabeza, con el gesto despectivo mientras se burla de que se me caiga la baba por ella, como si ella estuviera en un nivel superior que me está vedado.

Me hierve la sangre al pensar en las barbaridades que estará diciendo de mí.

Vaya hipócrita. Va de legal, pero es una arpía.

Salgo del metro aturdido, como si estuviera sobre un cuadrilátero y acabara de recibir un golpe que me ha dejado sobre la lona y del que no consigo reponerme.

Esto no va a quedar así.

Me preparo una ensalada para cenar. Aunque estoy sin hambre, me fuerzo a comer.

Así pienso mejor. En cuanto termino la cena, agarro mi portátil y, tras tomar las oportunas medidas de seguridad para que no quede registro de mi actividad, me conecto en remoto con la empresa y buceo en su base de datos.

Localizo la cuenta de correo de Sofía y entro en ella.

Lo que estoy haciendo es ilegal. No es la primera vez que hago cosas ilegales en esta empresa, pero sí es la primera vez que lo hago sin que nadie me lo haya pedido. Y me gusta la sensación.

Lo primero que confirmo es que Sofía no ha mantenido comunicación alguna con nadie, al menos por escrito, sobre el recorte de mi nómina. Ha estado hablando de mí, pero no en relación a eso precisamente.

Me centro en el intercambio de correos entre Sofía y Julio. El tono es profesional. Resulta una lectura soporífera. Cualquiera diría que los autores de estos mensajes tan formales estaban manteniendo un tórrido romance a la vez.

Estoy perdiendo el tiempo. Decido cambiar el enfoque y busco los correos de Sofía con el director, pero no encuentro ninguno.

Tras burlar un nivel superior de protección, paso a mirar la cuenta de correo del director.

Estoy seguro de que podría enterarme de muchas cosas jugosas sobre la empresa, pero ya sé más cosas de las que me gustaría de Omega Incorporated.

Estoy buscando algo muy concreto, que no tardo en encontrar. El asunto del mensaje dice:

«TIENES UN LADRÓN EN CASA».

No hay cuerpo de texto ni falta que hace.

Este es el anónimo que delató a Julio.

El mensaje tiene varios archivos adjuntos. Son la prueba de la manipulación de las cuentas que hizo Julio para robar a la empresa y que le han costado el puesto.

El mensaje fue enviado desde una cuenta temporal que no ha dejado rastro localizable.

Le prometí a Eduardo que me callaría lo que me contó sobre Julio, pero esto que tengo delante es algo que estoy viendo con mis propios ojos.

Siento la tentación de enviarle una copia de este mensaje a Sofía con la sana intención de que ella abra los ojos con relación a Julio, ese sinvergüenza al que Sofía cree una pobre víctima. Sin embargo, ella se ha portado muy mal conmigo. No se merece que tenga esta atención con ella.

Vuelvo a revisar el correo de Sofía, pero no encuentro nada que tenga el más remoto parecido con un cadáver en el armario.

Accedo a los documentos que Sofía guarda en su ordenador. Dudo que vaya a encontrar nada que sea comprometedor para ella, pero quiero ver si guarda información sobre mí. Hay un archivo de texto con mi nombre. Es un borrador con unas pocas líneas:

«A la atención de XXX:

»El señor Max Luna entró esta mañana en mi despacho con la excusa de que había un problema en su nómina.

Una vez solos, se ha comportado de una manera completamente improcedente, haciéndome objeto de requerimientos sexuales que yo he rechazado con firmeza.

Eso me ha valido graves amenazas por parte de este empleado, proferidas en un tono muy exaltado.

Pido a la dirección de la empresa que tome medidas contra el referido señor Max Luna antes de que haya que lamentar algo más que amenazas».

Tengo que volver a leerlo porque no doy crédito. Eduardo me ha dicho la verdad: Sofía quiere mi ruina. Es una perturbada peligrosa, ya veo que está dispuesta a todo para que me echen.

Es un duro despertar a la realidad. Hasta ahora, por más que tenía la evidencia delante, he intentado disculpar a Sofía de una manera u otra.

Probablemente necesitaba conservar algo de la inmejorable imagen de ella que durante tanto tiempo me ha acompañado como un faro en la niebla.

Es una fantasía que ya no puedo alimentar por más tiempo.

Se acabó hacer el tonto. Pero ¿cómo puedo pararle los pies a Sofía?

Si en vez de quedarme pasmado cuando la sorprendí follando con Julio, hubiese sacado el móvil y los hubiera grabado, ahora podría apelar a su buen juicio para que nadie salga perjudicado.

Pero la cruda realidad es que no tengo nada.

Estoy a expensas de lo que haga Sofía. La cosa pinta muy mal.

Estoy a punto de abandonar mi exploración de los documentos que guarda Sofía cuando me fijo en una carpeta con el nombre de Julio. La abro y veo unos documentos que tardo unos segundos en identificar.

—Vaya, qué sorpresa.

Son los mismos documentos que enviaron al director de forma anónima con las cuentas que manipuló Julio para robar a la empresa.

Es Sofía quien delató a Julio.