El juego de Afrodita 23
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Hoy es San Isidro, pero tengo que trabajar igual.

Las festividades locales no cuentan para la empresa.

El metro está vacío a primera hora, lo que es una de las ventajas de seguir trabajando cuando la mayoría tiene el día libre.

Me cruzo con una pareja de abuelos disfrazados de chulapos que me recuerdan a mis padres.

Ellos iban todos los años a la Pradera de San Isidro a bailar chotis y comer las rosquillas del santo.

Siento una punzada de nostalgia. Su ausencia pesa siempre, pero, sobre todo, en días como hoy.

Por suerte, tengo mucho trabajo esta jornada.

Me viene bien tener la cabeza ocupada para no dejarme ir por pensamientos negativos.

Hago una pausa a media mañana para tomarme un café. Luce un sol espléndido fuera, pero hoy no tengo tiempo de darme un paseo para disfrutar de esta efervescencia primaveral que flota en el aire.

Eduardo me saluda desde una de las mesas al verme llegar.

Agarro mi café y me siento frente a él, que saborea su habitual té con limón con ese gesto risueño que luce desde hace semanas.

Me sorprende el gran impacto en su vida de El juego de Afrodita .

Admito que tiene su punto, pero sus limitaciones son evidentes.

Me parece de locos tomárselo tan en serio como hace Eduardo en vez de como un pasatiempo.

—Ayer fuiste tú el que te perdiste el cocido —dice Eduardo.

—Tenemos mucho trabajo ahora. Ayer comí un bocadillo y hoy pinta que va a ser igual.

—Bueno. Al menos, tienes mejor aspecto.

Me ha desaparecido el moratón de la cara, aunque sigo teniendo unas ojeras importantes.

—He probado El juego de Afrodita —digo.

Eduardo me observa con curiosidad.

—¿Qué tal la experiencia? —pregunta.

—Está muy bien conseguido. Parece que estás hablando con alguien real.

—Ya te lo dije.

—También me dijiste que había sexo, pero ya avisan desde el principio que no es una página de sexo.

—No hay sexo en los planes Estándar y Premium —dice Eduardo.

Le miro sorprendido.

—¿Hay más planes? No lo sabía.

—Hay uno más: el plan Élite. Ese incluye sexo.

—Miré la información de los planes de suscripción cuando me di de alta en El juego de Afrodita —digo—. No había ningún plan Élite.

Eduardo hace un gesto afirmativo.

—El plan Élite es para unos pocos usuarios escogidos —dice—. Solo puedes acceder a él con la invitación de los creadores del juego.

—¿Qué tienes que hacer para ganarte esa invitación? —pregunto.

Eduardo se encoge de hombros.

—No lo sé —dice—. Es un proceso de confianza mutuo. Imagino que valoran el grado de implicación y si estás abierto de verdad a explorar el tipo de relación que ellos proponen.

—¿Cuánto cuesta ese plan?

—El doble que el plan Premium —explica Eduardo—. El Cinturón de Afrodita lo tienes que pagar aparte.

—¿El Cinturón de Afrodita? —pregunto—. ¿Qué demonios es eso?

—Es lo que hace la verdadera diferencia —afirma Eduardo—.

Es un dispositivo electrónico que genera una simbiosis entre lo real y lo virtual.

No tengo idea de cómo funciona, pero cuando te lo pones es como si estuvieras dentro del mundo virtual en el que has elegido jugar.

Puedes tocar, oler, sentir y, por supuesto, tener todo el sexo que quieras con la modelo o las modelos que has elegido.

—No sé si esa posibilidad me entusiasma o me horroriza —digo.

—¿Todavía estás con esos remilgos? Dudo que así lleguen a ofrecerte el plan Élite.

Siento una mezcla de curiosidad y desconfianza.

Yo no soy como Eduardo, que ve bajo un prisma idílico todo lo relacionado con El juego de Afrodita .

Con las empresas tecnológicas, nunca es así.

Quieren el máximo control sobre ti. Parece que el Cinturón de Afrodita es la correa con la que te atan definitivamente a su voluntad.

Eduardo cree que es él quien lleva la voz cantante, pero, en realidad, lo que está haciendo es compartir sus deseos más íntimos con unos extraños.

Cree que está en un entorno seguro. Sin embargo, ha dejado que una presencia intrusa penetre en su intimidad.

Por otro lado, tampoco me extrañaría que ese cinturón, que es capaz de alterar la propia percepción como una droga, provoque efectos indeseados también.

—¿Has notado algún efecto secundario al utilizar el Cinturón de Afrodita? —pregunto.

—¿Qué efectos secundarios puede tener eso?

—No sé. Dolor de cabeza, mareos, cosas así. Por lo que cuentas, parece que eso altera la percepción como si te estuvieras metiendo un psicotrópico.

Eduardo niega con un gesto enérgico.

—Lo que he notado es lo contrario —dice—. Me siento mucho mejor después de usar el Cinturón. Relajado, ligero, con la mente clara.

—Parece demasiado bueno para ser verdad —digo sin poder vencer mi escepticismo.

—Sí que tiene un peligro —dice Eduardo—. Una vez lo pruebas, se vuelve muy adictivo. Hasta el punto de que, ahora mismo, no sé si podría pasar sin ello.

—Pero ¿qué ocurre entonces con el mundo real? ¿Con tus relaciones con las mujeres de carne y hueso? Si no pones freno a tu adicción, es algo alienante, que te condena a la soledad y el aislamiento.

—Todo lo contrario —dice Eduardo con una amplia sonrisa—. Todo el mundo me comenta lo sociable y comunicativo que me he vuelto en los últimos tiempos. Tú llevas dos o tres días probando este juego. ¿Te sientes más alienado o mejor?

Aunque reconozco que mis conversaciones con Afrodita son muy estimulantes, eso no me hace perder la perspectiva sobre los peligros que puede tener entregarse a la fantasía de que algo así puede sustituir a un vínculo real con otra persona.

—Es pronto para saberlo —digo—. Pero yo que tú me andaría con cuidado. A ver si vas a acabar entregándole las claves de tus cuentas bancarias a tu amor digital y te van a desplumar, o va a pasar cualquier otra cosa terrible que ahora mismo no podemos ni imaginar.

—Cosmo IA es una empresa seria que cotiza en la Bolsa, no son unos piratas a los que nadie conoce —dice Eduardo—.

Por supuesto, entiendo que prefieras romperte la cabeza con mujeres reales como Sofía.

Personalmente, ya tengo una edad en la que no estoy para tragar con la tontería de nadie si puedo evitarlo.

Y gracias a El juego de Afrodita , por lo menos en la parcela amorosa, puedo evitarlo.

—Tampoco te pongas así —digo—. No hace falta que me restriegues por la cara lo de Sofía. No pretendía molestarte.

—Tienes razón —dice Eduardo—. Sé que me aprecias y que tu preocupación es sincera. Pero deberías preocuparte más de tu querida Sofía y de lo que anda diciendo de ti a tus espaldas.

Me encojo de hombros con resignación.

—¿Sigue diciendo que han echado a su exjefe por mi culpa? —pregunto.

—No. Esta semana toca que te presentaste en su despacho con muy malas maneras y que la amenazaste, por un tema con tu nómina, de una forma que la asustó y la hizo temer por su integridad física.

Miro incrédulo a Eduardo.

—Me estás tomando el pelo.

—Ándate con cuidado, Max. No sé qué tiene contra ti, pero esa mujer te está buscando la ruina.

—Estuve ayer en su despacho —explico— La conversación fue tensa, pero en ningún momento perdí los estribos ni me comporté de una manera censurable. Se lo está inventando todo para joderme.

—Yo te creo, pero, si hay denuncia y se abre una investigación, ¿quién más te va a creer? Es su palabra contra la tuya. Y por lo que parece, Sofía goza de buena consideración en la empresa. A ella, la han promocionado; a ti, de momento, lo que han hecho ha sido robarte el plus de productividad.

—Esto no va a quedar así —digo.

—Igual me tenía que haber callado. Mantén la cabeza fría, no vayas a hacer algo de lo que luego te arrepientas.

—Te agradezco que me hayas avisado.

Vuelvo a mi despacho con un humor de perros.

Me gustaría pensar que Eduardo está molesto conmigo y que es un embuste lo que me ha dicho sobre Sofía para malmeter.

Sin embargo, sé que Eduardo, por enfadado que estuviera conmigo, jamás bromearía con un asunto tan serio.

Me he pasado de listo con Sofía. Pensaba que sería inteligente y que arreglaría lo de mi nómina, pero ella siempre va un paso por delante, y en la dirección equivocada.

O le paro los pies o va a conseguir que me echen.

Lo último que quiero es darle esa satisfacción.

Si me tengo que ir, será porque yo lo decido, no porque alguien toma esa decisión por mí.