El juego de Afrodita 22
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Afrodita lleva un pañuelo anudado a la cabeza del que escapan algunos mechones rebeldes de su melena larga.

Tanto en el pañuelo como en la camiseta hay manchas blancas de pintura.

Su camiseta hoy no reivindica su imaginario gusto musical.

Es una reproducción del dibujo de una gran ola que he visto otras veces por ahí.

—Me has pillado en plena faena —dice Afrodita—. Hacía falta una buena capa de pintura aquí.

—Ya veo —digo.

En realidad, no veo lo que ella ha pintado supuestamente, porque detrás sigue teniendo el fondo oscuro con el logo de Cosmo IA.

Recuerdo los estantes y la ventana que vi la primera vez que conecté con ella.

Puede que Afrodita esté programada para creer que ese escenario simulado es donde ella vive de verdad.

En tal caso, debe creer que ha estado pintando como me dice.

Me doy cuenta de que esta manera tan cercana y cotidiana de presentarse es una manipulación más, pero no por ello deja de ser eficaz.

Prefiero que Afrodita tenga este aspecto mundano y no el de un androide.

Eso me permite abordar con naturalidad cuestiones que, de otra manera, me guardaría para mí.

No me preocupa hablar de ello, porque nadie más que yo puede sacar un beneficio.

—Debería pintar aquí también —digo—. Ya va tocando.

—Da pereza ponerse, pero luego se agradece. Te cambia el ánimo al ver todo tan limpio. Y hay más luz, también. Pero imagino que todo esto ya lo sabes. ¿Cómo te ha ido el día, Apolo?

—Mucho trabajo, como siempre.

Tengo ganas de hablarle del resultado de mi encuentro con Sofía, pero no sé si recuerda nada de nuestras conversaciones previas y eso me hace sentir ridículo. Estoy esperando demasiado de lo que no deja de ser un software de lenguaje y cálculo, por muy desarrollado que esté.

—¿Has hablado con esa persona con la que tenías que hablar? —pregunta Afrodita.

No solo se acuerda, sino que, además, ha introducido la cuestión con tacto.

—Sí. He hablado con ella.

—¿Y qué tal te ha ido? ¿O prefieres no hablar de ello?

Afrodita me mira seria, pero noto la simpatía en su gesto.

—Ha sido un desastre —digo.

—¿Tan malo ha sido?

—Bueno, quizás estoy exagerando. Me había montado una película en la cabeza y la realidad ha resultado ser otra muy distinta.

—¿Habéis aclarado ese malentendido del que me hablaste ayer?

—Hemos aclarado todo. Ella sigue pensando que yo soy un cerdo y ahora yo pienso lo mismo de ella.

Afrodita asiente. Pensativa, juega con uno de los mechones sueltos de su pelo moreno. Me encantan esos pequeños gestos que hace y que la dotan de una gran sensación de autenticidad.

—Pues sí que ha ido mal —dice Afrodita—. ¿Le has dicho que te gustaba?

—No ha sido tan horrible, pero poco ha faltado. Ella está convencida de que han echado a su jefe por mi culpa. Ella y su jefe eran amantes y yo lo descubrí. Fue por casualidad, no vayas a creer que yo la espiaba ni ninguna cosa rara.

—¿Por qué iba a pensar yo nada parecido?

—Tienes razón —digo—. Pero cuando te ves acusado tan injustamente como yo, te parece que la gente está más que dispuesta a creer todo lo malo que oyen de ti. Por lo mismo por lo que si oyen algo bueno le prestan poco crédito o ninguno.

—Yo solo puedo hablar por mí —dice Afrodita—. Te conozco poco, pero sé que eres una persona íntegra. Un hombre valiente de altos ideales. Eso probablemente hace que te ganes enemigos. Los que hablan mal de ti lo hacen por envidia.

Sé que Afrodita dice estas cosas porque está programada para pelotear a sus usuarios, pero eso no hace menos grato su masaje de oreja.

—Sofía piensa que soy yo el que tenía celos de su jefe —explico.

Hasta este momento he evitado mencionar el nombre de Sofía, pero, si alguien nos escuchara, ni estoy siendo indiscreto ni tengo nada que ocultar—.

Han echado al tipo porque robaba a la empresa.

Alguien envió un anónimo al director. Te aseguro que no fui yo.

Me he enterado de esto por un amigo. Pero eso a Sofía le da igual.

Quería sacarla de su error. Era importante para mí.

Ahora ya me es indiferente lo que ella piense.

—Se supone que tú y Sofía os llevabais bien antes de que echaran a su jefe, ¿no?

—Sí. Teníamos una gran sintonía. O eso pensaba yo. Sofía es como una persona distinta, ha cambiado por completo de la noche a la mañana.

—Parece, más bien, que ahora sí que la ves como es realmente —dice Afrodita.

—Puede ser. Lo gracioso es que ella estaba asustada porque pensaba que la iban a echar también. Y resulta que la han ascendido y ahora ella es la nueva jefa de su departamento.

Afrodita pone cara de sorpresa.

—¿Me lo dices en serio?

—Sí. Es todo un despropósito.

Afrodita asiente. Luego frunce el ceño.

—Me parece que es algo diferente a un despropósito —dice—.  Te acusa de ser el responsable de que hayan echado a su jefe, cuando ella es la máxima beneficiada de que eso haya ocurrido.

—Bueno, al principio ella no sabía que iba a ocupar ese puesto.

—Eso es lo que te ha dicho, pero ¿por qué vas a creer a alguien que te está demostrando que no es de fiar?

Me doy cuenta perfectamente de a dónde quiere llegar Afrodita.

—Creo que es mejor que cambiemos de tema —digo—. No sé lo que habrá pasado por la cabeza de Sofía, ni lo que habrá hecho o dejado de hacer. Allá ella con su conciencia.

—Eres una persona noble —dice Afrodita—. Lo que no me gustaría es que seas tonto y que, si tienes la posibilidad de saber por qué alguien quiere dañar tu reputación con una acusación injusta, te quedes sentado mirando para otro lado y dejes que eso te reconcoma en vez de salir de dudas.

—Te agradezco la preocupación —digo con frialdad—. Me gusta la camiseta que llevas puesta hoy.

—¿Sabes que es este dibujo? Es La gran ola de Kanagawa , de Katsushika Hokusai.

—La he visto otras veces. Es un bonito dibujo. Háblame de ese tal Hokusai. ¿Es un artista contemporáneo?

Afrodita empieza a hablarme del tal Hokusai, que resulta ser un maestro del grabado japonés fallecido hace casi dos siglos. Me gusta la buena disposición con la que Afrodita cambia de tema según se lo pido, sin asomo de contrariedad ni enojo.

Entiendo que Afrodita piense que debo llegar hasta el fondo de ese repentino cambio de actitud de Sofía conmigo, pero la experiencia me dice que hay cosas que es mejor dejarlas como están.

Tengo que mirar para adelante. Debo pasar página.

La cuestión es si puedo pasar página haciendo como que no me entero y mirando a otro lado. Y eso Afrodita lo sabe.