21
Todo sigue igual en el departamento de Recursos Humanos después de la marcha de Julio.
Es como si él nunca hubiera estado aquí.
La que era su secretaria me mira con el mismo gesto avinagrado de siempre.
Pensaba que después de nuestra conversación sobre Julio habríamos pasado ya a una fase más amistosa.
—Dile a Sofía que estoy aquí.
—¿Tienes cita?
—No.
—No sé para qué pregunto —resopla la secretaria.
—Tú dile que estoy aquí.
La secretaria me anuncia por el interfono.
—He salido —la voz de Sofía retumba en el altavoz—. Hoy estaré fuera todo el día.
—Te está escuchando —dice la secretaria—. Se me ha olvidado quitar el manos libres.
Me mira con complicidad. Al final resulta que sí somos amigos.
—Te mato —dice Sofía—. Dile que pase, anda.
Sonrío a la secretaria.
—Te debo una.
Sofía parece empequeñecida en un despacho tan grande como este.
Apenas se nota la diferencia de cuando Julio era el que te recibía al otro lado de la enorme mesa de nogal.
El cambio más llamativo es la foto de la pared.
Ya no está él con su familia, ahora hay una foto de Sofía con ropa de esquí en un paisaje nevado que reconozco.
—Eso es el descenso del Veleta, en Sierra Nevada —digo.
Sofía asiente, indiferente a mi intento de buscar una complicidad entre los dos. Mantiene el gesto tenso, sus ojos pardos clavados en mí con desconfianza.
—Tengo cinco minutos —dice Sofía—. Dime en qué puedo ayudarte.
—Me alegra que te hayan ascendido. Parece que no hay mal que por bien no venga, como dicen por ahí.
—Estoy sorprendida —dice Sofía—. Esto no es algo que yo fuera buscando. Tampoco cambia lo que pienso sobre lo que ha pasado con Julio. Allá verá cada cual con su conciencia.
—La mía está muy tranquila —digo—. Me parece asombroso que todavía puedas albergar la más mínima duda al respecto.
—¿Has venido aquí para discutir conmigo sobre esto? Creo que el otro día fui lo suficientemente clara. No tengo nada que añadir.
Me decepciona la actitud de Sofía, pero tampoco puedo decir que me sorprenda.
—He venido a reclamar por el tema del plus de productividad —digo—. Julio me dijo que iba a ayudarme.
—Porque le amenazaste con contar que nos viste follando —dice Sofía.
Me gusta que sea directa y que diga lo que piensa aunque se equivoque. A quien no trago es a los hipócritas.
—¿Eso te ha contado Julio? Es mentira. Yo no le amenacé con contar nada. Si él pensó que yo le estaba amenazando, es su problema. Mi reclamación es justa. No necesito amenazar a nadie.
—Me alegra que lo veas así —dice Sofía—. Las amenazas no te van a funcionar conmigo.
—¿Por qué iba yo a contar nada? ¿Qué interés puedo tener en que te vaya mal? Todo lo contrario.
—Julio me ha dicho que te gusto y que por eso se la has jugado.
Meneo la cabeza como no dando crédito.
—Lo que hay que oír —digo, componiendo mi pose más digna—.
Punto número uno: yo no se la he jugado a Julio ni a nadie.
Punto número dos: tú no me gustas, no en el sentido en el que dice Julio.
Te aprecio porque eres una tía maja y quiero que te vaya bien.
Pero lo mismo puedo decir de Sara o de otras personas.
—Me alegra que me digas eso. Porque lo llevabas claro si pensabas que tenías una oportunidad conmigo. No creo haberte dado ocasión para que pienses eso. Menudo disparate.
Sofía me lanza una mirada retadora, el gesto burlón. Sabe que me gusta y me lo está restregando por la cara, pero no voy a darle la satisfacción de que me vea roto por sus comentarios hirientes y crueles.
—Tienes poco tiempo —digo—. No perdamos más con este tema. ¿Qué pasa con el recorte en mi nómina? ¿Hay posibilidad de rectificación por parte de la empresa o no hay nada que hacer?
—Es política de la empresa —dice Sofía recuperando su tono profesional. Así está mucho más guapa, aunque eso ya me da igual. Ya he visto su verdadera cara—. Lo tomas o lo dejas. Ese plus lo tienes perdido.
—Y tú, por supuesto, no puedes hacer ver al director que soy un activo muy valioso de la empresa y que merece la pena cuidarme, porque tampoco salgo tan caro.
—Puedo hablar con el director, pero lo veo difícil. Ya sabes cómo es esto. Hay gente joven que viene empujando con fuerza y que están dispuestos a hacer tu trabajo cobrando bastante menos.
—Ellos no tienen mi experiencia —digo—. Habla con el director y me cuentas.
—Hablaré con él. Pero no te prometo nada.
—Esto no va a quedar así. Si no se arregla por las buenas, tendrá que ser de otra manera.
—¿Eso es una amenaza? —pregunta Sofía con una mueca de desagrado.
—Tú misma. Sé cosas de esta empresa de las que tú no tienes ni idea.
—Estás sujeto a una cláusula de confidencialidad.
—Respetaré lo que dice mi contrato si la empresa lo respeta también.
Sofía asiente. Me está midiendo con la mirada. Parece que ya no encuentra motivo de regodeo al mirarme.
—Veré qué puedo hacer.
—Es lo mínimo que espero. Ya me contarás.
Salgo del despacho. Intento mostrarme sereno, pero debe notarse el mal rato que he pasado porque la secretaria me mira con curiosidad.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sofía me caía mejor cuando no era la jefa del departamento.
La secretaria me dedica una sonrisa cómplice.
—Árboles más altos han caído —dice.
De ella sí me despido.