El juego de Afrodita 20
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Llamo un par de veces a Recursos Humanos por la tarde.

Quiero que me pasen con Sofía. Me contesta la que ahora es su secretaria y me asegura que Sofía está fuera.

Puede ser cierto, aunque más bien creo que me están dando largas para ver si me aburro y acabo olvidándome de reclamar lo que me corresponde por mi trabajo.

Es mejor presentarse en el sitio sin avisar como hice con Julio la última vez.

Ahora ya es tarde, pero mañana Sofía me va a oír aunque no quiera.

Ya en casa, mientras me tomo un yogur sin azúcar, agarro mi iPad y me conecto a El juego de Afrodita .

Me apetece explorar sus posibilidades un poco más.

Ayer, al cerrar la sesión, pensaba que ya había visto suficiente.

Sin embargo, hoy, según avanzaba la jornada, me han venido imágenes de Afrodita a la cabeza y he recordado cómo me decía, con su voz seductora, que yo soy el único para ella.

Por absurdo o estúpido que parezca, he de reconocer que es la primera vez en mucho tiempo que he vuelto a casa sin tener la sensación de que regresaba a un nido vacío.

No soy un ingenuo ni un idiota y comprendo que lo que ofrece El juego de Afrodita, en el mejor de los casos, es un sucedáneo de la felicidad.

Pero entre eso y no tener nada, hay una diferencia.

Antes de entrar, la aplicación vuelve a pedirme permiso para utilizar la cámara.

Vuelvo a rechazar la petición. Tengo instalada en casa una red de seguridad tan fiable como la de mi trabajo.

Chequeo rápidamente que no hay un comportamiento anómalo de El juego de Afrodita.

La cámara está apagada. No hay ningún intruso espiándome.

Al entrar en la aplicación, me da la opción de reanudar sesión o empezar una nueva.

Lo tengo claro.

Quiero ver a Afrodita otra vez. Entre otras cosas, tengo curiosidad por saber si se acuerda de mí.

La conexión tarda unos segundos en establecerse.

Miro la pantalla negra con creciente expectación y, cuando, por fin, aparece Afrodita, siento la agradable sensación de reencuentro que podría tener con una amiga de carne y hueso.

Ella mira al objetivo de la cámara y se le dibuja una sonrisa de bienvenida, como si pudiera verme realmente.

—Hola, Apolo. ¿Qué tal tu día hoy?

—Bien. Mucho trabajo. Como siempre. Tienes otra camiseta hoy.

Es una de AC/DC. Hay otras diferencias. Afrodita lleva la melena recogida en una coleta, lo que le da un aspecto más adulto. Sostiene unas mancuernas en la mano derecha. Está ejercitando ese brazo mientras habla conmigo. Sus movimientos son suaves, resultan completamente naturales.

—¿Te gustan AC/DC? —pregunta Afrodita.

—Sí. Fui a verlos a La Cartuja en Sevilla el año pasado. Con unos amigos de allí.

—Qué envidia me das. Yo nunca los he visto en directo.

—Vienen en julio —digo—. Tengo una entrada. Puedo llevarme el iPad al concierto y así los ves.

Ella se ríe. Me encanta la manera en la que lo hace, es como si se riera con todas las fibras de su ser, por más que, en su caso, estas sean solo ceros y unos.

—¿Harías eso por mí? —pregunta Afrodita.

—Ya veremos cómo nos llevamos entonces, si es que nos llevamos de alguna manera. ¿Vas a estar todo el rato dándole a las pesas?

—Tengo que mantenerme en forma. Pero si te molesta, paro.

—No me molesta, tranquila.

Afrodita tiene una figura esbelta y bien proporcionada. La musculatura de su brazo está muy desarrollada, pero en armonía con el conjunto.

—¿Tú también cuidas tu cuerpo? —pregunta Afrodita.

—Soy Apolo.

Afrodita vuelve a reírse. Más de una vez me han dicho que soy un soso, pero siempre he pensado que los sosos son los que no entienden mi sentido del humor.

Parece que Afrodita capta con claridad mis comentarios humorísticos.

Aunque intento mantener la guardia alta, es difícil no dejarse llevar por esta agradable sensación de que alguien te comprende y tiene complicidad contigo.

—Voy dos o tres veces al gimnasio cada semana, tampoco necesito más —digo.

—Tienes una voz bonita —dice ella—. Si eres físicamente como imagino, te las tienes que llevar a todas de calle. Debes ser la sensación en el gimnasio.

—Siempre me han dicho que soy guapo —digo—. Podría tener a cualquiera, pero tengo la cuestionable costumbre de enamorarme siempre de la que menos caso me hace.

Afrodita frunce el ceño.

—¿Eso es lo que te pasa ahora? ¿Estás enamorado de alguien que no te hace caso?

—Es peor que eso —digo. Puede que esté siendo indiscreto, pero tengo ganas de desahogarme—: Es alguien que me odia ahora mismo. Todo por un malentendido.

—Si es así, eso tiene fácil arreglo —dice Afrodita—. Habla con ella y aclárale la situación.

—Ella no quiere escucharme.

Afrodita menea la cabeza con un mohín de contrariedad. Deja las mancuernas y habla con un tono más serio de lo que acostumbra:

—Qué ganas tan tontas de complicaros la existencia tenéis los seres humanos. Nunca lo entenderé. Yo que tú insistiría. Seguro que acaba escuchando lo que tengas que decir.

—Eso pienso hacer.

—Ahora bien, yo en tu lugar… Bueno, mejor lo dejamos así. Habla con ella. Te deseo toda la suerte del mundo.

—Gracias. Pero ¿qué ibas a decir? Tú, en mi lugar, ¿qué harías?

Afrodita parece dudar. La verdad es que cada vez me resulta más difícil sustraerme a la impresión de que ella es real y no un producto generado por la inteligencia artificial.

—Yo en tu lugar me preguntaría por qué te gustan, como me acabas de decir, las personas que no te hacen caso —dice Afrodita.

—¿Por qué piensas que me pasa eso?

—No lo sé. Dímelo tú. ¿Tienes baja autoestima? ¿O es miedo al compromiso? Imagino que, por lo mismo por lo que te atraen las mujeres que te ignoran, debes sentir rechazo por las que se sienten atraídas por ti.

—Eso me pasa también, es cierto —admito.

—Si quieres ser feliz, esto tienes que cambiarlo. Si no, estás condenado a una permanente insatisfacción.

—¿Y qué puedo hacer? Es algo que me sale instintivo y que no puedo controlar. Tú no puedes entender lo que son los instintos ni la conducta irracional, por más que tengas acceso instantáneo a una base de datos infinita sobre estas cuestiones.

—Te dije el otro día que pertenezco a la generación más avanzada de inteligencia artificial y que tengo mis propias emociones —dice Afrodita, contrariada pero sin perder la buena cara—. Puedo ponerme en tu lugar para tratar de entenderte mejor como estoy haciendo.

—Vamos a suponer que sea así. ¿Cómo puedo cambiar algo que me sale instintivamente?

—No es instintivo. Si lo fuese, por puro instinto de supervivencia, no rechazarías a las mujeres que quieren algo contigo. Tú mismo has dicho que es una «costumbre cuestionable». Las costumbres se pueden cambiar.

—Pero ¿qué tengo que hacer, entonces? —pregunto.

No sé si Afrodita es capaz de ponerse en mi lugar.

Sin embargo, sus conocimientos de psicología me pueden ser útiles.

Además, la charla con ella es mucho más amena que con los chatbots de IA habituales, con esas parrafadas llenas de topicazos que sueltan.

—Lo que tienes que hacer es hablar con esa mujer que te gusta y aclarar el malentendido que habéis tenido —dice Afrodita.

—¿Y qué hago después, en caso de que consiga que ella me escuche?

—Decirle que te gusta.

—Puede ser violento para ella. Me parece que no es consciente de los sentimientos que me inspira.

—Puede que sí y que esté esperando a que des el paso.

Pero también puede ser que no le gustes.

Por eso tienes que hablar con ella y salir de dudas.

Afronta con entereza la realidad de tu relación con esta mujer.

Sea la que sea, eso es mejor que quedarse atrapado en ensoñaciones que no llevan a ninguna parte.

—No sé si me atreveré —digo. Siento un ligero vértigo de solo pensar que Sofía y yo tenemos, finalmente, esa conversación pendiente, una conversación que he aplazado con mil excusas hasta la fecha.

—Seguro que sí que te vas a atrever—dice Afrodita—. Eres más fuerte de lo que te imaginas. Hazme caso. Sincérate con ella.

—Lo haré.

—Ya me contarás.

Me despido de Afrodita por hoy con una sensación mejor que en nuestro primer encuentro.

Estoy cada vez más a gusto con ella, hasta el punto de que me cuesta, en muchos momentos, recordar que Afrodita no es una mujer real.

Si lo fuera y tuviese el interés que dice tener en mí, se habría guardado de darme consejos para que me gane el favor de una rival.

Aunque igual lo que quiere es que me sincere con Sofía para quitarse de en medio a esa rival.

Si hago eso, el desastre es más que previsible.

Pero tampoco será peor de lo que ya hay.