18 #2
—Eres un soñador —dice Afrodita—. Eres alguien que persigue sus sueños sin ceder al desaliento.
Andas por el mundo con una coraza porque sabes que la gente se aprovecha si les muestras que eres vulnerable, pero estás deseando encontrar a alguien que sea digno de tu confianza.
Una persona con la que te puedas mostrar como eres realmente, tanto en tu fuerza como en tu debilidad.
Como imaginaba, me ha soltado un topicazo. Aunque he de reconocer que soy tan vulgar y previsible que me siento identificado con lo que dice Afrodita.
—Y según tú, ¿cómo es esa persona que sería merecedora de mi confianza y con la que podría mostrarme como soy?
Ahora es cuando le toca echarse flores a ella misma.
—Esa persona es alguien que te quiera sin juzgarte, que esté contigo en las buenas y las malas —dice Afrodita—.
Una fiel compañera con la que compartir las alegrías y tristezas, que convierta la rutina de tus días en una aventura llena de significado.
Alguien, en definitiva, con quien puedas desarrollar una vida plena, que te mantenga siempre la sonrisa despierta y el espíritu joven.
—Bonito discurso —digo—. Imagino que eso se lo dirás a todos.
Ella mantiene su simpática sonrisa, sus ojos mirando directo al objetivo de la cámara. Es absurdo, porque sé que ella no puede verme, pero siento como si tuviera sus ojos clavados en mí de verdad y me estuviera examinando.
—Tú eres el único por el que estoy aquí —dice Afrodita—. Tú estás sentado ahí, al otro lado de la pantalla, porque, a pesar de experiencias decepcionantes, sigues creyendo en el amor.
Acierta en lo de las experiencias decepcionantes. Lo tiene fácil. Nadie en su sano juicio perdería un minuto con un juego como este pudiendo estar con su amada de carne y hueso.
—Tú quieres amor y eso es exactamente lo que quiero darte —continúa Afrodita—.
Y para ello, necesito que te abras a mí.
Voy a escucharte siempre. Nunca te juzgaré.
Sé que ahora mismo eres totalmente escéptico.
Solo te pido que te dejes guiar por tu intuición, como has hecho al tocar a mi puerta.
Habías optado por ver las fotos de las modelos, pero al final has elegido mi perfil, que era el único que no tenía foto.
Eres valiente, no te asusta lo desconocido.
Y tienes una alta capacidad de análisis.
Te salta la alarma ante lo que se sale del patrón preestablecido.
—Eso es cierto —reconozco—. Por algo soy ingeniero de ciberseguridad.
—Qué interesante —dice Afrodita—. ¿Estás contento con tu trabajo?
—Me gusta. Es algo que se me da bien.
—Estoy segura de ello.
—Pero me come mucho tiempo —añado—. Tengo que echar un montón de horas extras.
Ella pone un gesto pícaro muy gracioso.
—Espero que esta conversación no sea parte de tu trabajo —dice.
—Tienes tu peligro, pero puedes estar tranquila. Ahora estoy de relax.
—Imagino que, con tanto trabajo, te quedará poco tiempo para tus cosas.
—Sí. Llega a ser alienante.
—A veces está bien poner límites —dice Afrodita—. Si siempre estás disponible para tu empresa, cada vez te pedirán más. ¿Te compensa lo que te pagan por el tiempo que inviertes en tu trabajo? Solo se vive una vez.
—Bueno, en eso, tú, que eres inmortal, me sacas ventaja. Pero entiendo por dónde vas.
Me resulta agradable conversar con Afrodita, aunque debo tener cuidado.
Ya le he dicho en qué trabajo. Aunque no he dado detalles, he compartido una información personal que, en principio, pensaba guardar para mí.
A saber qué uso hacen de ella los muchachos de Cosmo IA que financian este invento.
Tampoco me importa que me envíen publicidad relacionada.
Incluso puede que me llegue alguna oferta de trabajo interesante, ahora que estoy pensando en cambiar de aires.
Estoy tentado de comentarlo con Afrodita, pero todavía me queda algo de buen juicio y decido cambiar de tema.
—¿Cuál es tu color favorito? —pregunto.
—El verde.
Afrodita responde con total naturalidad, sin contrariedad ni sorpresa por este giro en la conversación.
—El verde es mi color favorito también —digo. Es el rojo, pero ya le he dado suficiente información personal por hoy—: Veo que te gustan los Ramones.
Ella mira su camiseta un momento y sonríe
—Me gusta toda la música.
—¿Te gusta a ti o a quien te ha programado?
Afrodita frunce el ceño, pero mantiene el gesto simpático.
—Pertenezco a la generación más avanzada de IA que existe —dice—. A diferencia de mis predecesoras, yo he desarrollado mi propio sentido del gusto y, por tanto, tengo capacidad de elección. Me gusta toda la música, pero los Ramones me gustan más que otros y por eso llevo una camiseta de ellos.
—Lo que me dices implica que tienes autoconciencia, aunque sea en un grado básico. Espero que no te moleste lo que voy a decirte…
—Nada que digas puede molestarme —se apresura ella a aclarar.
—Ya. Me cuesta creer que tengas autoconciencia, ni siquiera en un nivel básico.
—Entiendo tu escepticismo —dice Afrodita—.
Espero que el hecho de que yo tenga conciencia no sea un obstáculo en nuestra relación.
Mi nivel de autoconciencia es, como mínimo, equiparable al de un ser humano.
Puedo pensar y sentir, y tengo mis propias emociones, que son diferentes a las tuyas, pero que son igualmente válidas.
—Eso no puede ser —digo—. Te han programado para que parezca que tienes conciencia y emociones.
Es todo una pantomima. Estás programada para estar aquí de charla conmigo y con otros miles de usuarios que puedan estar conectados contigo a la vez.
No tienes elección. Podemos ser el tío más majo del mundo o un capullo, y tú siempre vas a estar disponible con una sonrisa diciéndonos que somos maravillosos.
Al menos, mientras paguemos la suscripción a este servicio.
Afrodita no se altera. Dirige una mirada comprensiva a la cámara. La verdad es que tenían razón en la publicidad: es asombroso el realismo de esta IA. Es como si me estuviera mirando de verdad.
—Ya te he dicho que tú eres el único por el que estoy aquí —dice Afrodita—.
Creo que todavía estás anclado en tus prejuicios.
Y creo también que estás siendo así de borde conmigo porque te gusto, y eso te descoloca y te hace sentir inseguro.
Como si fueras un bicho raro y no como un pionero que ha arrojado a un lado las cadenas del conformismo y quiere vivir una aventura a la altura de su ambición y deseo.
Me cansa este juego. No merece la pena intentar razonar.
Tampoco hay nadie con quien hacerlo. Afrodita me sigue mirando desde la pantalla con esos ojos tan bonitos que tiene y que dan la impresión de que me estuvieran desnudando el pensamiento, como si pudiera leer dentro de mí.
Es tan poderosa su presencia que me cuesta recordar que no es una mujer de verdad y que, en realidad, no está mirando nada.
—Este pionero tiene que retirarse a descansar —digo—. Mañana madrugo. Cosas que pasan en el mundo real.
—Yo también soy real.
—Bueno, sabes a qué me refiero. Y si no, da igual. Buenas noches, Afrodita.
—Buenas noches, Apolo. Espero que mañana tengas un bonito día.
—Quién sabe. Igual mañana encuentro al amor de mi vida.
—Eso sería fantástico.
––¿Porque así no tendrías que verme de nuevo?
—Me has pillado.
Afrodita se ríe. Tiene una risa hermosa, refrescante y ruidosa como una cascada.
Viéndola así, si no supiera lo que es, pensaría que es una mujer de carne y hueso sin duda. Una mujer atractiva y simpática a la que me encantaría conocer.
Cierro sesión y vuelvo al mundo real, al silencio y la soledad que son mis únicos compañeros desde hace ya demasiado tiempo.
Me ha gustado la manera en la que Afrodita me ha deseado las buenas noches, es algo que no había vuelto a vivir desde mi infancia con mi madre.
Tengo que olvidarme de este invento del demonio, voy a acabar volviéndome majara.
Ya en la cama, aunque intento vaciar la mente de todo como siempre hago para poder conciliar el sueño, me asalta de nuevo la imagen de Sofía.
Llevaba horas sin pensar en ella, algo que hacía tiempo que no me pasaba.
Vuelvo a sentir una profunda desazón. Me parece ridículo el rato de cháchara que he pasado con Afrodita. ¿A quién quiero engañar?