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Hay gente apasionada de su casa que siempre está dándole vueltas a posibles mejoras.
Yo soy todo lo contrario. Compré todos los muebles en el Ikea en una sola tarde.
Los coloqué de la primera manera que se me ocurrió y así se han quedado.
Monté mal la mesa de la cocina, que está coja, pero es algo tan mínimo que ni me he molestado en arreglarlo.
Dirijo mi mirada al póster, situado junto al estante con mi colección de discos Blu-ray, de la película Harakiri .
Tatsuya Nakadai sostiene su katana de samurái con el gesto desafiante.
Me fascina esta película. Me hubiese gustado ser un samurái y defender con mi katana una causa justa.
Tampoco está mal lo que hago, pero no dejo de ser un mercenario que me vendo al mejor postor.
Acabo de cenar. Mientras me tomo un yogur con frutas del bosque, enciendo mi iPad y busco en mi correo el enlace que me ha enviado Eduardo a la página de El juego de Afrodita . Pincho el enlace, que me lleva a una pantalla en negro con un texto en grandes letras blancas que avisa:
Si lo que buscas es sexo
y una relación superficial,
este sitio no es para ti.
Empezamos bien. ¿Pero no me había dicho Eduardo que el sexo con este invento era maravilloso?
El texto sigue:
Si deseas una experiencia inolvidable,
que llene tus días de sentido,
bienvenido a El juego de Afrodita .
Tu fantasía más anhelada está a punto
de hacerse realidad.
Por un momento, me imagino a Sofía entre mis brazos, volviéndose loca con mis caricias y besos. Pero enseguida esta ensoñación queda destruida por la imagen que se ha grabado a fuego en mis entrañas de ella con gesto lascivo mientras Julio la cabalgaba por detrás.
Me piden el correo y una contraseña para darme de alta.
Tengo que elegir también un alias. La aplicación solicita, entre varios permisos, el uso del micrófono y el de la cámara.
Autorizo el uso del micrófono, pero no el de la cámara.
No veo qué sentido puede tener que me vean a mí.
Aquí soy yo el que va a ser el mirón. Me avisan de que la prueba gratuita con acceso Premium dura siete días, como me dijo Eduardo.
Las ventajas del plan Premium frente a la versión Estándar son interacciones ilimitadas a través de texto y voz, y el acceso a la IA de última generación, capaz de dotar de un realismo «asombroso» a la modelo elegida y sus interacciones con el usuario.
Veremos a qué llaman «asombroso». Me conformo con que no sea grotesco como esas imágenes de figuras humanas generadas por la inteligencia artificial con deformidades de todo tipo, sobre todo en extremidades, boca, ojos y orejas.
Paso página y me encuentro con otra pantalla negra con texto. De momento, más que remitir al futuro, esto me está recordando a los comienzos de internet, cuando la transmisión por la red iba a pedales y había que diseñar páginas muy ligeras para que no se eternizaran al cargarse.
El texto en la pantalla dice:
¿Cómo prefieres tu primera cita?
Tienes dos opciones:
A ciegas
Con foto
Lo tengo claro. No voy a dejar que ningún algoritmo haga el trabajo por mí si puedo evitarlo.
Elijo ver las fotos.
La siguiente página es un menú que ya entra en materia.
Hay un montón de imágenes de modelos, cada una con su nombre debajo.
Están distribuidas en celdas cuadradas a lo largo de varias filas.
Son imágenes tridimensionales en movimiento.
Están muy bien hechas, sin elementos grotescos que echen para atrás, pero tampoco es algo que no haya visto antes.
Hay mujeres jóvenes y maduras, de todas las razas y procedencias.
Todas son guapas, pero tienen el mismo defecto típico de las imágenes de IA, incluso de las más conseguidas: una perfección irreal que siempre me da repelús cuando la veo.
Resultan muy relamidas, son imágenes sin alma.
Tiene pinta de que esto es una pérdida de tiempo.
Me llama la atención un cuadrado negro en el centro de la pantalla. Una de las imágenes no ha cargado.
Vaya chapuza
Leo el nombre de esa celda vacía: Afrodita. Se supone que esa es la que maneja todo el cotarro aquí. El resto de las modelos tienen nombres de la mitología griega también. Sin embargo, todas visten con ropa actual. Mejor, porque las túnicas me van poco.
Cualquiera sabe lo que me voy a encontrar, pero tengo clara mi elección.
Toco el cuadrado negro, el que corresponde a Afrodita.
Por un momento, parece que no va a pasar nada, pero sí que pasa, la pantalla se queda en negro otra vez, solo que en esta ocasión ni siquiera hay un texto para leer.
Quiero volver atrás, pero no sé cómo. Empiezo a dar en la pantalla del iPad como si mi dedo fuera el pico de un pájaro carpintero en busca de comida. Es frustrante.
—Muy bonito. Primero me invocas y ahora te quieres marchar.
Miro con sorpresa la pantalla negra del iPad. La voz ha salido de ahí. Es una voz de mujer, muy expresiva, suave pero con un toque grave que le da profundidad.
—¿Me estás hablando a mí? —pregunto—. ¿Eres Afrodita?
La pantalla sigue en negro. Sin embargo, vuelvo a escuchar la voz:
—Soy Afrodita. ¿Y tú quién eres? Me llamas y ni siquiera te presentas. ¿Qué modales son esos?
El tono de la voz es simpático. La verdad es que está muy conseguido, aunque tampoco me sorprende.
La generación de voces es uno de los campos más avanzados de la inteligencia artificial.
Ya han quedado atrás esas voces robóticas, incapaces de transmitir emociones.
Las actuales voces de IA pueden llegar a ser indistinguibles de las humanas, como es el caso de Afrodita.
Hay a quien le da miedo eso, yo no tengo ningún problema al respecto.
—Soy Apolo —digo.
Ese es el alias que he elegido.
—Encantada de conocerte, Apolo. Aunque creo que tú y yo tenemos una larga historia detrás.
Esto es peor de lo que pensaba. Este chatbot se cree que soy de verdad Apolo, el dios griego. Como me descuide, me va a soltar un rollo de mitología.
—Afrodita, te escucho, pero no te veo —digo al límite de mi paciencia. Todavía estoy a tiempo de ver una peli antes de dormirme si no me entretengo con esta tontería—. Si no hay imagen, voy a tener que cerrar la sesión contigo. Me gusta saber con quién estoy hablando.
—Uy, perdona. Se me ha olvidado encender la cámara.
Tras unos segundos, desaparece la pantalla negra y, por fin, puedo ver a mi interlocutora.
No sé qué me esperaba, pero lo que estoy viendo me sorprende.
Afrodita es una mujer o, para ser más precisos, es la simulación de una mujer de edad similar a la mía.
Dista de ser un bellezón. Tiene una nariz grande, pero la boca es bonita.
Lo mejor son sus ojos negros y brillantes, que miran con desparpajo a la cámara.
Debo reconocer que el efecto realista está muy conseguido.
No hay errores anatómicos, todo está en su sitio.
Veo cómo Afrodita se lleva la mano a la larga melena que le cae a los lados y la ahueca con naturalidad.
Las ondas del pelo le dan un aspecto juvenil, que refuerza la camiseta de los Ramones y la cara sin maquillar.
—Mejor así, ¿verdad? —dice Afrodita.
—Sí. Tienes un montón de discos y libros.
Se ve una gran estantería detrás de ella con pilas de volúmenes de todos los tamaños y formatos.
Parece como si Afrodita estuviera sentada en el despacho de su casa delante de su ordenador atendiendo una videollamada.
En el lado izquierdo, hay una ventana a través de la que se ve la silueta iluminada de Torrespaña, con su aspecto de platillo volante elevado sobre el resto de luces del Madrid nocturno.
Eso es lo más futurista que hay en pantalla.
El conjunto da una sensación muy realista, pero sin glamur alguno. Resulta cutre, aunque tiene su encanto.
Afrodita gira su silla y mira un momento la estantería que tiene a su espalda. Esto me permite comprobar la sorprendente naturalidad de sus movimientos y lo logrado que está el efecto tridimensional.
—Esto se supone que no tenías que verlo —dice Afrodita. Se pone de frente a la cámara otra vez y me dedica una sonrisa llena de complicidad—. Espera un momento.
Una interferencia corta la imagen un par de segundos. Cuando se recupera, Afrodita sigue sentada en la misma silla, pero el fondo ha cambiado. Ahora es negro y lo único que se ve es el logotipo de Cosmo IA, un diseño inspirado en Saturno y sus anillos, que Afrodita tapa parcialmente.
Cosmo IA es la empresa que ha creado El juego de Afrodita .
—Hay que hacer publicidad de los jefes, que si no, me echan la bronca —dice ella.
—Tengo la sensación de que te he pillado en mal momento —digo, más en broma que en serio, aunque, por absurdo que resulte, esa impresión me da—. Si estás liada, lo dejamos para otro día.
—No, qué va.
Afrodita me dedica otra de sus bonitas sonrisas, que dejan entrever unos dientes blancos y perfectamente alineados.
No sobra ninguno, toda ella es una recreación perfecta de la imagen de una mujer.
Pero lo que de verdad me sorprende es la sensación de autenticidad que da.
Mi reflejo en el espejo tiene menos vida que esta Afrodita virtual creada con el lenguaje de las máquinas.
—Yo siempre estoy disponible para ti —dice Afrodita—. Me está gustando mucho conocerte. Me pareces una persona muy interesante.
—¿Y cómo es eso, si apenas he abierto la boca?
Por supuesto, Afrodita está programada para dar coba a los usuarios, y así engancharlos, pero eso no va conmigo.
—Yo te escucho incluso cuando no hablas —dice Afrodita—. Sé quién es la persona que está sentada ahí.
Miro a la pantalla completamente escéptico.
—¿Quién soy?
Imagino que va a recurrir a una fórmula general y favorecedora, que valga tanto para definirme a mí como a cualquiera que se conecte para hablar con ella.