El juego de Afrodita 16
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Es lunes otra vez. Bajo a tomar un café a las nueve y media, una hora en la que sería raro que coincidiera con Sofía o Sara.

Aun así, entro con aprensión en el comedor, que luce animado con el sol que entra por las ventanas.

Compruebo de un vistazo que ninguna de las dos está aquí, lo que me tranquiliza.

Llevo desde el sábado imaginando las barbaridades que deben estar diciendo sobre mí.

No quiero saber nada más de ellas, ya he visto la clase de personas que son.

Eduardo me saluda alzando la mano, sentado en una mesa al fondo, solo como acostumbra.

Me alegro de verle. Me acerco a su mesa con mi café humeante y me siento frente a él, que está tomando un té con limón como acostumbra.

—¿Qué te ha pasado? —dice Eduardo—. Vaya moratón que tienes ahí.

Me toco la sien con gesto despreocupado. Ya no duele.

—Me levanté por la noche a mear y me di con una puerta.

—Menudo golpe. Tuvo que doler.

—Sí, pero ya ni lo noto —digo–. Te puse falta el otro día. Menudo cocido te perdiste.

Eduardo sonríe. El último miércoles faltó a nuestra habitual cita para comer en el bar de la esquina.

—Me acordé del cocido —dice—. He tenido mucho lío de juzgados estos días.

—Estaba preocupado. Pensaba que igual te habían despedido. No habría sido nada raro en estos tiempos.

—¿Lo dices por Julio, el de Recursos Humanos? Ya me he enterado de que le han echado. Él mismo se lo buscó.

Miro a Eduardo con sorpresa.

—¿Por qué dices eso? —pregunto.

—¿Y tú me lo preguntas? ¿Ese cabrón no es al que sorprendiste follando con Sofía en el cuarto de los servidores?

Me había olvidado de que lo hablé con Eduardo la última vez que nos vimos.

—Sí, era él.

—Ella era su subordinada —dice Eduardo con tono de censura—. Estaban en horario de trabajo. Gente así sobra en cualquier empresa que tenga un mínimo de seriedad.

Miro a Eduardo, preso de una súbita sospecha:

—¿Crees que le han echado por eso? —pregunto.

—El director es su suegro —dice Eduardo—. Sería lo normal, si alguien le ha ido con el cuento.

—Solo yo lo sabía. —Hago una pausa dramática antes de añadir—: Y tú, claro. Eres el único al que se lo he contado.

Eduardo aguanta mi mirada inquisitiva sin un pestañeo. Da un sorbo a su té con limón antes de hablar.

—Te olvidas de Sofía —dice.

Tiene razón. No se me había ocurrido pensarlo hasta este momento.

—Sofía sigue trabajando aquí —digo.

Eduardo asiente.

—Ella puede habérsela jugado a su amante —dice—. Igual está despechada. Puede que Julio le haya hecho promesas que no ha cumplido, lo que tampoco sería de extrañar en un personaje de esa catadura.

—Hablé con ella sobre el despido de Julio. Por lo visto, circula el rumor de que enviaron un anónimo al director contándole la película.

Eduardo enarca las cejas con aire pensativo.

—¿Un anónimo? —dice—. Sofía pudo enviar ese anónimo al director, callándose que Julio le ponía los cuernos a su hija con ella. Es posible, además, que Julio estuviera liado con otras empleadas. Estos depredadores sexuales siempre están a la busca de su siguiente presa.

—Me cuesta creer que Sofía haya hecho una jugada tan sucia.

—Tampoco pensabas que te la ibas a encontrar con las bragas bajadas follando con su jefe.

—Está claro que me he equivocado con ella, pero esto de lo que hablas es otra cosa. Sofía tendrá sus defectos, pero es una tía legal.

Eduardo me mira escéptico.

—Si tú lo dices, será así.

Entiendo el rechazo frontal de Eduardo hacia Sofía como una muestra de su aprecio por mí. Se lo agradezco, pero no quiero ser injusto.

—Sofía cree que fui yo el autor del anónimo —explico.

Eduardo me escudriña con la mirada como si estuviera examinando la letra pequeña de un contrato.

—Ya veo —dice—. La gente hace cagadas enormes, pero la culpa siempre es de otros.

—Sí. Del primer tonto que pasa.

—El tema de Julio lo ha llevado un compañero. Si quieres puedo preguntarle qué ha pasado.

—Eso estaría bien. Te lo agradezco.

—Anima esa cara, hombre —dice Eduardo.

A él no le hace falta animarse. Tiene el aspecto rejuvenecido desde que anda en una relación con ese chatbot de IA.

––Debería probar con un ligue virtual, como has hecho tú —digo.

—¿Virtual? —dice Eduardo— Es tan auténtico que lo real parece una mala simulación.

—Bueno, con que dé menos problemas, me conformo.

Eduardo sonríe.

—Eso seguro.