15
Es sábado ya. Paso la tarde en el gimnasio.
Al salir, todavía luce el sol. La primavera ha entrado de golpe, con sus mil colores y su efervescencia contagiosa.
Lo último que me apetece es encerrarme en casa a ver la tele.
Al llegar, me doy una ducha rápida. Miro en el armario la ropa de verano.
En una semana, hemos pasado de un frío invernal al calor.
Me pongo una camisa hawaiana, acorde con mi estado de ánimo optimista, y salgo a la calle para dar un paseo.
En realidad, tengo claro a dónde me dirijo, pero prefiero no pensar en ello hasta que casi he llegado a la altura de la casa de Sofía.
Ya está anocheciendo. Hay luz en la ventana del cuarto de Sofía.
Podría llamar para avisarla de que estoy aquí, pero prefiero darle la sorpresa.
El otro día nos dijimos cosas feas. Sofía se equivocó, pero yo tampoco estuve bien.
Debí ponerme en sus zapatos y entender el momento difícil por el que ella estaba pasando.
Sofía tenía miedo de que la despidieran por el mismo motivo que a Julio.
Aunque decepcionante, no deja de tener su lógica que, al oír lo del anónimo, pensara que yo era su autor.
Pero han pasado los días y ella sigue en la empresa.
Eso debería abrirle los ojos. Ignoro el motivo por el que han despedido a Julio, pero está claro que no ha tenido que ver con que estuviera liado con Sofía, porque, en tal caso, ella habría seguido su camino.
Espero a que el semáforo se ponga verde para los peatones y miro con cuidado a la calzada antes de echar a andar, escarmentado de la última vez, cuando casi me atropellan por cruzar a lo loco.
Tengo vía libre, pero, al dar el primer paso, una mano sobre el hombro me obliga a detenerme y a darme la vuelta.
—Eres un cabrón —dice Julio
Tiene el gesto desencajado bajo el pelo engominado.
Ya no es el tipo guapo que se creía intocable.
Pero si cree que yo tengo algo que ver con su caída, se equivoca.
Imagino que habrá hablado con Sofía, si no ha sido él quien le ha metido la idea en la cabeza.
Lo peor no es eso. Lo peor es que su presencia aquí indica que su relación con Sofía ha sobrevivido a su salida de la empresa.
Dudo que sea otro motivo el que le ha traído hasta aquí.
Aparto la garra de Julio con un manotazo y me encaro con él:
—¿A qué vienen estos modales tan impropios de alguien con tu educación? —digo.
Mi comentario exaspera a Julio. Su mirada de odio es también la de alguien profundamente trastornado:
—Me han echado por tu culpa —dice—. Te advertí que mantuvieras el pico cerrado. Me la has jugado.
—Estás meando fuera del tiesto —digo sosteniendo su mirada retadora con calma—. ¿Por qué iba a querer que te echaran, si me habías prometido ayudarme con el tema del recorte en mi nómina?
—Porque eres como el escorpión de la fábula, que prefiere picar a la rana y ahogarse con ella antes que permitir que los dos se pongan a salvo.
—No sé qué escorpión es ese. Lo que tengo claro es que si quieres saber por qué te han echado, harías mejor en preguntar a tu suegro, que es el director. Pierdes el tiempo conmigo, pero eso creo que ya lo sabes.
La sombra de la duda aparece en la expresión de Julio, que, por un momento, parece que recula.
—Mi suegro se ha negado a comentar el tema conmigo —dice en tono sombrío—. Ni siquiera ha querido hablar con Ana.
—Está claro que le has tocado los cojones. Es lo que tiene ponerle los cuernos a la hija del jefe. Imagino que, aparte de mí, más gente lo sabe.
—Puede ser —dice Julio, y la mirada desquiciada que me dirige no presagia nada bueno—. Pero tú eres el único capullo que anda babeando detrás de Sofía.
—Desconocía que tuvieras tanta imaginación —digo—. Sofía me cae bien. Nada más. Es una compañera de trabajo. Como tú. Yo le deseo lo mejor a todo el mundo. Es una cuestión de karma.
—Yo te caigo mal, no me vengas con gilipolleces — dice Julio, la mirada de loco clavada sobre mí con una fijación nada tranquilizadora—.
Te caigo mal porque soy el típico guaperas que vuelve locas a las chicas.
Me viste con Sofía y eso te ha reventado.
Eres un amargado y lo vas a ser toda tu puta vida.
Estás loco si te crees que una chica como Sofía se va a fijar nunca en alguien tan insignificante como tú.
Compongo mi pose más digna antes de contestarle:
––Como me dijiste tú el otro día, entiendo que estás enfadado y por eso no voy a tener en cuenta ese comentario irrespetuoso que acabas de hacer.
Julio me mira con un odio indisimulado.
—Menudo saco de mierda estás hecho —dice—. Todavía vas a tener los bemoles de decirme que estás aquí porque Sofía te ha invitado y no porque eres tan retorcido que la espías.
—Yo no estoy espiando a nadie —replico, indignado—. Los segundos platos no son para mí. Pasaba por aquí y he pensado que podía dar un toque a Sara para ver si se apunta a tomar una.
Julio suelta una carcajada estentórea que parece más propia de la aludida que de él. Por suerte, la calle está poco transitada y nadie nos presta atención.
—No sé dónde está el chiste —digo, muy serio
—A ti te gusta Sara lo mismo que a mí comer hierba.
—Sara es una chica muy maja. No sé qué tienes contra ella.
—Tienes razón. Sara es una chica muy maja. Por eso no voy a permitir que te acerques a ella. Es tu manera de arrimarte a Sofía, pero eso no va a pasar.
—Sara es mayorcita. No necesita que nadie la proteja. Y si yo quisiera estar con Sofía, ¿cuál es el problema? ¿O te crees que ella es de tu propiedad?
Julio lanza su garra de pronto y me golpea el pecho, cortándome la respiración un momento, más por la sorpresa que por la fuerza del impacto, que ha sido moderada.
Recuerdo que Julio es cinturón negro en taekwondo.
Debo andarme con cuidado. Refreno mis ganas de echarle las manos al cuello e intento liberarme de su zarpa, que ha hecho presa en la pechera de mi camisa.
––Lárgate de aquí —dice Julio, el tono sibilante como el de una serpiente—. Si te vuelvo a ver merodeando por la zona, te reviento el cráneo.
—¿Vas a soltarme o te quieres llevar mi camisa a casa?
No estoy dispuesto a dejar que me amedrente. Yo no soy cinturón negro de taekwondo ni de nada, pero tampoco soy un alfeñique como para dejar que me manejen como a un títere. Además, si no plantas cara a los matones como Julio, lejos de apaciguarlos, eso les da alas.
Julio me suelta.
Aguanto su mirada desafiante sin un pestañeo.
Puedo ver el odio que rebosa en su mueca contraída como si estuviera mordiendo un limón. Si Julio está frustrado, y tiene motivos para ello, que lo pague con otro.
Siento el zambombazo en la cabeza y me caigo redondo antes de comprender lo que ha pasado.
Julio me ha pegado una patada en la sien que me ha hecho perder el sentido un instante.
Me toco la sien, que me arde como un hierro al rojo.
Aunque estoy mareado, me levanto de un salto, impulsado por la rabia.
Mi sentido del ridículo es el que me hace lanzar una rápida mirada hacia la ventana del cuarto de Sofía.
No la veo. Espero que ella no estuviera asomada cuando me ha tumbado Julio con su patada traicionera.
Julio, plantado delante de mí, esquiva el puñetazo que le lanzo a la cara y contraataca con un golpe que me da de lleno en la mandíbula y me devuelve al asfalto.
Esta vez tardo más en levantarme. No sé qué me duele más, si la sien, la mandíbula, o el orgullo.
—Lárgate —dice Julio—. ¿O quieres más?
—Te arrepentirás —digo mientras me froto la mandíbula dolorida.
—Ya me has jodido todo lo que podías joderme. Yo todavía tengo margen para joderte a ti. Podía haberte pegado mucho más fuerte. Esto solo ha sido un aviso.
Le creo.
Miro alrededor. Nadie pasa por la calle en este momento. Todo ha sido tan rápido que ni yo mismo me habría dado cuenta de lo que ha pasado si no es por el dolor que me han dejado los golpes de Julio.
—Más pronto que tarde, te darás cuenta de tu error —digo.
Julio me mira sin inmutarse.
No quiero probar más medicina de sus puños.
Me doy la vuelta y me voy.
Por si me quedaba alguna duda de la equivocación que ha sido venir aquí, donde, en definitiva, nada se me ha perdido, al llegar a la primera esquina me giro una última vez y veo a Julio que ya ha cruzado en dirección al portal de Sofía.
Ella y Sara están asomadas a la ventana.
No puedo ver su expresión a esta distancia, pero sí cómo se meten dentro de la casa con rapidez cuando Julio empieza a tocar el timbre del portal.
Me llegan unas risas excitadas que no sé si son de ellas o si son un efecto secundario de los golpes que me ha dado Julio en la cabeza.
Lo que sí tengo claro es que la puerta que se abre para él es la que se cierra para mí definitivamente.
Me masajeo la mandíbula, que parece que se me hubiera llenado de cantos rodados. Ha sido un duro despertar de mi sueño con Sofía. No me quedan ganas ni de irme a un bar a emborracharme, solo quiero perderme entre las sombras y el silencio que me esperan en casa a la vuelta.