El juego de Afrodita 14
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Pasan un par de días sin que tenga noticias de Sofía.

Me preocupa que la hayan despedido. En tal caso, no tengo duda de que me culpará por ello.

Por supuesto, yo no tengo nada que ver. Si es cierto lo del anónimo, puede haber sido cualquiera.

Julio es un arrogante. Más de uno se la debía tener jurada.

Me inclino a pensar que debe haber sido alguna amante despechada.

Sofía, en cambio, piensa que he sido yo quien ha denunciado a Julio, por celos o por pura mezquindad.

Espero que salga la verdad a la luz y que Sofía comprenda el error que está cometiendo conmigo.

Debería darme igual lo que ella piense, pero, pese a mi decepción con Sofía, no puedo evitar imaginarme un final diferente para los dos.

Veo que ella se me acerca con gesto contrito para disculparse y yo acepto sus disculpas sin una sola palabra de recriminación.

Nos miramos y la complicidad renacida entre los dos llena de calor mi pecho.

Todo vuelve a ser posible para nosotros…

Sé que es algo que no va a suceder, sin embargo, esta certidumbre lo único que hace es alimentar más esta fantasía ridícula.

Bajo a tomar un café a la hora del desayuno y saludo con la mirada a un par de compañeros.

Apenas tengo trato con ellos y tampoco me invitan a sentarme en su mesa.

Prefiero estar solo. Sin embargo, estos días tengo la impresión de que la gente me evita.

Me ha parecido que todos han bajado el tono de voz al verme llegar.

Es como si temieran que vaya a espiar sus conversaciones.

Como si me importara algo lo que puedan decir, de mí o de nadie.

Me da igual que hablen de mí a mis espaldas.

Lo que me molesta es que pueda ser por algo que Sofía les haya contado.

Yo podía haber contado cosas sobre ella, pero he sido discreto.

Espero equivocarme y que ella no esté poniendo a la gente en mi contra.

La gente es capaz de tragarse cualquier embuste siempre que sea para dejar en mal lugar al prójimo.

Me tomo un trago de mi café, sentado solo en una mesa y entreteniéndome con las noticias en el móvil.

Los políticos y los de las compañías eléctricas se echan la culpa mutuamente por el apagón.

Parece dudoso que un día pueda aclararse lo que ha ocurrido.

Seguramente alguien quiso ahorrar donde había que gastar.

Corregirán eso para que no se repita. Al cabo de un tiempo se olvidará lo ocurrido, dejarán de invertir y volveremos a tener otro apagón, tan grave o más que este.

Cuando eso pase, me conformo con no encontrarme otra vez a Sofía y Julio con los pantalones bajados.

Levanto la vista del móvil y echo una mirada rápida alrededor.

Nadie me presta atención ni me señala. Noto el efecto beneficioso del café en mi humor.

Ya no veo amenaza en las caras de los demás ni me parece que estén hablando más bajo para que yo no espíe sus conversaciones.

La gente está normal, soy yo el que anda alterado.

Mi último encuentro con Sofía, en el que ella vertió esas acusaciones infundadas, fue muy desagradable.

Pero lo que pase entre ella y yo es algo que se queda entre nosotros.

Sofía dista de ser perfecta, pero, como he podido comprobar, si tiene algo que reprocharte, lo hace a la cara.

Otra cosa es que esté equivocada y que sea incapaz de reconocerlo.

Estoy apurando mi café cuando veo a Sara, que acaba de llegar.

Ella no me ha visto. Se ha ido directa hacia la máquina de las bebidas.

En circunstancias normales, me marcharía sin decirle nada, pero me acerco a saludarla.

No sé qué le habrá contado Sofía de mí, si es que le ha contado algo.

Son compañeras de piso, pero hay compañeras de piso que ni se ven en toda la semana, y si se ven porque coinciden en el pasillo, no cruzan palabra.

Convivir pone a prueba la solidez de las relaciones.

Lo he visto con amigos y con parejas, que han roto sus vínculos después de compartir techo un tiempo.

Yo vivo solo y no tengo esos problemas, aunque a veces acabo harto de mi sombra y de mi reflejo solitario en el espejo.

De todos modos, Sara lleva poco tiempo en casa de Sofía.

Lo normal es que todavía dure la inercia positiva del cambio.

Imagino que ella y Sofía seguirán compartiendo confidencias.

—Tienes mal aspecto —dice Sara después de saludarnos—. Menudas ojeras.

—Apenas pegué ojo la semana pasada, con el apagón. Me está costando volver a la normalidad.

—¿No será que tienes mala conciencia?

Parece que Sara y Sofía sí que han hablado, y, como era de esperar, no ha sido para extenderse en alabanzas sobre mí. Dudo que Sofía le haya contado a Sara que la sorprendí montándoselo con Julio en el cuarto de servidores, pero para hablar mal de mí no le ha faltado tiempo.

—Tengo la conciencia muy tranquila —afirmo—. No creo que haya muchos aquí que puedan decir eso.

Sara suelta otra de esas carcajadas suyas que son como cañonazos.

—Era una broma —dice Sara—. Deberías ver qué cara se te ha puesto. Ni que te hubiese pisado un callo.

Parece que me he precipitado y que Sofía se ha callado lo que piensa sobre mí, al menos con Sara. Sentiría alivio si no sospechara que el silencio de Sofía se debe, ante todo, a su indiferencia hacia mí. Ni aun creyéndome la peor persona del mundo gasta su saliva metiéndose conmigo.

—Estoy irritable por la falta de sueño —digo—. Disculpa si he sido brusco.

—No te preocupes, Max. Yo soy la primera que me pongo insoportable si no he descansado mis ocho horas todos los días.

—¿Ocho horas? Ya ni me acuerdo de lo que es dormir tanto de un tirón.

—Es lo mejor para la salud —dice Sara–. No deberías dejar que te roben tu tiempo de descanso. Ya sabes cómo son nuestros amados jefes. Te exprimen mientras pueden y, cuando ya no les sirves, si te he visto no me acuerdo.

—Si lo dices por Julio, era él quien exprimía a otros.

Sara menea la cabeza. Tiene una cara bonita, pero su posible encanto se pierde con su peinado de chico y la ropa que gasta, dos tallas más grande de lo que necesita.

—Ya me ha contado Sofía que han echado a su jefe —dice Sara—. ¿Tienes idea de por qué le han echado?

—No. ¿Por qué iba a saber nada? Es Sofía quien trabajaba con él. Supongo que les habrán dicho algo.

Sara niega con un gesto.

—Silencio absoluto —dice—. Ya sabes cómo son en esta empresa. Es como si el tipo nunca hubiese trabajado aquí.

—Julio no es el primero al que despachan así.

—Tú o yo podríamos ser los siguientes —dice Sara—. Aquí nadie está a salvo. A saber qué hizo Julio para que lo echaran así, sin aviso previo ni nada.

—Cualquiera sabe.

Tengo una ligera idea al respecto, pero, si Sofía no ha querido contárselo a Sara, prefiero callarme. No es asunto mío lo que le haya pasado a Julio, por más que Sofía piense lo contrario.

—Sofía está acojonada —dice Sara—. Teme que la puedan echar a ella también. Ya le he dicho que eso son tonterías. Lo que pasa es que es muy impresionable.

Me alegra oír que Sofía sigue trabajando aquí. Aunque la distancia entre nosotros es insalvable, le deseo lo mejor.

Me despido de Sara y vuelvo a mi despacho. Me pregunto si la mejora de mi humor se debe a que Sofía sigue en la empresa. Eso nos brinda la posibilidad de que, en un próximo encuentro, podamos arreglar lo que no puede ser sino un terrible malentendido entre los dos.