13
Recibo un mensaje de Sofía a las diez de la mañana.
Me dice que me espera en la cafetería del museo Reina Sofía.
Es algo que me hubiera ilusionado una semana atrás, pero ahora solo siento inquietud.
Es extraño que Sofía quiera verme fuera de la empresa.
No sé si la han echado como a Julio. Igual no le dejan entrar a por sus cosas a la oficina y quiere que yo se las recoja.
No soy su maldito recadero. Que se busque a otro.
Vuelvo a la tarea, pero me cuesta concentrarme.
A los cinco minutos agarro mi móvil y le doy un ok al mensaje de Sofía.
Ella me espera en la cafetería, sentada junto a una ventana, el reflejo del sol enredado en su larga melena.
Tiene su café sin tocar delante de ella.
Pido otro para acompañarla y, sin necesidad de que Sofía me lo pida, le doy mi sobre de azúcar como es costumbre entre nosotros.
Ella relaja la expresión con el esbozo de una sonrisa que desaparece rápido de sus labios apretados.
—Han echado a Julio —dice.
—Ya me he enterado.
—Parece que las noticias vuelan.
Me encojo de hombros. Noto hostilidad en su tono, pero quizás su enfado es general con el mundo.
Tiene cara de que está siendo una mala mañana para ella.
No me alegro, pero tampoco me apetece gastar saliva con palabras de ánimo.
Tengo clavada como una espina en el culo su mirada entre retadora y despectiva cuando la sorprendí el otro día con Julio.
—¿Por qué me has citado aquí? –pregunto.
—Prefería que pudiéramos hablar sin oídos indiscretos cerca.
Lanzo una rápida mirada alrededor. Hay gente a esta hora en la cafetería, pero ninguna cara conocida. Nadie nos presta atención.
—No creo que sea necesaria esa precaución —digo—. Me parece que lo de Julio te ha puesto paranoica. ¿O temes que tu puesto corra peligro también?
Sofía da un trago rápido a su café. Me mira con el gesto retador y cara de pocos amigos.
—¿Debería estar preocupada por eso?
—Tú sabrás —digo—. Como comprenderás, yo no tengo ni idea de cuáles son los designios de los que mandan en la empresa. Los cabrones me han hecho un recorte en la nómina, como ya sabes. Julio me dijo que iba a intentar arreglarlo, y ya ves lo que ha pasado con Julio.
—¿Qué ha pasado con él? Eso es lo que quiero saber.
—Pues pregunta a quien ha firmado su despido. Si es que no se ha ido él porque quería.
—Julio estaba contento en la empresa. Nunca se habría ido por voluntad propia.
—Parece que tú sabes más que yo del tema.
Sofía asiente. Me mira con el gesto serio. Noto como si la distancia entre los dos se hubiera agigantado hasta situarnos en universos paralelos que hacen imposible ninguna clase de entendimiento.
—Circula un feo rumor por la oficina —dice Sofía.
—¿Qué rumor es ese?
—Dicen que le llegó un anónimo al director denunciando a Julio.
¿Un anónimo? La gente corre para inventarse historias, y siempre con malas intenciones.
—¿Qué ponía en ese supuesto anónimo? —pregunto.
—Acusaban a Julio de follarse a varias de sus empleadas en las mismas oficinas de la empresa —explica Sofía.
—He oído cosas más descabelladas —digo mirándola con toda la intención—. Pero dudo que, por un anónimo sin pruebas, hayan echado a Julio.
Sofía asiente antes de lanzarme una mirada acusadora:
––¿Adjuntaste pruebas en el anónimo?
Siento como si se me acabara de parar el corazón, de lo frío que se me queda el pecho al comprender lo fácil que le ha resultado a Sofía pensar así de mal de mí.
––Eso me duele —digo—. Puedo ser muchas cosas, pero no soy un chivato. ¿De veras piensas eso de mí?
Ella me sigue mirando con un gesto desagradable, que trasluce el desprecio que le inspiro y que demuestra que ya me ha juzgado y condenado. Me ha citado para echarme en cara lo que piensa de mí sin darme siquiera la oportunidad de defenderme.
—No tragabas a Julio —dice Sofía—. Me contó el encontronazo que tuvisteis el otro día.
—Piensa lo que quieras.
—Te has inventado toda esa sarta de mentiras sobre Julio. No sé cómo puedes tener estómago.
—No sé nada de ese anónimo, pero si es como dices, no veo qué mentira se inventa nadie.
—Pensaba que eras alguien en quien se podía confiar.
Sofía se levanta sin terminar su café.
Yo me levanto también.
—Creo que ya me tenías juzgado y condenado antes de escucharme —digo—. Si llego a saber que me citabas para insultarme, me hubiera ahorrado el paseo.
—Te equivocas —dice Sofía—. Tenía la esperanza de estar equivocada, pero la verdad es incluso peor de lo que pensaba. Le has jodido la vida a una persona y no sientes el menor remordimiento.
—Yo no le he jodido la vida a nadie. Si han echado a Julio por lo que dices, él mismo se lo ha buscado.
—Vete a la mierda.
Sofía tuerce el gesto en una mueca de desagrado y se marcha, evitando rozarme al pasar junto a mí.
Me quedo en el sitio un largo minuto preguntándome a qué ha venido esta ridícula comedia por parte de Sofía.
Salgo de la cafetería enfadado con Sofía y con el mundo. Ya estaba sobre aviso con ella, esto no ha hecho más que confirmar que, bajo su bonito envoltorio, es veneno lo que hay. Cómo he podido equivocarme tanto con ella.
Cabizbajo, regreso a la oficina.