El juego de Afrodita 12
18%

12

Es lunes otra vez. La semana pasada ha sido horrible a todos los niveles.

El puente de Mayo se me ha hecho larguísimo.

Gimnasio, cine, museos… Para no comerme el tarro, he llenado mi tiempo de actividades.

Podría haber buscado un ligue rápido, pero eso hace tiempo que dejo de tener sentido para mí.

Ni me he fijado en las mujeres con las que me he ido cruzando estos días.

Me resultan indistinguibles unas de otras.

Son presencias grises dentro de un cuadro que es gris también.

No es un problema de ellas.

Soy yo.

Siento que la rutina de los días me ahoga.

He perdido la ilusión que tenía de joven cuando me despertaba cada mañana.

Pensaba que Sofía era la medicina que necesitaba, pero ella, lógicamente, es una persona de carne y hueso con sus propias necesidades, entre las que no está ser la medicina de nadie.

Llamo a Julio cuando llego a la oficina.

Quiero recordarle su promesa de hablar con los jefes para que den marcha atrás con el recorte de mi nómina.

Estoy a gusto en la empresa, pero estoy trescientos euros menos a gusto que hace una semana.

Lo he estado pensando estos días. Si no hay una rectificación, se acabaron las horas extra y las guardias.

Y si tienen problema con eso, que me echen.

De hecho, ya he estado mirando ofertas de trabajo este fin de semana y, con mi perfil y experiencia, sé que voy a encontrar rápido otra cosa.

Quizás es lo que necesito, un cambio de aires y nuevas caras alrededor.

La secretaria de Julio es quien me contesta al teléfono.

—Pásame con Julio —digo— Soy Max Luna.

—No puedo pasarte con él.

Maldita arpía.

—Él está esperando mi llamada —digo, haciendo un esfuerzo por mostrarme razonable.

—Te digo que no puedo pasarte con Julio —dice la secretaria.

En otro momento, la mandaría a la mierda, pero hay una angustia soterrada en su tono que me enciende una alarma.

—¿Está Julio ahí? —pregunto.

—No.

—¿Se va a pasar por el despacho esta mañana?

—Julio ya no trabaja aquí.

—¿Cómo que no trabaja aquí? —Me cuesta dar crédito a lo que oigo. ¿Se habrá ido él o le han echado?—. Pero ¿qué ha pasado?

—No sé qué ha ocurrido —dice la secretaria—. Ha venido el director a primera hora y nos ha dicho que Julio ya no iba a trabajar con nosotros y que pronto van a nombrar un sustituto.

Me viene a la cabeza la última vez que he visto a Julio, delante del garaje al salir del trabajo el otro día.

Me dijo que se iba a la costa con su familia a pasar el puente.

¿Se habrá enterado el director, que es su suegro, de las visitas de Julio al cuarto de servidores con Sofía y, seguramente, con otras empleadas antes de ella?

Eso podría haberle costado el puesto. Y a Sofía. ¿La habrán echado también?

—Julio no me dijo nada de que estuviera pensando en cambiar de aires –digo–. Al contrario, me aseguró que iba a hacer las gestiones que le pedí esta misma semana. Llamaba para recordárselo.

—Pues está claro que eso ya no es posible.

—¿Julio te había comentado algo de que iba a dejar la empresa?

—Nada. Si lo tenía pensado, ha sabido guardar muy bien el secreto. ¿Quieres que te pase con otra persona, a ver si te pueden echar una mano?

—¿Está Sofía por ahí?

—No.

—¿El director ha dicho algo de ella también? —pregunto.

—¿Por qué iba a decir nada de Sofía?

—Tienes razón. Es que ya no sé qué pensar. Aquí la gente desaparece en cuanto te descuidas.

—Llevamos una racha curiosa.

—Una racha que asusta.

—¿Quieres que le diga algo a Sofía de tu parte?

Lo último que me apetece es hablar con Sofía de Julio y de su promesa incumplida con mi reclamación por el recorte en mi nómina.

Sofía podría pensar cosas raras, como que estaba chantajeando a Julio a cambio de callarme lo que vi en el cuarto de los servidores.

Puede que el propio Julio creyera eso. Me da igual lo que Julio piense.

Pero no quiero que Sofía tenga ninguna excusa para pensar de mí cosas que no son.

—No hace falta que le digas nada a Sofía, gracias. Si acaso, la llamo más tarde. Siento lo de Julio.

—Tampoco es para sentirlo. Entre nosotros, no es que vayamos a echarle mucho de menos por aquí. A ver quién le sustituye.

Me despido y cuelgo. Aunque no tragaba a Julio, me cuesta asimilar su repentina marcha.

Otro más que desaparece de la noche a la mañana.

No quiero pensar cosas raras, pero la forma en que despachan aquí a la gente no es normal.

En cuanto dejan de trabajar para la empresa es como si nunca hubieran existido.

Pasado el primer momento, ya nadie se acuerda de los que no están.

Si sacas su nombre en alguna conversación, la respuesta es el silencio o cambiar de tema.

Y cuando, por algún azar, alguien comenta algo, es peor, porque suele ser para compartir algún rumor terrible que circula sobre esa persona.

Tengo la certeza de que si vuelvo a escuchar algo sobre Julio no será nada bueno.

Imagino que pasará lo mismo conmigo si algún día me voy.

Los que se queden dirán cualquier burrada sobre mí, si es que alguien se acuerda de mí.

Quizás Eduardo sí me eche de menos, pero dudo que lo comparta con nadie.

Con el resto, la verdad es que procuro mantener las distancias.

Estamos aquí para hacer nuestro trabajo, no para cultivar las relaciones personales.

Eso pasa en todas las empresas, pero es como si en Omega nos hubieran seleccionado con un perfil particularmente adecuado para mantenernos cada uno en nuestra burbuja, indiferentes a los problemas de los demás.

Debería tomármelo con más calma. Me paso casi todo el tiempo aquí y, cuando estoy en casa, muchas veces sigo con la tarea en remoto. Me falta tiempo para hacer mis cosas. Aunque, viendo lo bien que me lo he pasado en este puente, tampoco parece que me esté perdiendo mucho.

Lanzo un largo suspiro y me pongo a trabajar. Al cabo de unos minutos, como suele pasarme, estoy ya concentrado en la tarea y las malas sensaciones que tengo por darle demasiadas vueltas a las cosas en la cabeza huyen como vampiros ante la vista del sol.