El juego de Afrodita 11
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Son las ocho cuando doy por concluida la jornada de trabajo. A esta hora ya se me cierran los ojos. Necesito ir a casa a dormir. El Caballero Oscuro me mira con gesto de aprobación desde el cartel que tengo colgado frente a mi mesa.

Saludo a Manuel, el encargado del control de la entrada, cuando paso a su lado. Manuel es otro que se pasa la vida aquí dentro.

—¿Han devuelto ya la copia del cuarto de los servidores? —pregunto.

—No lo sé. Con todo el jaleo del apagón… Espera, que lo miro.

Manuel se vuelve hacia la caja de las llaves y lo comprueba.

—No está.

—Preguntaré por ahí, a ver si aparece.

Salgo a la calle. Falta un rato para que anochezca. Dejo que mis sentidos se empapen por un momento de la caricia de esta última luz del día. Hace fresco, pero empieza a notarse que estamos en primavera.

—¡Max!

Me giro.

Es Julio quien me llama.

Se acerca a mí con una expresión amistosa muy diferente a su gesto de fastidio cuando interrumpí su numerito gimnástico con Sofía la aciaga mañana del apagón. Han pasado dos días, pero la imagen de ellos dos todavía me quema en la retina.

—Salgo ahora también —dice Julio–. ¿Quieres que te acerque a algún sitio?

Estamos junto a la puerta del garaje.

Julio vuelve a ser el mismo hipócrita de siempre, con su aire arrogante y esa sonrisa de perdonavidas que gasta.

—No, voy al metro. Oye, ¿qué pasa con la llave del cuarto de los servidores? Te dije que la devolvieras a su sitio.

—Creo que te confundes. No sé de qué me estás hablando.

Julio me mira sorprendido. Otro con vocación de actor.

—Tú devuelve esa llave y, sobre el resto, mejor pasemos página —digo.

Él pone cara como si le estuviera pisando un callo. Su tono, sin embargo, es conciliador:

—Me parece que necesitas descansar. Estás diciendo cosas sin sentido.

—Necesito descansar porque llevo cuarenta y ocho horas al pie del cañón. Y todo ese esfuerzo, ¿para qué? Para luego encontrarme con que me recortáis la nómina por no sé qué ajustes presupuestarios mientras los de arriba os dobláis el sueldo.

—Entiendo tu enfado —dice Julio—. Ya te he dicho que yo soy un mandado más. Pero hablaré con los de arriba, como dices tú, a ver si consigo sacarles algo.

—Espero noticias.

—Sé discreto, de todas maneras. No puedo prometer nada, solo que voy a intentarlo.

Supongo que Julio se refiere a que sea discreto sobre su uso del cuarto de servidores como su picadero particular. La empresa tiene un estricto código de conducta que nos prohíbe a los empleados tener relaciones de carácter íntimo entre nosotros.

—Mi boca está sellada, no te preocupes —digo—. A ver qué puedes hacer.

—¿Te vas a alguna parte este puente?

Ni me acordaba de que mañana es el Primero de Mayo.

—Estoy de guardia.

Me hubiera gustado tener otro plan para este largo fin de semana, pero eso saltó por los aires gracias a Julio.

Sé que él no tiene la culpa de que yo fantaseara con que Sofía sentía algo por mí, pero si Julio estuviera pendiente de lo que debe, como velar por los intereses de los que trabajamos en la empresa, no habría tenido tiempo ni ocasión de seducir a Sofía.

—Yo me voy a la costa con Ana y las niñas —dice Julio—. Parece que ya viene el buen tiempo.

Cambiamos una fría despedida. Julio se mete en el garaje y yo sigo mi camino hacia el metro.

Noto cómo me pesan los párpados. Me parece que me voy a meter directo en la cama cuando llegue, sin cenar siquiera.

Me sumo a la marea de gente que entra en el metro a esta hora, soy uno más en este desfile de zombis.