10
De vuelta a las oficinas, veo a Sofía, que está esperando el ascensor.
Noto una punzada en el pecho. Es la primera vez que la veo después de que la sorprendiera con Julio en el cuarto de servidores.
He intentado extirpar de mí todo sentimiento hacia ella, pero la herida está reciente todavía.
Por un momento, estoy tentado de pasar de largo sin saludar y subir por las escaleras, cosa que hago a menudo, pero hoy estoy demasiado cansado.
Sofía sonríe al darse cuenta de mi presencia.
—Hola —dice Sofía. Su gesto es de total normalidad. Tiene un aspecto risueño y descansado, que contrasta con el mío de muerto viviente. Sus ojos pardos, bajo el perfecto delineado de sus cejas, brillan con una fuerza que casi me marea.
—Hola —respondo en un tono más amable de lo que me hubiera gustado.
—Vaya movida, ¿eh?
¿Así es como llama a darse el lote con Julio en horas de oficina? Por si acaso, pregunto:
—¿Qué movida?
—¿Cuál va a ser? El apagón.
Ya me extrañaba que fuera a abordar el tema directamente.
—Sí —digo—. Paradójicamente, el apagón me ha iluminado una parte de ti que desconocía.
—¿Y cómo es eso?
Ella me mira con aire inocente. Su desconcierto parece genuino. Es una gran actriz.
—Nada. Cosas mías. Ya sabes cómo somos los informáticos.
Sofía sonríe.
—No tengo idea. ¿Cómo sois los informáticos?
—Nos enteramos de todo, pero somos muy discretos.
—Supongo que tú te entiendes.
—Sí. Yo me entiendo. ¿Devolvisteis la llave?
—¿Qué llave?
—La del cuarto de servidores. Solo hay dos copias, que tienen que estar en permanente custodia. Ese cuarto es un punto crítico de nuestras instalaciones.
Sofía asiente, aunque me está mirando como si la hablara en chino.
—Creo que me confundes con otra persona —dice Sofía—. Primera noticia que tengo de esa llave. Ni siquiera sabía de la existencia de un cuarto de servidores aquí.
Su gesto está serio. Su voz ha sonado con un punto de irritación incluso. Debe pensar que soy un idiota si cree que me voy a tragar esta pantomima. Pero tampoco quiero discutir. Sería darle más importancia de la que tiene. Sofía ya no es nadie para mí.
—Me habré confundido —digo—. ¿Qué tal Julio?
—¿Te refieres a mi jefe? Ya me ha contado el recorte que te han hecho en la nómina. Así andamos todos.
—Ya —digo—. Dale saludos a Julio de mi parte.
Llega más gente, que sube con nosotros en el ascensor.
Sofía y yo no volvemos a cruzar palabra.
Me despido de ella con una fría inclinación de cabeza.
En el último instante, ella tuerce la boca y me dedica una mirada burlona que me recuerda al gesto descarado que ya le vi cuando estaba con Julio en el cuarto de servidores.
Ha sido mala suerte cruzarse con Sofía. Estos días he bajado a tomar el café en horas desacostumbradas para no coincidir con ella. Ha tenido el descaro de mentirme a la cara. Es mejor estar lo más lejos posible de personas así.