El juego de Afrodita 9
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He dormido dos ratos sueltos en las últimas cuarenta y ocho horas.

El apagón duró todo el día al final. Parecía un adelanto del Apocalipsis.

He tenido que echar un montón de horas extra.

Bajo al bar de la esquina como todos los miércoles.

Estoy tan cansado que me siento como si fuera un cadáver andante.

Me suenan las tripas solo de pensar en ese cocido de la abuela que me está esperando.

Es justo lo que necesito para resucitar.

Saludo a Eduardo cuando entro en el bar, que está lleno como es costumbre. Eduardo me ha guardado un sitio en su mesa.

—Me alegra que hayas podido escapar —dice Eduardo—. Tienes unas ojeras que asustan.

—Me tengo que ir enseguida. Estamos hasta arriba de trabajo. Pero, por lo menos, voy a darle una alegría al cuerpo.

—Decían que un apagón así era imposible en España.

—Lo que es imposible es encontrar a gente más incompetente en ciertos puestos clave.

El cocido llega rápido. Ya solo con olerlo me levanta el ánimo, que anda tan bajo como mi energía.

Por suerte, he estado demasiado ocupado estos días como para dedicarle un segundo de mi pensamiento a Sofía.

Tenía puestas unas expectativas en ella que en absoluto corresponden con la realidad.

He sido un idiota. Pensaba que Sofía era especial.

Error mío, ella no tiene la culpa de nada.

Sin embargo, no puedo evitar ese rumor de fondo en mi cabeza que la señala acusadoramente.

Estoy decepcionado y molesto con ella, pero eso es algo que ya carece de importancia.

Eduardo, en cambio, está de un humor excelente.

Caigo en la cuenta de que, con el apagón, ha tenido que estar un día o dos sin chatear con esa IA amorosa de la que se ha quedado prendado.

Ha debido ser emocionante el reencuentro.

Como si el príncipe del cuento le diera el beso a la princesa para revivirla, solo que en este caso ha sido con un clic del ratón o con un golpe del dedo en la pantalla.

Tengo curiosidad por saber de ese chatbot milagroso.

Puede que Eduardo se enfade si le pregunto directamente. Después de todo, no es asunto mío.

Tonterías.

—¿Por qué no me dijiste el otro día que tu ligue es un chatbot de IA? —pregunto.

Eduardo está mojando un trozo de pan en el sustancioso caldo del cocido. Su mano se detiene. Me mira con recelo, el gesto a la defensiva:

—¿Quién te ha dicho eso?

—Sara. Tú se lo contaste.

—Qué bocazas es Sara. —Eduardo termina de mojar el pan y se llena la boca con él.

—Ella lo ve como algo normal y yo también —digo—. Estamos en la era de la inteligencia artificial. Tenemos que abrir nuestra mente a las nuevas posibilidades que nos ofrece la tecnología. También en el campo amoroso.

Eduardo me sigue mirando con desconfianza.

—¿Lo dices en serio o te estás queriendo quedar conmigo? —pregunta.

—Lo digo en serio. Te envidio esa apertura de cabeza para experimentar. Yo soy muy convencional. Estoy chapado a la antigua para esto de las relaciones de pareja.

––Yo también pensaba así. Hasta que lo pruebas. Luego lo último que te apetece es volver a lo de siempre.

—¿Tan bueno es?

—Hasta el sexo es mejor.

Le miro escéptico.

—Puedo entender que el trato con esa IA sea satisfactorio en muchos aspectos, pero ya hasta ese punto que dices me parece una exageración —digo—. Creo que eres tú el que se está queriendo quedar conmigo.

—Pruébalo y me cuentas —dice Eduardo—. Si quieres te paso el enlace

—No. Ya te he dicho que es un rollo que no va conmigo.

Eduardo asiente y no insiste. Se llena la boca con otro bocado. Al terminar de tragar, me pregunta:

—¿Qué tal con Sofía?

Doy un suspiro antes de contestar. Podría pasar de puntillas por el tema, pero la falta de sueño me vuelve más torpe comunicativamente y hace que las palabras me salgan sin filtro:

—Me la encontré follando con Julio en el cuarto de los servidores la mañana del apagón.

Eduardo me mira sorprendido.

—Eso sí que no me lo esperaba —dice—. ¿Te refieres a Julio, el de Recursos Humanos?

—Ese impresentable, sí.

—¿Qué tendrá el tío que no hay una que se le resista? —dice Eduardo.

—Ni lo sé ni se lo pienso preguntar a Sofía.

—Lo siento. Tuviste que pasarlo mal en el momento. ¿Les dijiste algo?

—Casi me echan la bronca por interrumpir —digo—. Para ponerme a charlar.

Eduardo menea la cabeza con desagrado y me dedica una mirada solidaria.

—Mejor que estas cosas pasen antes de que se haya entrado en mayores intimidades —dice–. Luego es mucho peor.

—Tengo la sensación espantosa de haber hecho el ridículo.

—Te entiendo —dice Eduardo con el gesto resignado—. Como para echar de menos ese circo. Te haces ilusiones y luego… No le des más vueltas. Olvídate de Sofía. Ya te dije que sois como la noche y el día. Seguro que encuentras a alguien que encaje mejor con lo que buscas.

—Tienes razón. Es solo que llevaba tiempo sin que ninguna mujer me gustara como Sofía.

—Te entiendo. Dale caña a eso, que se te va a enfriar y no está igual de rico.

Hago caso a Eduardo y me concentro en mi plato de cocido.

Me ha sentado bien desahogarme. Confío en la discreción de Eduardo.

No me gustaría que le fuera con el cuento a Sara.

Bastante ridículo me siento ya como para tener que soportar las carcajadas de Sara si se entera de que andaba enamoriscado de Sofía.