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Acabo de rechazar un ataque del Equipo Rojo cuando se va la luz en la oficina.
El Equipo Rojo es el encargado de encontrar vulnerabilidades en el sistema.
Yo me encargo de su defensa. Dirijo el Equipo Azul.
Este apagón no parece cosa nuestra. Esperemos que dure poco.
En principio, no hay que preocuparse. Las estaciones de trabajo siguen funcionando.
Tenemos un grupo electrógeno autónomo preparado para responder en casos de emergencia como este.
Me preocupa la refrigeración del cuarto de servidores. La llave la tiene el encargado del control de seguridad, en la planta baja del edificio. El cuarto de servidores está en el sótano, así que me pilla de camino.
Aunque los ascensores funcionan, prefiero bajar por las escaleras.
Me viene a la cabeza cuando, de niño, me quedé encerrado con mi madre en el ascensor.
Estuvimos una hora hasta que nos pudieron sacar.
Mi madre intentó tranquilizarme, pero yo pensaba que el ascensor iba a caerse antes de que pudieran rescatarnos. Las pesadillas me duraron meses.
Siento una punzada de dolor al acordarme de mi madre.
Me ocurre siempre que pienso en ella y mi padre.
Los echo mucho de menos. Se mataron en un accidente de coche hace seis años.
Un coche los embistió de frente durante un adelantamiento por el carril contrario.
Su conductor murió también. Mis padres volvían del piso de la playa.
Pasaban todos los veranos en Benalmádena.
Los dos estaban a punto de jubilarse. Tenían pensado mudarse a vivir allí.
Llevaban trabajando toda la vida. No pudieron cumplir su sueño.
Yo vendí el piso de la playa para librarme de la hipoteca de mi casa.
Vendí también mi coche. Le he tomado aversión a conducir. Por Benalmádena tampoco he vuelto.
Llego a la planta baja, a la altura del puesto de control.
Hay un gran ventanal al lado por el que entra la luz.
Saludo a Manuel, el encargado de seguridad, que parece tranquilo a pesar del revuelo que hay montado ahora mismo en todas partes.
Manuel tiene sesenta años. Tenía un quiosco en Chamberí.
Tuvo que echar el cierre por falta de clientela.
Ya nadie lee el periódico en papel. Manuel tiene más barriga que músculos.
Viste el uniforme de su empresa, que le queda pequeño, lo que le daría un aspecto cómico si no fuera por la pistola que lleva colgada en el costado de su cinturón.
—Hay un apagón —dice.
—¿Se sabe algo de cuánto va a durar o de cuál es el origen?
Manuel se encoge de hombros.
—Acabo de hablar con el jefe —dice—. No se sabe nada, de momento. Llamará en cuanto haya noticias.
—Si siguen operativas las líneas de teléfono.
Llevamos ya quince minutos de apagón. Esto empieza a parecer una cosa seria.
—Ni se me había ocurrido que eso pudiera pasar —dice Manuel, frunciendo el ceño—. Espero que te equivoques, porque si es así, se puede montar un buen jaleo.
—Dame la llave del cuarto de servidores. Tengo que ir a ver cómo está aquello.
Manuel asiente. Se gira y abre la caja de las llaves que está colgada de la pared. Mira las etiquetas y saca una llave, que me tiende.
—Qué raro —dice—. Falta una copia. ¿La tienes tú también?
—No. Mira bien. Tiene que estar ahí. Igual te confundiste al guardarla.
—Bueno, cuando me la traigas de vuelta, lo compruebo.
—¿Tienes una linterna?
Manuel abre un cajón y, tras un momento de duda, saca una linterna.
—Te la dejo, pero devuélvemela ahora. Tiene pinta de que voy a necesitarla.
—Tardo cinco minutos.
Camino de regreso a las escaleras y bajo al sótano, aguzando la vista para poder distinguir bien los escalones, apenas iluminados en este tramo por las luces de emergencia.
Avanzo por el pasillo en penumbra. Es la segunda puerta a la derecha.
Busco el ojo de la cerradura a tientas y giro la llave, que se atasca.
Repito el movimiento un par de veces, hasta que cede la cerradura.
Tengo que avisar para que la revisen o alguien se va a quedar encerrado aquí cualquier día. Por si acaso, dejo la puerta abierta.
Las luces de emergencia funcionan y permiten ver bajo su tenue haz el estado de las instalaciones.
Paso revista a los armarios de los servidores, colocados en hileras enfrentadas.
Compruebo con alivio que la refrigeración funciona con normalidad.
Me acerco a la consola, que está al fondo de la sala, y chequeo el sistema. De momento, no hay de qué preocuparse.
Estoy ya dando un paso para marcharme cuando oigo un fuerte ruido que viene del cuarto de almacenaje, situado en una sala anexa.
Enciendo la linterna y me acerco a mirar.
Espero que no sea una rata. Sus colmillos serían la peor pareja de baile para el cableado de los servidores.
Por eso los desratizadores pasan periódicamente por las instalaciones.
Empujo la puerta del cuarto de almacenaje y enfoco el haz de la linterna en la dirección en la que he escuchado el ruido, intentando sorprender al roedor. Debe tratarse de una rata bien grande a juzgar por el escándalo que ha hecho.
Lo que veo me deja estupefacto.
Se trata de algo mucho peor que una rata gigante.
Sofía está a cuatro patas en el suelo y Julio está arrodillado detrás de ella, los dos desnudos de cintura para abajo.
Es evidente lo que están haciendo, que yo he venido a interrumpir con mi inoportuna aparición.
Me miran con gesto de fastidio, como si fuera yo el que está haciendo algo indebido en sus horas de trabajo.
Cierro los ojos y vuelvo a abrirlos. Mis sentidos me tienen que estar jugando una mala pasada, pero no, ahí están los dos en la misma postura, ella a cuatro patas y él detrás.
Me miran con cara de reproche, molestos con esta inoportuna interrupción.
En Julio lo puedo entender, pero en Sofía…
Se supone que somos amigos, que nos llevamos bien.
Me está mirando como si fuera un completo desconocido para ella.
—¿Quieres apartar esa jodida linterna y largarte ya de una puta vez? —dice Julio.
Me clava su mirada, que está desquiciada como la de un loco. Yo estoy todavía demasiado aturdido como para reaccionar.
—Parece que te quisieras unir a la fiesta —dice Sofía, y me hace un guiño que está lejos de encontrar mi complicidad.
—Hay un apagón —digo––. Cuando terminéis, dejad la llave en el control de seguridad.
Me marcho sin esperar respuesta. Cierro con llave al salir. Eso es lo que indica el protocolo.
Ellos pueden salir cuando quieran, tienen la otra llave.
Por mi parte, no he visto nada.
Todos somos mayorcitos ya.
Pero no es tan sencillo.
Tengo clavada en la cabeza la visión de Sofía a cuatro patas y Julio detrás, los dos mirándome retadores.
Manuel mueve la cabeza en un gesto de sorpresa cuando me ve de vuelta.
—Vaya cara que traes. Parece que hubieras visto un fantasma.
—Todo está bien. Ahora vienen a devolver la otra llave que falta.