7
Bajo a tomarme un café a las diez. A esta hora es cuando suelo encontrarme con Sofía. Miro decepcionado las mesas alrededor. Hay alguna cara conocida, pero Sofía no está aquí.
—¡Max!
Sara me hace una seña.
No me entusiasma su compañía, pero tampoco quiero hacerle un feo. Me interesa llevarme bien con ella, ahora que es la compañera de piso de Sofía.
Me sirvo un café de la máquina y me acerco a la mesa donde está Sara. Ella está tomando un chocolate de taza con un bollo.
¿Le habrá dicho Sofía que acostumbro a venir por aquí a esta hora?
Ahora que son compañeras de piso deben compartir confidencias.
Puede que Sara le haya contado que le gusto, y Sofía haya querido hacer de celestina.
Sería decepcionante, aparte de que eso demostraría que Sofía no se ha parado a pensar un minuto en mí.
El único atractivo que tiene Sara para mí es que ahora vive con ella.
—¿Cómo te va? —pregunto—. ¿Has terminado ya con la mudanza?
Sara resopla.
—Todavía tengo un montón de cajas sin abrir. Sofía está siendo comprensiva, pero tampoco quiero poner a prueba su paciencia. Entre hoy y mañana espero tener todo despejado. Pensaba haberlo hecho el fin de semana, pero ya sabes lo que pasa. Te lías con los amigos y, al final, no te da tiempo a nada.
—Sofía tiene pinta de ser una buena compañera de piso.
—Sí. La verdad es que cuando nos enrollamos, no pensaba que acabaríamos viviendo juntas.
La miro sorprendido. Aunque Sara luce una estética lésbica, creía que le gustaban los hombres.
Recuerdo perfectamente, y no sin incomodidad, cómo ella me tiro los tejos en la cena de Navidad de la empresa.
Pero lo más sorprendente e impactante, por supuesto, es que Sofía sea lesbiana también.
Siento como si el suelo se estuviera abriendo bajo mis pies.
¿Cómo puedo haber estado tan ciego todo este tiempo?
La risotada de Sara me saca de mi ensimismamiento.
—Deberías ver qué cara se te ha quedado —dice Sara—. Es broma, hombre. A las dos nos van los tíos. Pero pensaba que eso ya lo sabías.
Ignoro la mirada de complicidad que me lanza.
—Bueno, tampoco sería tan raro, ¿no? –digo.
—¿Sofía y yo? —Sara vuelve a reírse—. Todo pudiera ser… en un universo paralelo. Mira a tu amigo.
—¿A quién te refieres?
—A Eduardo.
—¿Qué pasa con él?
—Ese sí que vive en un universo paralelo —dice Sara—. Se ha quedado colgado con una novia virtual. Eso es competencia desleal, ¿no?
—¿Una novia virtual?
Miro a Sara sorprendido una vez más, intentando dilucidar si se está queriendo quedar conmigo de nuevo.
—Sí, es un chat de esos creados con inteligencia artificial —dice Sara—. Los hombres sois muy elementales. Buscáis a alguien que os diga que sois los más guapos y los más listos, como hacen estos chats para manipularte y que les sigas entregando información para que sus dueños se forren a tu costa.
—Me cuesta creer que Eduardo pueda verle el menor atractivo a eso —digo—. ¿Y cómo te has enterado? ¿Te lo ha contado él? No sabía que tuvierais ese grado de confianza.
—Hay muchas cosas que no sabes sobre mí —dice Sara—. Eduardo y yo fuimos al mismo instituto. Teníamos la misma pandilla. Nos enrollamos una vez incluso, pero en cuanto se nos pasó la borrachera nos reímos de aquella metedura de pata. Eduardo y yo somos como la noche y el día.
—La gente no deja de sorprenderme —digo—. Eduardo me contó el otro día que estaba en una relación, pero ni se me pasó por la cabeza que fuera esta clase de relación. Tampoco veo que haya nada malo en ello.
—No, claro. Si él es feliz así. Pero no sé si eso puede ser bueno para la cabeza. Igual le crea una psicosis y cae en una paranoia disociativa o algo parecido e igualmente terrible.
—Eduardo es abogado. Está ya curado de espanto.
Sara suelta otra de sus risotadas.
—A veces se me olvida que tú también tienes tu sentido del humor, Max. Como siempre se te ve tan serio.
—Me cuesta desconectar del trabajo.
—Te entiendo —dice Sara—. ¿Tú lo harías?
—¿El qué?
—Chatear con una de esas IA en plan íntimo.
—¿Esa es la idea que tienes de mí?
Me pregunto si habrá conversado con Sofía sobre mí y si me habrán metido en el mismo saco que a Eduardo.
Aunque Sara parece maja, tampoco me extrañaría que le haya contado a Sofía lo de la cena de Navidad, y que, para darse importancia, le haya dicho que fui yo el que le saltó al cuello y no al revés, como ocurrió realmente.
—Me alegra que pases de esos rollos —dice Sara—. ¿Por qué conformarse con un sucedáneo cuando puedes tener el original?
Esto se está poniendo peligroso. Sara me está mirando con la misma expresión de gula con la que miraba el bollo que se acaba de zampar. Recurro a una estrategia infalible para rebajar la libido a una mujer: hablarle de otra mujer.
—¿Qué tal es Sofía en el día a día? Hay gente que es muy sociable, pero que luego son insoportables en la intimidad.
Sara me mira con un poso de decepción en el gesto. Se había inclinado hacia mí. Vuelve a recostarse en su silla y, tras unos segundos, recupera la sonrisa.
—Sofía tiene sus manías —dice Sara—. Ayer me echó una bronca por dejar la pasta de dientes sin tapar. Parecía mi madre.
—La convivencia es difícil.
—Sí. Al final, vamos a envidiar a Eduardo. Seguro que él no discute con ese chat. Y si se cansa de su amorcito virtual, lo desconecta y a otra cosa.
—Tiene sus ventajas, no cabe duda.
Termino mi café y me despido de Sara.
Mientras regreso a mi despacho pienso en Eduardo, espantando a todas las mujeres que se le ponían a tiro con su halitosis. Pienso en su calva incipiente, en su barriga cada vez más abultada.
Debía sentirse muy solo.
Aunque me extraña su comportamiento, lo que me resulta más raro es que, en el fondo, puedo entenderle.