El juego de Afrodita 6
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Me gustan los lunes. Los fines de semana se me hacen largos. Además, hoy ha salido el sol, que llevaba días sin dar noticias. Sin embargo, llevo un rato de mal humor. Me han ingresado la nómina esta mañana y me han pagado trescientos euros menos de lo que me corresponde.

Lo primero que hago al llegar a la oficina es acercarme al departamento de Recursos Humanos.

Podría solucionar esto por teléfono, pero prefiero tratarlo en persona y que me lo arreglen en el momento.

La posibilidad de coincidir con Sofía también pesa en mi ánimo, aunque no la veo cuando paso el control de huella dactilar y me planto en el área de Recursos Humanos.

Avanzo hasta la mesa de la secretaria de Julio, al fondo de la oficina, que está llena de gente con cara de haber dormido poco el fin de semana.

La secretaria de Julio no es una excepción.

La conozco de otras veces. Es una mujer delgada que se sienta muy tiesa y que tiene la expresión avinagrada.

El director, que es el suegro de Julio, debe haberla elegido para mantener a raya los instintos libidinosos de su yerno, que tiene fama de mujeriego.

Le digo a la secretaria que quiero ver a Julio.

Ella comunica con el interfono y me anuncia sin entusiasmo.

—Dile que estoy en una reunión y que no puedo atenderle ahora —dice Julio.

—Te está escuchando —dice la secretaria—. Se me ha olvidado quitar el manos libres.

—Empezamos a tope la semana, ¿eh? —dice Julio—. Dile que pase.

Julio me recibe en su despacho con una sonrisa forzada mientras me indica la silla frente a él al otro lado de la mesa.

Su despacho es el triple de grande que el mío.

Su mesa, sobre la que están su portátil y varias carpetas desordenadas, también es enorme.

Está fabricada con madera de nogal, que luce elegante.

Nada que ver con la madera artificial de la mía, tan funcional como vulgar.

Miro la foto, colgada en una pared, de Julio posando junto a su mujer y sus dos hijas sobre la cubierta de un yate.

Aquí hay gente que se da la vida padre mientras otros nos dejamos la piel y encima tenemos problemas con el cobro de nuestra nómina.

—Se me ha olvidado comentarles a los de Prevención lo de tu silla —dice Julio—. Pero imagino que estás aquí por otro motivo.

—Hay un error en mi nómina de este mes —digo mientras le tiendo mi móvil para que vea el ingreso que me han hecho en el banco—. Faltan trescientos euros.

Julio mira la pantalla de mi móvil y asiente.

—Espera un momento, voy a mirarlo.

Teclea en su ordenador con gesto concentrado.

—Ya veo —dice.

Vuelve a mirarme. Tiene la expresión seria de un médico que tiene malas noticias para el paciente.

—La nómina está bien —dice—. Ha habido un ajuste presupuestario. Ya sabes que con la introducción de la IA la facturación está bajando mientras que los costos suben.

—¿De qué demonios me estás hablando?

—Tu sueldo sigue siendo el mismo, pero te han recortado el plus de productividad, por eso ahora cobras menos.

—Pero ¿qué broma es esta? Sigo haciendo el mismo trabajo. Mi productividad, si acaso, habrá aumentado.

Julio se encoge de hombros. Luego se pasa la mano por el pelo engominado con cautela, como para comprobar que el peinado no se le ha echado a perder con esta desagradable conversación.

—Te entiendo —dice el muy hipócrita—. Pero es la política de la empresa. Si tienes alguna queja, háblalo con el director. Esto queda fuera de mis competencias.

—El director es tu suegro. Seguro que a ti no te han recortado la nómina, si es que no cobras más ahora.

Julio endurece el gesto.

—Eso no es asunto tuyo, Max. Te repito que si tienes un problema con este recorte del plus de productividad puedes ir a ver al director y exponerle tu caso.

Aunque te advierto que no soplan vientos favorables para esta clase de reclamaciones.

Todos los días nos están llegando los currículums de perfiles especializados como el tuyo.

Son gente más joven y que están dispuestos a trabajar con nosotros por un sueldo sensiblemente inferior al que tú cobras.

—¿Me estás amenazando?

Le reto con la mirada. No pienso achantarme.

Sé lo que vale mi trabajo, pero tampoco he nacido ayer.

Si lo que quieren es tocarme las narices para que me vaya de la empresa y contratar a alguien que les salga más barato, que me echen y que me paguen lo que me deben.

No pienso renunciar a un céntimo. Llevo dos años dejándome la piel aquí como para dejarme pisotear ahora por estos parásitos de oficina.

—Valoramos tu experiencia y sabemos que eres el mejor —dice Julio, con el gesto contemporizador—. Lamentaríamos perderte, pero entiendo que, si no estás contento, tienes todo el derecho para obrar en consecuencia.

—Hablaré con el director. Y si no se arregla este tema, pienso acudir al sindicato.

—Max, son ellos los que han pactado ese recorte en los pluses.

—Pues entonces ya veré qué hago. Pero esto no va a quedar así.

—Tomo nota. ¿Te puedo ayudar en algo más?

—Te lo digo sin acritud y con todo el cariño que te tengo: vete a la mierda, Julio.

Él me mira imperturbable.

—No te voy a tener en cuenta ese comentario irrespetuoso —dice—. Estás enfadado y por eso hablas así. Recuerda que aquí yo soy otro mandado como tú. El enemigo es otro. Si no te importa, no des un portazo al salir.

Daría un portazo si eso solucionara algo.

Me guardo mis ganas de decirle cuatro cosas a Julio, creo que ya he sido claro.

Hago una respiración profunda para relajarme y abandono su despacho en silencio.

Tendré que hablar con el director, si es que alguna vez se digna aparecer por la empresa.

Hay gente aquí que está convencida de que el director es un holograma creado por inteligencia artificial.

—¿Cómo tú por aquí? —me saluda Sofía, que sostiene una carpeta en la mano y se dispone a entrar en el despacho de Julio.

Sofía viste un traje de ejecutiva y va maquillada. Me gustó verla el otro día en plan informal, pero prefiero esta imagen más profesional.

—Tenía que comentarle una cosa a Julio.

—¿Te puedo ayudar?

—No te preocupes. Ya está arreglado.

Prefiero que Sofía permanezca al margen. Aunque quiera no puede ayudarme, y, siendo un tema de dinero, me sentiría incómodo discutiéndolo con ella.

—¿No estarás pensando en dejar la empresa?

Por un momento, me pasa por la cabeza la sospecha de que ella sabe por qué estoy aquí. Quizás Sofía forma parte también de la conspiración para que renuncie a mi puesto.

—Antes que irme yo, tendrán que echarme.

—Me dejas más tranquila. Sentiría que te fueras.

Puede que solo diga eso por quedar bien, pero a mí me levanta el ánimo.

—Nos vemos luego —digo.

—Oye, el wifi va de lujo en toda la casa. Te debo una.

Me sonríe y entra en el despacho de su jefe.

Yo también sonrío de vuelta a mi oficina.

Ver a Sofía siempre tiene este efecto beneficioso en mí, incluso en días que amanecen torcidos como este.

Tenía que haberla llamado el otro día en vez de actuar como un trastornado.

Seguro que habríamos quedado y nos lo habríamos pasado muy bien.

Debo tener más confianza en mí. Le gusto, no sé por qué le doy tantas vueltas.

Tengo que ser yo quien dé el primer paso.

Esta misma semana la llamo y, cuando quedemos, me lanzo a degüello, y que pase lo que tenga que pasar.