El juego de Afrodita 5
8%

5

La tarde está muy desapacible. Hace rato que oscureció.

El viento sacude las ramas de los árboles.

Sale vaho de la boca, el ambiente está muy húmedo aunque ha dejado de llover.

Debería haberme quedado en casa después de volver del gimnasio, pero estimulado por el chute de dopamina y endorfinas he salido a dar una vuelta.

Después de todo, es sábado por la tarde y tampoco tengo nada mejor que hacer.

El caso es que, sin darme cuenta, mis pasos me han conducido hasta la zona de Moratalaz en la que vive Sofía.

Dudo si llamarla para ver si le apetece dar una vuelta.

Igual le incomoda que aparezca por aquí sin avisar.

Entiendo que pueda pensar que lo he hecho adrede, que sienta que estoy invadiendo su espacio.

Hay mucho desequilibrado suelto. Yo, en su lugar, desconfiaría.

Tonterías.

Tenemos la suficiente confianza entre nosotros. Es lo más natural del mundo pasar a saludar a una amiga aprovechando que, casualmente, andas por su barrio.

Saco el móvil, pero me detengo antes de marcar el número de Sofía.

Imagino las mil excusas que ella puede poner para no invitarme a subir a su casa, empezando porque me mienta y me diga que está fuera. Sé que ella está en casa porque llevo unos minutos mirando a su ventana. Hay luz en su habitación y la he visto pasar por delante de la ventana un par de veces.

La gente es así. Primero sacan todo lo que pueden de ti y, luego, si te he visto no me acuerdo.

No digo que Sofía sea así, pero, ya solo por educación, prefiero no ponerla en la situación de tener que demostrarlo.

Ella me ha pedido un favor y yo se lo he hecho por el aprecio mutuo que nos tenemos.

Y por eso mismo, ya que estoy junto a su casa, creo que lo mínimo es tener el detalle de pasarme a saludar un momento.

Recuerdo en qué piso vive. Solo tengo que cruzar la calle y llamar al telefonillo.

Echo a andar con la misma decisión de un soldado en una misión suicida tras las líneas enemigas.

Escucho el frenazo y la bocina del Kia cuando ya lo tengo encima.

El morro del coche me golpea sin fuerza, pero lo suficiente como para hacerme perder el equilibrio.

Caigo en un escorzo dramático sobre el capó, quedando mi cara a escasos centímetros del parabrisas del vehículo.

Me da tiempo a ver la expresión desencajada por el horror de su conductor antes de rodar y caer sobre el asfalto.

—¿Se encuentra bien?

El hombre se ha bajado del coche. Tiene el pelo cano de punta. Todavía lleva el susto en la cara.

Me palpo todo el cuerpo comprobando que sigo de una pieza. Tengo más sensación de ridículo que de drama. Me incorporo con cuidado, con la ayuda del hombre.

—Estoy bien, no se preocupe.

—Pero ¿cómo se le ocurre cruzar sin mirar?

Tiene razón. El semáforo estaba en rojo para mí, me he puesto a cruzar sin mirar.

—Me he despistado. Iba pensando en mis cosas.

—¿Seguro que se encuentra bien? Puedo acercarle al hospital y que le miren allí.

—Es usted muy amable, pero no hace falta. No tengo ni un rasguño.

—Vaya susto.

—Menos mal que ha frenado a tiempo.

—Cuando he visto que salía volando casi me da un infarto. Mire por dónde cruza la próxima vez, por favor. Si no se mata usted, va a matar a alguien del susto.

El hombre se mete en el coche y se marcha.

Debería estar horrorizado por lo sucedido, pero es como si le hubiera pasado a otra persona. Debo estar en shock. Ha sido una mala idea acercarse por aquí, donde no se me ha perdido nada por mucho que me empeñe en fingir otra cosa.

Miro hacia la ventana de la casa de Sofía.

Están las luces apagadas.

Escucho ruido abajo. Es en el portal. Me separan cincuenta metros de él, todavía sigo en la acera de enfrente.

Es Sofía, acompañada de Sara, quien sale del portal. Van conversando animadamente mientras se alejan en dirección al metro. No reparan en mí, que no soy más que una sombra silenciosa en el otro lado de la calle.

Podría llamarlas, igual me invitan a ir con ellas.

Echo a andar en dirección contraria, de vuelta a casa.

Se me han quitado las ganas de fiesta. Por hoy ya he tenido suficiente.

Cuando llego al primer cruce, miro bien a un lado y otro antes de atravesarlo.