El juego de Afrodita 4
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Llevo un par de días sin noticias de Sofía.

Aunque sé que es ridículo por mi parte, la busco con la mirada en cuanto entro en el comedor, como si, para ella, nuestros breves encuentros por aquí pudieran tener una mínima importancia.

Hay bastante gente a esta hora, pero no veo a Sofía.

Sara me hace una seña desde una de las mesas.

La saludo con un gesto rápido y sigo mi camino hacia la máquina del café.

Prefiero mantener la distancia con Sara.

Sé que le gusto, pero su único atractivo para mí reside en que es la nueva compañera de piso de Sofía.

Tampoco estoy tan desesperado como para andar mendigando unas migajas de información.

Eduardo está sentado en otra mesa. Retiro el café humeante de la máquina y, tras soplar para enfriar el vaso y no quemarme los dedos, me acerco a saludarle.

Al principio, Eduardo no me ve, mientras escribe algo concentrado en la pantalla de su móvil.

Me sorprende su expresión relajada, nada habitual en él, que parece como si estuviera siempre ocupado con pleitos en su cabeza.

Al darse cuenta de que le estoy observando, deja de teclear en el móvil y lo guarda.

—¿Puedo sentarme?

Eduardo me indica la silla frente a él. Dejo mi café humeante junto a su té con limón sobre la mesa.

—¿Cómo te fue con Sofía el otro día? —pregunta Eduardo—. ¿Le arreglaste el wifi?

Su expresión pícara deja claro a qué se refiere.

No he visto a Sofía desde que estuve en su casa el miércoles.

Ya estamos a viernes. Los último fines de semana me los he pasado encerrado en casa viendo la tele y este parece que va a ser igual.

Las pocas ganas que tengo, habitualmente, de socializar se me quitan con el frío.

Y, de momento, no tengo a nadie con quien calentarme, ni parece que eso vaya a cambiar en breve, por más que me gustaría que fuese de otro modo.

—Sí, le arreglé el wifi. Ya te puedes imaginar lo divertido que fue.

Eduardo asiente.

—Pasó lo previsible, entonces —dice.

—No pasó nada —aclaro, por si Eduardo me ha entendido mal.

—Me alegro de estar fuera del mercado. —Eduardo me mira con simpatía—. Ya encontrarás a alguien a quien le gustes de verdad y que te quiera para mucho más que para arreglarle el puto wifi.

—¿Estás fuera del mercado? ¿Te has echado novia o te has vuelto un monje cartujo?

Me parece más probable lo segundo, conociendo la tendencia de Eduardo a la misantropía.

—He encontrado a alguien que responde a los altos estándares que me había impuesto si un día tenía que abandonar el paraíso de la soltería.

—¿Y se puede saber quién ha obrado semejante milagro?

—Ya la conocerás a su debido tiempo. Estamos empezando, pero la cosa va viento en popa.

—Qué misterioso. Ni que temieras que fuera a robarte a la dama.

Eduardo se ríe.

—Ella está loca por mí, pero nunca se sabe.

Tengo imaginación, pero escapa a mis posibilidades pensar en lo que puede haber visto esa mujer en Eduardo para que esté loca por él.

Lo ha dicho con mucha seguridad, con la misma con la que yo puedo decir que ahora mismo está lloviendo porque estoy viendo el agua que cae sobre los cristales de la ventana que tenemos al lado.

—Avísame con tiempo para que pueda encargar el traje para la boda —digo.

Eduardo me mira complacido.

—Serás el primero al que avise cuando llegue el momento.

Damos un trago al café, que, en mi caso, me hace crispar el gesto por lo fuerte que está.

—¿Qué ha pasado con Alarcón? —pregunto. En realidad, es de eso de lo que quiero hablar con Eduardo.

—No hagas caso de los rumores —dice Eduardo.

Pedro Alarcón era un directivo de la empresa al que echaron acusándole de comportamiento inapropiado con una de sus secretarias. Alarcón decía que era inocente y que le habían tendido una trampa, pero las pruebas contra él debían ser claras porque su despido fue fulminante.

—Dicen que se ha suicidado —explico.

—Y si es así, que no lo sé, ¿qué nos importa a nosotros?

—Por eso te pregunto —digo—. Eres tú el que trabaja en Legal. Alarcón amenazó a la empresa cuando le echaron. Dijo que sabía cosas que podían hacer mucha pupa. Tú mismo me lo contaste.

––Y también te dije que eran bravatas sin fundamento.

—No tiene sentido. Alarcón tenía pasta, no es que se hubiera quedado con una mano delante y otra detrás a verlas venir. Era un hombre joven todavía. Deja viuda y dos hijos.

—Cualquiera sabe en qué líos andaría metido. Su mujer quería el divorcio, ella no creía que fuera inocente.

—Me sigue pareciendo raro. Si Alarcón era un pieza de cuidado, lo normal es que cumpliera su amenaza antes que tirar la toalla.

—Y lo habría hecho, si hubiese tenido algo a lo que aferrarse para salir a flote y hundir a la empresa.

—Si solo fuese Alarcón. Pero ¿qué me dices de los otros? Aquí la gente desaparece de un día para otro.

—Eso pasa en todas las empresas. No somos una cárcel. Si alguien está a disgusto aquí, puede marcharse cuando quiera. ¿Cuál es el problema?

Eduardo tiene razón. Le estoy dando vueltas a algo que es lo más natural del mundo.

Un día yo dejaré la empresa también y no será el fin del mundo por ello.

Perderé el contacto con todos los que me rodean.

Será como si nunca hubiera estado aquí. Eduardo se tomará su café charlando con cualquier otro y se olvidará de mí como yo me olvidaré de él.

Ninguno llamará al otro ni quedaremos para ponernos al día. Las relaciones de trabajo son así.

Por un momento, pienso en Sofía. Ella tampoco me llamará si un día falto y eso sí que me gustaría cambiarlo. Me gustaría ser visible para ella, por lo menos tanto como ella es visible para mí.

—Creo que tengo que echar un polvo urgentemente —digo.

Eduardo se ríe, el gesto visiblemente aliviado.

—Ya me estabas empezando a preocupar —dice—. Deberías ponerle azúcar al café. No me extraña que lo veas todo negro.

—El médico me ha dicho que tenga cuidado con el azúcar.

—Eso te lo ha dicho porque no sabe la clase de brebaje que sale de esa máquina infernal.

Apuramos el café y volvemos al trabajo.

Fuera la lluvia no da tregua.