El juego de Afrodita 3
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Me presento en casa de Sofía puntual. Ya ha anochecido. Está lloviendo y hace frío, pero el filo helado del viento me parece la caricia del sol, tal es mi estado de ánimo.

Aunque he intentado concentrarme en el trabajo y, a ratos, lo he conseguido, la cercanía del encuentro con Sofía se ha apoderado de mi imaginación proyectando imágenes de los dos entregados a la pasión: en la cocina, en el baño, en la cama.

He tenido que meter la cabeza debajo de un chorro de agua fría para calmar los nervios.

Ahora estoy relajado, dispuesto a dejar que todo fluya con naturalidad, y que pase lo que tenga que pasar.

Llamo al telefonillo. Oigo que alguien descuelga.

Antes de que me presente, suena un zumbido eléctrico.

Empujo la puerta y recorro el portal en penumbra con paso resuelto hacia el ascensor.

Noto las pulsaciones aceleradas, pero es una sensación buena.

Dudo si subir por las escaleras. Me quedé encerrado en un ascensor de pequeño y, desde entonces, me da pánico que eso vuelva a ocurrir, pero son diez pisos y no me seduce la idea de presentarme ante Sofía con la lengua fuera.

El ascensor echa una peste a ajo como si fuera a prueba de vampiros.

Son diez pisos, pero podía ser peor. Me alegro de que esto sea Moratalaz y no Nueva York.

Llego sin oxígeno al umbral de la casa de Sofía.

La puerta está cerrada. Huele mucho mejor aquí, a una mezcla de mandarina y vainilla.

Es el perfume de Sofía. Siento vértigo al pensar que este puede ser uno de esos momentos que marque un antes y un después en mi vida.

Inhalo fuerte antes de apretar el timbre con decisión.

La puerta se abre al instante, como obedeciendo a un resorte invisible.

—Hola, Max.

Miro sorprendido a quien me saluda así, con toda la naturalidad del mundo.

Es Sara.

Pero ¿qué hace Sara aquí?

Por un momento, pienso si no me habré equivocado de dirección.

—He quedado con Sofía —digo—. No sé si me ha dado mal las señas…

Sara suelta una risotada que hace que retumben las paredes como si hubiera un terremoto.

Sara trabaja en la empresa también, en el departamento de Marketing.

Robusta y voluminosa, tiene un aire varonil que cultiva intencionadamente.

Lleva el pelo corto y viste como si fuera un hombre, con un traje blanco holgado que le hace parecer el doble de grande.

Pensaba que era lesbiana cuando la conocí, hasta que se me insinuó en la última cena de Navidad de la empresa.

Desde entonces, la evito siempre que puedo.

—Es aquí, hombre —dice Sara—. Sofía está en el baño. Ahora sale. ¿Entras o nos vamos a quedar aquí de charla toda la tarde?

Pongo una sonrisa de circunstancias y sigo a Sara por un corto pasillo que está lleno de cajas de embalaje, la mayoría sin abrir, hasta que llegamos a un pequeño salón en el que hay más cajas amontonadas.

—Me acabo de mudar a vivir aquí —dice Sara—. Vivía con otra amiga. El casero nos ha subido el alquiler. Mi amiga se queda. Ella tiene un sueldazo y puede permitírselo. Por suerte, Sofía ha acudido al rescate.

—Eres tú la que me haces el favor —dice Sofía, entrando en el salón detrás de nosotros.

No la he sentido llegar. Viste informal, con unos vaqueros y un jersey, y va sin maquillaje.

Las personas cambian mucho cuando las conoces en la intimidad de sus casas.

Sofía está muy natural. Me gusta descubrir esta parte de ella—.

Llevaba un tiempo buscando compañera de piso —explica Sofía—, pero no encontraba a nadie de confianza.

—Me alegro por vosotras, chicas.

Sofía me da un beso de bienvenida en la mejilla. Su melena me hace cosquillas al retirar la cara. Sofía tiene un pelo precioso que le cae por los lados hasta los hombros. Me mira con sus ojos castaños, del mismo color que su pelo.

—Te agradezco que hayas venido para ayudarnos con el wifi. Eres un amor.

—Max es lo máximo —dice Sara.

Las miro a las dos, preguntándome, por un momento, si no se están burlando de mí. Ellas me miran con abierta simpatía. Se las ve relajadas y a gusto, yo también debería relajarme.

¿Y si esto, en realidad, es una encerrona y quieren hacer un trío conmigo? Ninguno somos aquí unos santos. Si me quieren poner a prueba, intentaré estar a la altura de lo que requiere la situación.

Sara suelta otra carcajada estruendosa que hace temblar el techo sobre nuestras cabezas.

—Se te ha puesto cara de sátiro —dice—. ¿En qué estás pensando?

Sara es una bocazas.

—El pecado está en el ojo de quien mira —digo.

—No hagas caso a Sara, ya sabes cómo es —dice Sofía, y me sonríe de una manera que me desarma—. ¿Quieres tomar algo?

Hago un gesto afirmativo. Aquí hace calor.

Sofía me indica que la siga.

La cocina parece el único lugar de la casa en el que no hay cajas de la mudanza de Sara.

Sofía me tiende una Mahou clásica y abre otra para ella.

Sara se une a nosotros, cómo no. Brindamos.

Después de unos tragos ahí de pie, tocándonos codo con codo por la estrechez de la cocina, Sofía me señala en dirección al pasillo.

—Ven y te enseño el rúter que hemos comprado.

Sin perder la esperanza todavía de que me pueda enseñar algo más que el rúter, la sigo mientras escucho a Sara decir a mi espalda:

—Yo continúo con lo mío, que me queda un montón de tarea. Hasta ahora, chicos.

Sofía me conduce hasta su dormitorio, donde tiene su ordenador y el rúter nuevo.

El dormitorio de Sofía es el clásico cuarto de chica.

Hay adornos, joyas, corazones pintados en la pared junto a fotos de Sofía más joven, en las que aparecen sus padres y el que debe ser su hermano.

Me interesa más la cama, que es de tamaño doble.

Tiene pinta de ser cómoda. Hay un peluche gigante de Hello Kitty con un lazo rojo en la cabeza tirado sobre la colcha.

—Este es el rúter —dice Sofía.

Ya ni me acordaba del rúter.

Hago la instalación de la red como me ha pedido Sofía.

Me viene bien concentrarme en algo para mitigar el excitante efecto que me provoca su cercanía, sobre todo cuando se inclina sobre mi hombro para mirar lo que hago y noto el roce de sus pezones a través de la tela de mi camisa.

Ahora me pone la mano sobre el hombro. Su perfume es intenso, me produce un ligero vértigo que se acrecienta cuando nuestras miradas se encuentran.

Sus labios carnosos, bien dibujados, se entreabren sensualmente.

Me inclino hacia ella como si todo estuviera ocurriendo a cámara lenta.

He esperado una eternidad como para precipitarme ahora y arruinar el momento.

—¿Cómo vais, chicos? —asoma Sara por la puerta, dando un grito que nos catapulta a un metro de separación.

Ha pasado el momento y los dos lo sabemos.

Aunque demoro la instalación todo lo que puedo, equivocando las conexiones y la configuración aposta, no vuelve a presentarse la ocasión.

Cuando abandono la casa, mi abatimiento contrasta con la alegría de Sofía y Sara. Las escucho reír detrás de la puerta mientras espero el ascensor. Por un instante amargo, me pregunto si no se estarán riendo de mí.

Decido bajar por las escaleras.