El juego de Afrodita 2
3%

2

Saludo a Eduardo cuando entro en el bar.

Está lleno de gente, pero Eduardo ha conseguido mesa y me ha guardado sitio.

Todos los miércoles venimos a comer aquí.

Puedo prescindir del azúcar del café, pero el cocido madrileño que ponen en este bar, con su chorizo y su morcilla bien jugosos, no me lo pierdo ni aunque mi médico me excomulgue.

Eduardo es abogado. Trabaja en el departamento Legal.

Nos tenemos simpatía. Le conocí al poco de entrar en la empresa, hace ya dos años.

Yo tenía dudas sobre ciertas peticiones que me hacían desde la dirección de la empresa para acceder a información restringida, de rivales comerciales o de otros empleados.

Mis dudas no eran sobre la legalidad de prácticas que vulneran la Ley de Protección de Datos y los códigos deontológicos más elementales.

Lo que me preocupaba era mi responsabilidad en el tema.

Lo último que quería era meterme en un lío por algo que, después de todo, solo es trabajo.

Eduardo me tranquilizó. Me dijo que la empresa respondía por todo y me dio su palabra de que podía estar tranquilo.

Estoy a gusto en la empresa y me pagan bien, pero si Eduardo no llega a ser tan convincente me habría ido a otra parte.

Llevamos un rato dando buena cuenta del cocido cuando me llega un mensaje de Sofía. Me cuenta que quiere amplificar el wifi en su casa. ¿Puedo echarle una mano? Ha comprado un rúter y no sabe configurarlo. Le pregunto a qué hora le va bien que me pase por su casa.

Cuando levanto la mirada del móvil veo el gesto divertido de Eduardo.

—Déjame que lo adivine: un mensaje de Sofía, ¿verdad? —dice Eduardo.

—¿Me has espiado?

—No me hace falta. Siempre que se trata de ella te cambia esa cara de palo que tienes.

Preferiría que no se notara. Tampoco quiero que Eduardo saque una conclusión equivocada.

—Sofía quiere que la ayude a montar la red wifi de su casa —digo.

—Me parece que el wifi no es lo único que vas a montar esta tarde.

Eduardo me dirige una mirada cómplice que me incomoda. Su comentario está fuera de lugar. Lo que le pasa es que tiene envidia de mi buena relación con Sofía. A Eduardo se le van los ojos detrás de ella cada vez que la tiene delante.

—Es solo un pequeño favor entre amigos —digo.

—Seguro. Y yo que pensaba que no tenías nada que hacer con ella.

Miro sorprendido a Eduardo. Tenemos confianza para decirnos las cosas a la cara.

Cuando llegué a la empresa los compañeros mantenían la distancia con él y se burlaban a sus espaldas.

El motivo era su mal aliento, que despeinaba en cuanto abría la boca.

Era como si llevase un cargamento de pescado podrido en el buche.

Fui sincero con él y le dije lo que pasaba, sabiendo que me jugaba ganarme un enemigo para toda la vida.

Los tiranos de la Antigüedad le cortaban la cabeza a los mensajeros que les traían malas noticias.

Suele ser más conveniente callarse la verdad que decirla, pero a mí me gusta ir de frente.

Esta vez salió bien. Eduardo me agradeció que hubiera tenido las agallas para decírselo.

Fue al médico. Tenía una úlcera en el estómago.

Ahora ya no tiene la úlcera ni el mal aliento.

Los compañeros vuelven a tratarle como a uno más, aunque él mantiene las distancias con todos menos conmigo.

—¿Por qué piensas que no tengo nada que hacer con Sofía? —pregunto—. ¿Es que la ves demasiado para mí?

––No es eso, hombre —dice Eduardo, mostrándome, apaciguador, las palmas de las manos—. Sofía es muy diferente a ti. Es maja y tal, y, por supuesto, está muy buena, pero a ella le va el reguetón y a ti, Frank Sinatra. Sois como la noche y el día. Creo que andáis buscando cosas muy distintas.

Eduardo, el experto en mujeres. Que yo sepa no es que sea un donjuán precisamente. Ni es guapo ni está cachas ni tiene esa simpatía natural que compense sus kilos de más y la calva incipiente que luce.

—¿Crees que soy demasiado mayor para Sofía? —pregunto.

Nos llevamos cinco años. Ella tiene veintinueve ya, tampoco es que sea una cría. Aunque igual vive en la ilusión de que lo sigue siendo. No todos maduramos a la misma velocidad, si es que llegamos a madurar alguna vez.

––Quizás lo que le atrae de ti es que eres mayor que ella —dice Eduardo—. Me daba la impresión, por lo que la conozco, de que no eres su tipo, pero está claro que no hay reglas en esto de la química entre las personas.

Recibo un nuevo mensaje de Sofía:

«¿Te va bien que quedemos esta misma tarde?».

Me va perfecto.

Eduardo sonríe viendo la cara que se me queda.

Con buen criterio, cambia de tema y yo hago un esfuerzo por seguir la conversación.

Mi cabeza anticipa el encuentro con Sofía esta tarde a última hora, como hemos quedado, y me dejo llevar por diversas ensoñaciones que acaban todas con Sofía entre mis brazos en pleno arrebato pasional.

Me alegro de haber venido a comer este platazo de cocido hoy. Presiento que voy a necesitar una ración extra de energía.