El jefe 17
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Se casaron tres días después como lo habían planeado.

Habían tenido que viajar a las Vegas y comprar un combo de boda religiosa con invitados, mariachis y otras cosas que su novio decidió para darle más emoción.

Y de pronto, cuando entró de su mano al altar, pues no pudo ni siquiera contar con su padre de padrino, se encontró en una capilla de invitados que la miraba y ella notó que no conocía a nadie.

Pero trató de sobreponerse a la sorpresa y luego, cuando finalmente los declararon marido y mujer y le entregaron el certificado y la libreta se sintió feliz. Muy feliz. Ahora era su esposa, suya y él se lo dijo durante el brindis y luego, cuando se reunieron en la habitación de hotel…

Él la llevó a la cama y le ofreció una copa de champagne.

—Ahora eres mía, cielo, mi esposa.

Ella sonrió feliz mientras bebía champagne. Quizás bebió demasiado esa noche, pero estaba muy emocionada por ese momento.

—Tuya… me encantaría ser tuya un día, y sentir que esto es más que un acuerdo para ti.

Él se puso serio y la empujó a la cama mientras le quitaba el vestido con urgencia.

Abrió su corsé en un arrebato y atrapó sus pechos para mamar de ellos como un cachorro hambriento y desesperado. Pero no era un cachorro, era su marido, su hombre.

Ella le quitó la corbata y la camisa y luego sus manos abrieron su pantalón sin demasiado esfuerzo para liberar y acariciar ese centro de placer. Diablos, estaba húmedo y lo sintió suave en sus manos, pero duro como una piedra.

Pero él no la dejaba, como siempre, enfrascado de succionar hasta su última gota lo escuchó gemir por sus caricias. pero Prude no iba a dejarlo escapar esta vez, era su noche de bodas y por más que él le negara ese lugar sólo aumentaba su deseo.

—Por favor, déjame… déjame sentir su sabor—le rogó.

Él se detuvo poco después y la miró con esos ojos azules mientras se desabrochaba el pantalón y ella veía en detalle su enorme miembro viril. El mismo que la había hecho sufrir la primera vez que lo hicieron y ahora entendía por qué, era muy grueso y la punta era más ancha de lo común.

—Soy todo tuyo ahora cariño—dijo él extendiendo su miembro mientras lo frotaba con suavidad.

Ella sintió su corazón agitado por la excitación de pensar que al fin tendría aquello por lo que tanto había esperado. Y se arrodilló para poder hacerlo y sin pensarlo lo tomó en su boca y lo engulló como si fuera su dulce predilecto y comenzó a lamer, mientras su lengua se deleitaba con su suavidad y el sabor tragando las primeras gotas de placer, esas gotas que él le regaló poco después mientras acariciaba su cabello y la observaba. Era la primera vez que la dejaba y sintió su propio pubis rojo mojarse por la excitación al tiempo que él la desnudaba por completo y acariciaba sus pechos y gemía por las caricias.

Ella recorrió esa inmensidad con sus manos y su boca hasta volverle loco, hasta hacerle perder la cabeza. En un momento quiso escapar, pero ella lo atrapó succionando con fuerza como si quisiera expulsar su placer a como diera lugar…

—Aguarda pequeña, ven… estás privándome de mi placer—le dijo él y excitado la apartó despacio para poder tenderla en la cama para verla desnuda y ardiente como el fuego. Y desesperado la atrapó y tendió para deleitarse con su femenino rincón cubierto de pliegues como pétalos.

Prude gritó al sentir sus caricias ardientes y pensó que ya no podría soportar esa tortura. Pero a su marido no se le antojaba dejarla en paz, claro que no, y luego de suplicarle sintió que estallaba en el preciso instante en que él lograba acomodar ese pene inmenso y hambriento, fue tan fuerte y rápido que no pudo aguantarlo y él se excitó al sentir que su sexo lo apretaba con contracciones rítmicas y dejó escapar un chorro potente de semen defendiéndose para hacerlo.

No pensó en nada, no le importó nada más que ser suya, en darle placer, en que él la llenara de placer con cada beso y caricia. Sabía que nunca había sentido un placer tan especial en toda su vida, que nunca había podido satisfacerse de una forma tan plena como lo hacía cuando tenía sexo con su esposo.

—Eres hermosa, cielo, eres magnífica—le dijo.

Y notó que su miembro viril estaba rojo y duro como piedra lista para el combate. Él hervía y podía sentir el calor emanando de su piel, su respiración agitada y sus ojos mirándola con tanta adoración y deseo.

Rayos, se entendían tan bien porque su deseo era contagioso y verla así, desesperado por hacerlo de nuevo la hacía mojarse. Siempre quería hacerlo, siempre quería más y tardaban horas en esa cama haciendo, lo, descansando, durmiendo y volviendo a tener sexo una vez más.

Ella sonrió y se acercó a su miembro para lamer los restos de semen, le gustaba su sabor, la excitaba sentir su olor, era delicioso…

Y cuando comenzó a lamer como cachorra hambrienta él gimió de placer y la jaló hacia abajo para introducir mejor su miembro en su boca. Lo hizo con mucha delicadeza y precisión, sabía que sólo sería un poco y luego la detendría, pero ese poco era suficiente para volverlo loco, para despertar su hambre y succionó con fuerza un poco más. Un poco más hacia su respuesta, su placer, su placer sería el suyo. Rayos, estaba tan excitada, tan desesperada como si no lo hubiera hecho en años, porque él encendía de una forma su deseo y siempre quería más, mucho más... y allí estaba arrodillada ante él como su adoradora más leal, su esclava, prendida a su miembro concentrada en su tarea, sintiendo que su cuerpo buscaba ese placer y lo necesitaba y de pronto él no pudo resistirlo, fue demasiado para él.

—Preciosa, no, aguarda—dijo. Quiso avisarle, siempre lo hacía, pensaba que no estaba bien, pero a veces la dejaba, a veces le concedía ese premio mayor.

Prude sonrió y siguió succionando con más fuerza, sin piedad, haciendo tanta presión que casi sacó su placer a la fuerza para llenar su boca ese líquido tibio y tan delicioso mientras todo su ser se sacudía en un orgasmo y caía hacia atrás rendida y exhausta y él desesperado introducía su miembro porque todavía tenía más para darle, mucho más.

—Oh Dios, vas a matarme MacNeil—balbuceó Prude, exhausta pero feliz, sintiendo que sí, que quería mucho más.

Él sonrió divertido cuando le dijo eso.

—Nunca haría eso, cariño, pero si te ataría a la cama si un día quisieras dejarme—le dijo al oído mientras se movía con rudeza en su cuerpo.