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Firmó el contrato casi sin leerlo, ansiosa por salir de ese lugar hacía demasiado calor y esos tipos no le parecían gente agradable. No dejaban de mirarla y tuvo la sensación de que le tendían una maldita trampa. Pero eso no le preocupó demasiado, no quería sacar tajada de ese matrimonio sólo quería que él la quisiera un día, y que se convirtieran en un verdadero matrimonio no en un mero acuerdo comercial entre dos personas, en un bendito contrato matrimonial.
Cuando salieron de la oficina su novio sonreía satisfecho y tomó su mano y la besó con gesto posesivo.
—Ahora ya podemos casarnos—le dijo y luego regresaron a su departamento para hacer el amor una vez más.
Se encerraron y estuvieron juntos sin pensar en nada.
Él la arrastró a la cama y la llenó de besos, la volvió loca con sus caricias ardientes y ella respondió a ellas, o quiso hacerlo, pero él no la dejó pues la tendió en la cama y la inmovilizó con sus besos húmedos. Sabía que una vez que llegaba allí estaba perdida y él lo hacía por gusto, por placer pues sabía que luego se deleitaría con su respuesta y luego, húmeda y ardiente la prepararía para la cópula.
Ella miró su pene rosado y grueso con deseo, quería besarlo, lamerlo, sentir cómo suspiraba con sus besos, pero él no la dejaba, todavía no solía decirle y luego, cuando quería ya era tarde porque sus caricias la excitaban tanto que sólo quería retozar una y otra vez sin parar y experimentar ese placer intenso y sublime.
Y mientras él la recompensaba con feroces embestidas provocándole el placer máximo le dijo al oído:
—Eres hermosa Prude, eres de fuego pequeña… rayos, qué tonto fui al dejarte ir es vez. Debí encerrarte en mi despacho y hacerte mía—le dijo.
Ella sonrió.
—Jamás lo hubiera imaginado, pero…
Estaba loca por él, pero luego pensó que debían cuidarse y se lo dijo.
Su antiguo jefe sonrió.
—No te preocupes por eso, no quiero que hagas nada sobre eso. deja de preocuparte. Adoro a los niños y voy a hacerte muchos bebés, preciosa, ahora y siempre.
Ella no se asustó, estaba loca por él y si le hubiera pedido el cielo se lo habría dado de haber podido.
—Pero es muy pronto y no…
—Ahora no puedes hacer nada, preciosa. Debes esperar a tener la regla, luego si quieres sí, puedes pedir para cuidarte si es que no tienes un bebé allí. Si está déjalo, sabes que me encantan los niños y cuando te hice mía el otro día sabía que podía pasar.
Prudence pensó que no recordaba cuál había sido su última regla pues nunca había sido regular, pero le dio miedo pensar que pudiera estar embarazada en esos momentos, sabía que con una sola vez sin cuidarse sin tomar ninguna protección podía embarazarse lo sabía por sus amigas y ella había estado más de una vez en la cama sin protección.
Sin embargo, él no quiso cuidarse, como si no le importara que ella quedara preñada. ¿O quería hacerle un bebé para mostrar a su tío que eran un matrimonio sólido?
Trató de no pensar en eso, era demasiado horrible y calculador.
Pero ella tampoco hizo nada por evitarlo y sabía que su semen había llegado hasta el fondo varias veces y eso era peligroso y sin embargo cuando la tocaba Prude sentía que la hechizaba y le hacía perder la cabeza y no podía decir que no, nunca podía y su mayor debilidad era complacerle, era satisfacerle hasta dejarle exhausto, rendido en sus brazos y con el corazón acelerado, su piel caliente, como de fuego y entonces la abrazaba y apretaba satisfecho y feliz… siempre le decía entonces palabras dulces y tiernas.
Y ese día le dijo que era hermosa y maravillosa.
—Eres toda una mujer cielo, tan dulce.
Ella sonrió feliz.
—Nunca sentí tanto placer en mi vida, te lo juro.
No quería pensar que había estado con otras mujeres, se sintió enferma de celos de sólo imaginar a una sola cerca de su futuro marido.
—Ni yo… jamás pensé que el sexo fuera tan maravilloso. Me lo estaba perdiendo.
Él sonrió y le dio un beso suave.
—Pero ya no vas a perdértelo. Nunca más.
Prudence sonrió y se estremeció al sentir sus besos apasionados.
—Dicen que una mujer nunca olvida a su primer hombre, al hombre que la hizo mujer—le dijo él muy serio mirándola con tanta intensidad y deseo.
—Supongo que sí pero no quiero pensar que habrá otro hombre en mi vida, quiero que seas tú, sólo tú—le respondió ella y sus ojos se llenaron de lágrimas. Sin saber por qué de repente se sentía tan vulnerable pues pensó que moriría si un día él la dejaba o si descubría que al final su matrimonio era una completa farsa.
—No llores pequeña, no te dejaré… y voy a casarme contigo, di mi palabra y la cumpliré, sólo preguntaba. Nunca he estado con una chica virgen, ¿sabes? Y mucho menos con una virgen de fuego.
Prude secó sus lágrimas y sonrió.
—Oh por favor, deja de llamarme así. No soy una virgen de fuego. Tengo tanto que aprender.
—Eres de fuego pequeña, eres dulce y ardiente, eres mi virgen y yo soy tu dragón.
Ella sonrió embobada cuando le dijo eso. su virgen y él su dragón. Le gustaba mucho ese nombre, le recordaba a una leyenda.
Sus pechos estaban llenos de nuevo y él había mamado de ellos sin parar y luego se habían llenado y ahora los sentía duros otra vez y húmedos. Pero sabía que luego querría hacerlo de nuevo, que nada más una mirada o una caricia y no podría decir que no.