El jefe 15 #2
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15 #2

Se envolvió en la toalla y se dijo que no podía ir a hacer eso a su habitación, demonios, su jefe se daría cuenta y pasaría la vergüenza de su vida. Así que se cepilló el cabello aún húmedo y luego usó un poco de rubor en los labios y delineador Kohl para resaltar sus ojos verdes de espesas pestañas.

Cuando estuvo lista buscó su ropa interior y se vistió con rapidez. Pero como no encontró el vestido se envolvió en una toalla y regresó a su habitación.

El vestido había desaparecido, no estaba por ningún lado, con lo que le había costado encontrar su ropa ese día.

Dio vueltas en la habitación molesta hasta que de pronto vio el vestido tendido junto a su cama y suspiró. ¡Al fin! Pero cuando se acercaba sintió unos pasos y vio a su jefe parado junto a su puerta mirándola con intensidad. Había tanto deseo en sus ojos. Y ella estaba allí, en ropa interior y tacos, debía verse como una cualquiera. Ni siquiera se dio cuenta que él podía verla, hacía rato que no sabía nada de él y sin embargo allí estaba su jefe recién bañado y con un traje azul marino sport, camisa blanca y una corbata a tono, zapatos negros, y tiradores, listo para salir.

Prude se quedó helada al verle, helada primero, pero luego se puso colorada y sintió que era un tomate viviente al ver su imagen en el espejo pues su ropa interior de seda y encaje insinuaba poco y mostraba demasiado. Aunque esto no era su culpa, él le había comprado toda esa indumentaria sexy.

Pero lo peor de todo era que tenía el vestido en sus manos y no sabía qué hacer con él. Si se lo ponía corriendo quedaría como una pacata o demostraría que estaba aterrada y no era una joven de veintidós años común sino una monja.

Pero rayos, tenía que taparse.

—Lo siento pequeña, no quise asustarte. Es que no podía dejar de mirarte—le confesó él.

Prude lo miró y notó que sus ojos la recorrían como si fuera una suave caricia, como si quisiera besarla muy lentamente… la deseaba y eso le gustaba, la excitaba en realidad y de pronto tembló al ver que avanzaba hacia ella. No, no quería ponerse el vestido, todavía no.

Y en silencio la envolvió entre sus brazos y le dio un beso ardiente y arrebatado, uno de esos besos que hacían perder la calma por completo mientras la llevaba lentamente a la cama y la abrazaba con fuerza. Un abrazo dulce y apretado.

—Mi virgen de fuego—le dijo al oído y ella tembló al sentir que caía sobre ella y separaba sus piernas para apoyar un poco su virilidad que se sentía dura y tensa a través del pantalón.

Sabía que se moría por tocarla y no dejaba de mirar sus pechos como si fueran una fruta prohibida y tentadora.

—Quieres hacerme el amor ¿verdad? —le preguntó ella con un hilo de voz pues de pronto se había detenido y la había mirado como si le costara controlarse y luchara para alejarse, pero no pudiera. Sus ojos tenían ese deseo y esa desesperación.

Él sonrió levemente cuando dijo eso.

—Por supuesto que sí … eres tan hermosa que creo que te haría el amor sólo con besos ahora.

Prude sostuvo su mirada y se apartó.

—Todavía no, no hasta que me haga su esposa, señor MacNeil—le dijo desafiante y temblando de deseo. Sus besos y caricias la habían despertado, pero no olvidaba que tenían un trato y eso era todo cuanto tenía en la vida en esos momentos.

Su jefe sonrió y la rodeó con sus brazos quizás molesto por su respuesta.

—¿Acaso temes que luego te abandone? ¿Que tome tu virginidad y te entregue a tus amigos los dragones? No haré eso, pequeña, te lo juro.

Ella lo miró con la respiración agitada pues sintió que sus pechos habían comenzado a humedecerse en ese preciso instante y se dijo que moriría de vergüenza si él lo notaba, pero su jefe le dio un beso ardiente y luego, le quitó el sostén. Lo hizo y Prude quiso cubrirse, pero era tarde.

—Sólo déjame verte preciosa, déjame verte desnuda ahora. No voy a hacerlo, lo juro. Nunca te obligaría.

Ella obedeció sin saber por qué lo hacía y entonces él vio lo que le pasaba y sin pensarlo atrapó sus pechos y los besó, los besó y apretó y comenzó a mamar de ellos como si fuera un cachorro grande y hambriento.

La sensación era extraña, pero le gustó pues en un momento alivió la tensión de sus pechos y él gimió de placer mientras succionaba más fuerte y tragaba su leche con avidez y desesperación vaciando ambos pechos por completo. Para luego seguir besándola y apretándola contra él.

—Pequeña eres tan deliciosa que…nunca antes. No entiendo por qué…

Ella lo miró aturdida.

—No estoy esperando un bebé si eso es lo que piensas, ni nadie sabe por qué mis pechos tienen leche a veces, me da mucha vergüenza cuando me pasa—le confesó.

—Está bien, te creo pequeña, pero déjame besarte otra vez. No lo haré si no quieres, me detendré, lo prometo.

Ella quiso resistirse, pero de pronto lo vio quitarse la corbata, los tiradores y la camisa blanca despacio y al verle medio desnudo tembló. Ya no sentía vergüenza de estar desnuda ante él, él pensaba que era hermosa y se moría por estar con ella, por jugar un ratito como hacían sus amigas antes de copular. Besos y caricias húmedas que las preparaban para la cópula, pero ella no quería llegar tan lejos. pero no se resistió cuando la envolvió entre sus brazos y le dio un beso ardiente y desesperado, un beso húmedo mientras la tendía en la cama sus manos la tocaban.

Sólo iba a besarla, a devorarla en realidad y luego la dejaría ir, se lo dijo al oído.

Prude lo miró confundida porque un deseo feroz la recorría como el fuego, un deseo desconocido para ella pues era la primera vez que estaba en una situación tan íntima con un hombre, nunca antes un hombre había besado sus pechos y había bebido su leche hasta saciarse y al sentir que besaba sus pechos de nuevo se estremeció pues los sintió duros de nuevo. Se habían llenado otra vez, no tanto como antes, pero él succionó de ellos y lentamente volvió a llenar su boca con ese suero lácteo mientras sus manos comenzaban a recorrer su pubis rojo a través de la tela y gemía por las caricias y por sentir que estaba húmeda.

Casi sin darse cuenta había quitado sus bragas de encaje y descendió hasta allí entre súplicas y soportando varias veces su rechazo.

—No temas, sólo serán caricias, mira sólo besos.

Estaba muy excitado, estaba desesperado y ella también y cuando quiso escapar él la atrapó y su boca la llenó de besos suaves.

Cerró los ojos avergonzada sabiendo que estaba perdida, que él la había atrapado como si hubiera estado corriendo todo el día alrededor de la cama y él la hubiera atrapado, cautivado.