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Los días siguientes fueron muy extraños para ella.
Peter la llamó para saber cómo estaba y ella sólo atendió su llamado para decirle que habían terminado. No lo dejó ni hablar ni escuchó sus burdas explicaciones, en realidad no sabía cómo tenía el descaro de llamarla todavía, después de todas sus mentiras.
Su jefe se lo pasó haciendo llamadas todo el tiempo y luego hasta se encerró en su habitación. Prude miró a su alrededor pensando que era un departamento de un soltero alegre y sexual, los atrevidos afiches del aparador frente al bargueño lleno de bebidas y copas de cristal colgadas, los retratos sensuales y no quería ni imaginar las cosas que vería en su habitación. Se apartó celosa y pensó que se sentiría mucho más sucia si se bañaba y no tenía ropa para cambiarse. Dio vueltas por el departamento y luego decidió darse un baño pues siempre iban a almorzar a un restaurant. Su jefe no cocinaba, sólo tenía comida congelada en la nevera para casos de emergencia.
Se metió de nuevo en la ducha y abrió los grifos para que corriera el agua caliente y le quitara esa leche pegajosa y los restos de la depilación. Ahora se vería como una nueva.
Se vistió de prisa y escogió un vestido de falda amplia pero corta por la rodilla color rojo oscuro, con detalles de encaje en el cuello y en las mangas justas y cortas. El verano llegaba a su fin y comenzaba a sentirse los primeros frescos del otoño. Se preguntó cómo sería vivir en Irlanda y rezó en silencio para que todo saliera bien pues en el fondo seguía siendo muy religiosa, lo era, a pesar de sus dudas y de todo lo que había pasado.
Pero al salir del baño se sintió mareada y descompuesta. Quizás el agua muy caliente o que no había desayunado bien.
Él la esperaba cerca y dejó su teléfono y corrió a atenderla.
—¿Qué tienes Prude?
—Es sólo un mareo creo que demoré mucho en el baño y eso me bajó la presión.
—Ven descansa… te traeré una coca cola. Siéntate aquí.
Cuando su jefe fue hasta la heladera se detuvo y la miró mientras sacaba una lata de refresco.
—¿Has comido algo hoy?
—En realidad no, sólo desayuné, pero no tengo hambre.
—¿No tienes hambre?
—No… estoy muy nerviosa y en realidad no creo que sea buena idea salir ahora.
Él le acercó el refresco y un sándwich de huevo y jamón sin dejar de mirarla.
Prudence tomó el refresco y se sintió mejor.
—Ahora trata de comer algo preciosa. No hay tiempo que perder. Tenemos mucho que hacer hoy. El contrato y lo demás.
El contrato. La ponía nerviosa pensar en su boda, le parecía todo tan absurdo y extraño y por momentos quería escapar. Estaba nerviosa, sentía que escapaba de algo, pero su futuro seguía siendo incierto.
Los primeros días él se mostró frío y distante y ella se sintió aliviada por eso. no dejaba de pensar que pronto se casaría con ese hombre y tendría que dormir con él. Le daba mucho miedo pensar en ese momento. Era casi un extraño para ella y no podía entender las circunstancias que la empujaron a sus brazos.
Era una locura por supuesto y trataba de no analizarlo.
—Señorita Prudence, por favor, creo que es necesario ir de compras. Hace mucho frío en Irlanda y necesitará ropa más cómoda—le dijo él una mañana.
Ella aceptó encantada pero luego, cuando él quiso pagar sus vestidos nuevos, las botas, y tres abrigos uno para la lluvia y dos por si hacía mucho frío, se sintió incómoda. Siempre había sido tan independiente.
Pero él insistió. Aunque ella escogió cada prenda luego de pedirle su opinión. la mirada de su jefe era de deseo intenso cada vez que miraba su cuerpo.
La deseaba y ese deseo la excitaba y se preguntaba cómo sería…
Pero luego pensaba que temía defraudarle. No sabía mucho de cómo complacer a un hombre en realidad.
Aunque luego se dijo que él no lo hacía por ella o por el sexo, lo hacía porque necesitaba una esposa para cobrar una bendita herencia.
De todas formas, le agradaba que le diera tiempo y no la apurara.