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Estaba tan desesperada que aceptó su ayuda, cualquier cosa a que su antiguo novio mentiroso la encontrara o algo peor, que el dueño de esa casa lo hiciera antes para convencerla de que no era un maldito cerdo desquiciado y que realmente siempre había estado cerca de ella, como su padre.
—¿Cuánto tardará? Es que tengo prisa—preguntó luego nerviosa.
Él se preocupó pues comprendió que algo pasaba.
—Qué sucede preciosa, te escucho muy asustada, ¿quieres que llame a una patrulla? ¿Pasó algo en tu casa?
—No, no es necesario. Estoy sola y estoy bien, pero… tengo prisa—dijo y su voz se quebró por la horrible tensión nerviosa.
—Está bien, iré a buscarla, señorita Hamilton. Tranquilícese. Todo estará bien.
No, nada estaría bien, pero al menos sabía que podía estar mucho peor.
Juntó todas sus pertenencias y lloró, no pudo evitarlo.
Tuvo la sensación de que toda su vida era una completa mentira, que Jason su padre querido tan bueno y cariñoso había sido engañado como ella. y por supuesto no lo sabía. No sabía que ella no era su hija ni lo sabría nunca. Su madre había sabido mantener el secreto durante años.
Una bocina potente le hizo dar un brinco y pensó, por un instante pensó que era su novio que había ido a buscarla. Algo absurdo por supuesto, a menos que fuera en helicóptero. No podía ir tan rápido.
Era su jefe que había ido con su inmensa camioneta Dodge, más rápido que un rayo. Al parecer sí estaba cerca como dijo. ¿Acaso la había espiado?
Tembló al verle, no pudo evitarlo, estaba muy nerviosa y se le notaba.
—¿Señorita Hamilton? ¿Hay alguien en esa casa? ¿Está usted bien? —preguntó su jefe preocupado.
—Estoy bien… pero debo irme de aquí.
No le diría nada más de momento, pues se trataba de un vergonzoso secreto familiar del que no quería hablar para nada.
Estaba temblando y no podía contenerse, sintió sus piernas flojas mientras avanzaba hacia él. Tenía dos maletas casi llenas con sus cosas. no se llevaría nada más. Al diablo con todo. pero esas maletas le pesaban como si llevara piedras.
—Deje las maletas, yo las llevaré. Tranquila. ¿Acaso pasó algo? Se ve muy pálida.
Prude lo miró tratando de disimular el terror que sentía, los nervios y la angustia, pero le fue imposible.
—No hay nadie aquí. Sólo quiero escapar—dijo. —Necesito alejarme de aquí. Cuanto antes. Por favor.
—Está bien, venga conmigo. ¿Esas maletas son todo su equipaje?
Prude asintió. Estaba demasiado nerviosa y aturdida para hablar. Entró en la camioneta sin mirar atrás, ya no quería hacerlo. Dejar atrás esa sórdida historia de engaños y mentiras era todo cuanto quería en esos momentos. No quería ni imaginar a su madre con ese hombre abandonando a su padre. No quería estar allí cuando ocurriera esa catástrofe. Llegaron a su departamento y él llevó sus maletas.
Prudence miró a su alrededor algo aturdida y tembló al comprender que él la había llevado a su lujoso pent-house.
—No se asuste, no voy a hacerle nada señorita Hamilton. Me pidió ayuda y pensé que aquí estaría a salvo—dijo. —¿Se siente bien, señorita Hamilton? —le preguntó su jefe entonces.
Ella lo miró atormentada.
—No… pero ahora no quiero hablar de ello, por favor.
—Está bien, entiendo.
— Sólo quiero irme de aquí, muy lejos. Por favor. Quiero desaparecer, no ver a nadie por un buen tiempo.
Su jefe la miró con una sonrisa triunfal.
—¿Eso significa que aceptará casarse conmigo señorita Hamilton?
Prude apretó los labios molesta.
—Lo haré, pero no firmaré ese contrato tal cual está. Ese contrato es un maldito contrato de esclava blanca llamada esposa, no firmaré esa locura si no lo modifica, señor MacNeil.
—Está bien, consideraré sus sugerencias, pero no tema, en realidad es un contrato estándar—dijo él—Luego lo veremos con calma, no se preocupe.
Ella se sonrojó al sentir su mirada.
—Está bien, aceptaré el horrible contrato si quita la condición de que le dé un hijo. No quiero quedarme embarazada y tener que lidiar con un hijo yo sola si algo mal. Será un matrimonio para que usted pueda cobrar su herencia y yo pueda viajar, irme muy lejos de aquí y tener una vida cómoda, tranquila, nada más. No quiero quedar embarazada.
Él sonrió.
—Está bien, dejaremos ese asunto para más adelante. En realidad, tampoco es mi intención dejarla embarazada, señorita Hamilton. Sólo hacerle el amor una y otra vez. Pero en el sexo hay riesgos y sospecho que usted jamás ha tomado la píldora.
—Es verdad. Pero me daré una inyección.
—Estoy de acuerdo. Pediré al abogado que cambie eso. ¿Algo más?
—Sí, algo muy importante. Que sus abogados incluyan una frase que diga que en caso de infidelidad, maltrato o incompatibilidad en cuanto a la convivencia el matrimonio será anulado. Porque me caso con usted con una venda en los ojos, a ciegas, como si entrara en una mansión oscura y silenciosa sin poder ver qué hay más allá y eso me aterra, lo confieso.
—Bueno, no debe pensar que soy una mansión embrujada. Sólo soy un hombre común que necesita la compañía y el amor de una hermosa mujer. No hay secretos ni trampas, se lo aseguro. Pero sí, entiendo lo que dice. Aunque hay algo del contrato que no podrá modificar: usted deberá estar casada conmigo por dos años como mínimo para tener el divorcio, es el tiempo que necesito para que mi tío sepa que mi matrimonio es legítimo y no una farsa. Pero no tema en cuanto al o demás, también quiero que esto funcione, usted me agrada, Prudence.
Ella parpadeó inquieta y él decidió cambiar de tema para no abrumarla.
—Venga, la llevaré a cenar. ¿Le agradaría ir a un restaurant italiano o algo así?
Ella aceptó encantada de poder escapar del departamento. Se sentía muy incómoda allí, no podía evitarlo. Muchas cosas rondaban por su cabeza en esos momentos. Sabía que se vendría un cataclismo, que acababa de romper con su antigua vida y ahora se embarcaba a la aventura sin saber qué pasaría después.
Le daba miedo, era verdad, le daba miedo pensar en el futuro, pero más terror le provocaba pensar que toda su vida había vivido una mentira. Un absurda y triste mentira.