El jefe 13
75%

13

Era viernes y el día que debía casarse con Peter. Lo pasó muy mal todo el día, tan deprimida que lloró tirada en una cama mientras veía televisión y comía un poco de fruta.

Sabía que habría sido mejor estar allí, en su boda y casarse con el hombre que sabría era el indicado. Había sido una tonta, pero no era su culpa. Su madre lo había arruinado todo, su padre con esa carta diciéndole que estaba en Saint Denis y su propia indecisión e inseguridad.

Llamó a Peter a media tarde y él se quedó muy contento con su llamada.

—¿Cómo has pasado?

—Bien, me lo paso encerrada en realidad. No he hecho gran cosa, ¿y tú?

—Estoy en Saint Denis, terminando algunos detalles. Trabajando.

Trabajando sin parar el día que debió ser el más feliz de su vida, y ella tirada en esa cama sin ganas de nada. Qué desastre.

Y ese contrato tirado en el piso aguardando ser leído y su jefe esperando que le diera una respuesta y ella sólo quería mandar todo al carajo ene se preciso instante y que la tierra se la tragara.

********

A Prude le llevo tiempo procesar los últimos acontecimientos.

No echaba de menos a Peter, pero la entristecía pensar que debía decirle adiós, no tenía fuerzas para hacerlo ahora, estaba metido en un atolladero.

Luego de leer el contrato del señor MacNeil supo que esa cosa era un completo abuso de machismo y locura. ¿Realmente esperaba que firmara ese disparate? Hasta mencionaba que debía quedar embarazada el primer año o el segundo año de la boda a más tardar. Debía darle un hijo para poder tener derecho al divorcio y este debía ser pedido no antes de los cinco años. Vaya forma maniática de organizar un matrimonio y la vida de dos personas. No podía creerlo.

Luego hablaba del sexo. La intimidad debía ser satisfactoria para el señor MacNeil, ella debía cumplir con sus deberes de esposa en todo sentido, y jamás negarse a los brazos de su marido ni a satisfacer sus fantasías. Además, mencionaba algo como de ser una esposa obediente y compañera… rayos, ¿qué clase de contrato abusivo era ese? Faltaba decir que luego de casarse se convertiría en una especie esclava doméstica, una mascota que lo acompañaría sin rechistar a todos lados, que sería cariñosa, dulce y no sólo debía acostarse con él siempre que él quisiera sino también darle un hijo.

Prude estuvo días pensando en ese contrato, leyendo y releyendo, pensando que estaba loco.

Y que ella estaba más loca al haberse sentido confundida por un tonto beso, por pensar mucho en ese hombre de forma romántica. No había nada romántico ni tierno en él, por eso nunca le había prestado atención. Era tan materialista. Para él todo era un negocio, vender, comprar, cobrar una herencia. No había nada sentimental ni tierno en ese hombre. Malcolm MacNeil era un ser tan frío. Hasta dijo que su virginidad valía millones en el mercado negro porque era guapa y joven, además de virgen.

Dio vueltas en la casa pensando que lo mejor era largarse y regresar a Providence. Todo ese asunto del contrato no le gustaba nada. Ni loca firmaría algo como eso y tampoco… el matrimonio era algo muy serio para que pudiera considerarlo como un acuerdo comercial. La enfermaba pensar en eso. quería casarse con Peter, Peter era el hombre indicado.

Mientras daba vueltas por la casa nerviosa se dijo que lo mejor era largarse. Había sido una tonta al dejar a Peter…

Sabía que no era correcto que espiara en la casa, pero no pudo evitarlo, estaba nerviosa y aburrida, encerrada en la casa. Ya nada era como antes y ciertamente que no tenía acomodo posible. ¿Qué le quedaba por hacer? ¿Regresar con sus padres, buscarse un trabajo nuevo o casarse con Peter? Casarse con su jefe estaba fuera de toda discusión.

Mientras daba vueltas por la casa la llamó su madre para saber cómo estaba.

—Estoy bien, mamá.

—Pero abandonaste a Peter, a un paso de casarte. Tú no estás bien. Dijo que te dejó en la casa de un miembro de la congregación, pero no dijo nada de cuándo volverás.

—Es que ni yo lo sé, todo ha sido muy difícil para mí, ¿entiendes?

Sabía que le lanzaría un sermón, una catarata de reproches o algo así y para evitarlo, porque la conocía bien le preguntó por Peter.

—¿Cómo está él? ¿Qué te dijo? —le preguntó.

Sintió que su madre lanzaba un hondo suspiro.

—Qué disgusto me llevé cuando lo supe y si me preguntas… Peter está triste. Te echa mucho de menos. Él te adora Prude, te adora y no soportará perderte. ¿Por qué lo hiciste? ¿Acaso pelearon?

—Es que ya no quiero casarme con él. No me siento preparada. Lo quiero mucho, es tan bueno sí pero ahora no me siento de ánimo para bodas.

—Bueno, pídele un tiempo, pero no te demores, hay muchas interesadas en Bradley. Es un buen partido y un hombre de bien. De los que cuesta encontrar.

Típico de su madre usar esas palabras anticuadas, de buen mozo, buen partido…

—Sí, lo sé, pero… tengo otro asunto que resolver antes, mamá.

—¿Pero ¿qué harás sola en esa casa? Yo no sé cómo le haces para vivir sola, yo estaría muerta de miedo.

—Es que yo no soy como tú.

—Prude… ¿acaso fue mi culpa? ¿Fue por lo que te conté aquella vez? El pobre Peter pagó los platos rotos, pobrecito. No es justo.

—Peter no pagó por los platos rotos como dices, yo no me sentía bien estos días. Es algo mío, mamá, no estoy preparada para casarme ni creo que sea una buena idea que siga adelante con esto. Quiero mucho a Peter, pero no lo amo, ese es el problema. Ya no lo amo ni creo que deba casarme con él. Es como un amigo, extraño nuestras charlas, cosas, pero vivir con él me hizo comprender que no lo amo como para casarme. Pienso que me dejé llevar por su entusiasmo y que lo nuestro era amistad, química.

—Ay Prudence, el amor llega después, con el tiempo, a ti te gusta él ¿no? Se llevan tan bien, son buenos amigos. Eso es más importante que el amor nada más, el amor es tan caprichoso e inestable. Ya lo decía mi abuela. Que casarse por amor era una pésima idea.

—Tu abuela era del siglo pasado, mamá, ahora las cosas han cambiado. Las personas sí se casan por amor, es la única razón que importa. Casarse feliz y enamorado.

—Sí, claro y después termina todo en divorcio porque viven una fantasía, viven en las nubes pensando que todo será perfecto.

—De todas formas, no voy a casarme ahora, quizás más adelante.

—Ay Prude, no digas eso, sigo soñando con esa niña de ojos azules. Te veo a ti con ella en brazos tan feliz.

—Oh por favor, deja de soñar en mí tus propios sueños.

Esas palabras desconcertaron a su madre, no entendió demasiado.

—Lo que quiero decir es que no pienso tener hijos hasta dentro de un par de años así que esas premoniciones deben ser una confusión, un deseo tuyo que proyectas en mí. O a lo mejor es la hija de tu vecina que está embarazada.

—¿La hija de mi vecina? Mi vecina no tiene hijas.

—Entonces algún familiar cercano. Pero no soy yo. Ni siquiera tengo marido así que difícilmente tendría un bebé en la barriga.

—Pero lo tendrás muy pronto, estoy segura de que recapacitarás y te casarás con Peter. Él es el hombre indicado para ti.

—Sí, sé que lo es, pero tengo dudas, no quiero quedar atrapada en un barrio cristiano llena de hijos hasta convertirme en una pelota amargada y estresada.

—Oh cariño, no digas eso. ¿Hay algo más hermoso que tener una familia numerosa y un hogar feliz?

—¿Y qué hace pensar que todo será perfecto? ¿Que mi hogar será feliz? No siempre es así. Y ahora estoy confundida porque me gusta otro.

—¿Qué te gusta otro? ¿Oí bien?

—Sí, mamá me gusta otro hombre por eso perdí el entusiasmo por Peter. Pero es normal porque soy joven y nunca tuve novio porque tú y papá no me dejaban salir ni a la esquina.

Su madre suspiró cansada.

—Bueno, que te guste otro no significa nada ¿o sí? ¿Quién es ese hombre, de dónde lo conoces?

—No te lo diré.

—Prude, no hagas locura. ¿Él acaso tiene ojos azules?

—¿Quién te contó eso?

—Es que lo vi en mis sueños, tiene el cabello oscuro es muy blanco y sus ojos son azules. Y tú estás con él y tienes una bebita hermosa en brazos que tiene el cabello castaño y los ojos muy azules. Es tan divina.

—No digas nada de eso.

—Pero debes ser honesta con Peter, si ya no lo quieres, sé que le dolerá saber que lo dejas por otro, pero dile la verdad.

—Es que tampoco sé si voy a dejarlo porque en realidad Peter sería mejor marido. No tengo nada decidido todavía pero no quiero estar con Peter pensando en otro hombre, no sería honesto. Él me gusta sí, pero …

—Pero no quiere casarse contigo, ¿o sí?

—En realidad sí.

—Prude y soy la última en enterarme?

—Todavía no sé si le diré que sí.

—Prude, no dejes a Peter, no lo lastimes. Ten cuidado… quizás sólo sea un capricho pasajero de juventud.

—Sí, supongo que tienes razón, Peter me conviene más pero ahora no estoy preparada para tomar ninguna decisión.

—Entonces tienes otro en tu corazón, Prude. Dilo.

—En mi corazón no… sólo en mi cabeza por ahora.

—Y así empieza cariño, por la cabeza. ¿Tú estás viéndole ahora?

—Sí… pero sólo unas veces.

—Pero te ha pedido que te cases con él, entonces esto es más viejo de lo que parece.

—No digas nada a Peter por favor, deja que yo le diga. Tampoco sé qué voy a hacer, lo estoy pensando y no he llegado a ninguna decisión por el momento.

—Prude, trata de escoger al que sea mejor marido, el mejor padre. No te dejes llevar por un capricho del corazón, los caprichos pasan, pero el amor el verdadero amor perdura es lo único que perduran en el tiempo.

Su madre le dijo que lo pensara pero que ella prefería a Peter. Era de esperar pues al otro no lo conocía, ni ella lo conocía tampoco. Era su jefe y ella su empleada y ahora esperaba que su boda lo ayudara a conseguir el legado. Pero no era exactamente así pues buscó una esposa virgen y de buen carácter, pensaba que ella tal vez sería una buena esposa para él. Sin embargo, no podía aceptarle. Era una locura, ni siquiera lo conocía demasiado, había sido su jefe y siempre se habían llevado bien, no era un hombre de mal carácter, aunque tenía su temperamento.