12 #2
—Sí, me iré en unas semanas, pero antes necesito hacer algo y mi tiempo se agota, señorita Prudence.
Se miraron en silencio y ella sintió que él quería besarla y se apartó turbada.
—¿Qué quiere de mí, señor MacNeil? —le preguntó con un hilo de voz.
Tembló de pies a cabeza al sentir esa mirada, al sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Casi podía sentir su respiración agitada, la forma en que la miraba se lo decía todo. La deseaba, la deseaba como mujer y no parecía importarle un comino que estuviera a punto de casarse con otro hombre.
—Usted lo sabe, ¿verdad? Sabe lo que quiero de usted y creo que es un trato justo. Usted es parte de la congregación y también sufrirá las consecuencias de la demanda que voy a presentar. Pero yo detendré todo a cambio de que acepte el trato que voy a proponerle.
—¿Un trato? —la desilusión de Prude era evidente. Se sintió como una tonta porque pensó que…
—Podría pedirle una noche de amor señorita puritana de Providence. Todavía es virgen ¿verdad?
Ella asintió.
—Pero mi virginidad es para mi futuro esposo, para Peter Bradley—se lo dijo para provocarlo por supuesto, sabía que ya no pensaba en Peter como su futuro marido.
Él sonrió y se acercó a ella sin dejar de mirarla.
—No se casará con Peter Bradley señorita Prude, usted me dará su virginidad y también aprenderá a complacerme si no quiere que destruya de una vez esa bendita congregación cristiana.
Prude lo miró aturdida.
—No lo haré, jamás me venderé a usted.
—Todo tiene un precio señorita. Usted vale más que un millón de dólares en el mercado negro y yo espero poder ser el ganador de la subasta.
—¿De qué habla?
—Es hermosa, es fresca y completamente virgen. Quedan pocas vírgenes de edad adulta, por desgracia. En este país ninguna llega a la universidad conservando su virginidad. Usted sí, hasta logró salir de la universidad impoluta, intacta. Eso vale una suma cuantiosa en el mercado de esposas, señorita.
—Pues no estoy pensando en venderme en ningún mercado negro, señor MacNeil. Lo que dice es horrible y me parece que se está burlando de mí, además.
Él sonrío.
—Claro que no, sólo decía lo que vale usted ahora, una hermosa virgen pelirroja sensual pero tan pura como el día en que nació.
—Deje de decir eso por favor, habla como si fuera un trozo de carne. No sé lo que está insinuando, pero no me agrada y no quiero seguir esta conversación.
—Aguarde, siéntese por favor. Todavía no he terminado con usted preciosa. Deje de mirarme como si fuera un monstruo, ¿cree que sólo quiero una noche de sexo?
Prude no replicó, sintió su corazón latir acelerado y sus ojos se llenaron de lágrimas. Se sintió tan desilusionada de ese hombre de todo lo que estaba pasando. Por supuesto que quería sexo, ¿qué más querría de ella?
—Una noche sería muy poco, sin embargo, imagino que sería una noche inolvidable. Pero yo quiero más que eso, necesito más que su primera noche de amor.
Demoró en decirle lo que buscaba, Prude lo miró aturdida sin comprender hasta que dijo:
—Necesito una esposa para que mi tío me nombre su heredero. Y tiene ser una esposa adecuada, una joven de buen nivel, educada y hermosa. Pero me agrada que además sea virgen. Siempre pensé que mi esposa tenía que ser virgen.
—¿Su esposa? ¿Quiere que sea su esposa? ¿Una esposa para exhibir a su familia para que pueda cobrar una herencia?
—Bueno, no es exactamente eso señorita, pero si lo pinta así, supongo que en parte es verdad. Pero eso le dará garantía que luego, si quiere podrá regresar con su amado novio.
—¿Y qué le hace pensar que aceptaré este trato señor MacNeil?
Él sonrió.
—Sé que lo hará. A menos que prefiera que demande a su preciosa congregación por más de un millón de dólares por haber enviado a ese chico a incendiar la casa embrujada de mi propiedad.
Ella lo miró atónita.
—La dejaré que lo piense unos días, no más de tres. Tengo prisa sabe. Debo viajar dentro de un mes a Irlanda y no me queda tiempo para buscar más vírgenes.
Prudence se sonrojó cuando él la miró. La quería, la deseaba, de una forma extraña y posesiva.
—Estoy comprometida con el señor Bradley. No puedo aceptar lo que me pide. Apenas lo conozco y nunca… nunca me habló nada de esto.
—Pero un día la encerré y le di un beso, ¿lo recuerda? Y usted me agrada, me gusta mucho hace tiempo que sigo sus pasos, que la vigilo como un chiflado.
—¿Qué dice?
—Era yo quien la seguía para cerciorarme de que llegara sana y salva a su casa. Y también fui a Providence, estuve allí pero no pude verle. Su novio la dejaba encerrada o la dejaba salir sólo con su chofer.
—¿Entonces hace tiempo que pensaba que le sería útil para sus planes para poder heredar de su tío rico?
—En realidad siempre fui algo reacio al compromiso, señorita, pero ahora necesito una esposa por eso pensé en usted. Pero no la ataré si luego decide pedir el divorcio. No me conoce es verdad, ni yo a usted, creo que sería una esposa amorosa y dulce pero bueno, no piense que estará atada a mí por el resto de su vida. Sólo el tiempo que decidamos estar juntos. Dicen que el matrimonio es una lotería, ¿no es así? Puede irte bien o puede irte mal. Por más que creas que escoges a la mujer correcta, por más enamorado que estés…
Prude se sintió abrumada pues comprendió que hablaba muy en serio, en parte sí pero también le advertía que sería una boda simulada, una farsa.
—Señor MacNeil, yo tengo mucho respeto por el matrimonio y creo que es algo muy serio como para tomarlo como un juego, o para que usted pueda complacer a su tío. No es justo.
Él la miró.
—Pienso como usted, creo que el matrimonio es algo muy serio por eso la escogí a usted. Creo que sería una buena esposa y también una excelente madre. Se ve muy tierna y serena y dulce, tan dulce…—dijo y tomó su mano.
—Es que no, no puedo aceptarlo señor MacNeil, todo esto es demasiado y me abruma.
Era una locura, eso quiso decir, pero lo pensó. Todo era una locura y quiso escapar, regresar a Providence.
—Sí, por supuesto lo entiendo. Sé que es abrumador para usted, lo entiendo. Sin embargo, durante estos meses que la he tratado creo que tenemos cierta afinidad ¿no lo cree? Nunca hubo ningún roce, nada.
—Pero es trabajo, señor MacNeil, no puede comparar el trabajo a casarnos, a vivir juntos como un matrimonio.
—Me cree muy insoportable?
Ella lo miró boquiabierta.
—Es que no me gusta pensar que planea una boda arreglada para complacer a su tío y me ha escogido a mí para ayudarle por esa demanda que…
—¿Y prefiere que escoja a otra mujer y la deje fuera, sin poder detener la horrible demanda? Piénselo. No estoy jugando señorita Hamilton. Hablo en serio. Es algo que debo hacer pues no puedo regresar a Irlanda sin una esposa. Y puesto que voy a perder una demanda al menos deberé tener la certeza de que no perderé también la única herencia que me queda en esta vida. Cálmese. Todo será estipulado en un contrato, nada debe temer. Sólo quiero que sea mi esposa un tiempo, no soy un chiflado ni le haré ningún daño. Usted dispondrá de una mensualidad y tendrá una buena vida a mi lado. Nada le faltará y luego, si algo sale mal y decidimos separarnos le asignaré un legado.
Hablaba demasiado, le daba detalles que no le interesaban. Para él no era más que otro negocio, pero Prude se sintió enferma, íntimamente usada e insultada. ¿Realmente esperaba que se casara con él y cumpliera el trato para que pudiera convertirse en el heredero de su tío?
Pero ella no habló, no dijo lo que pensaba. Sólo quería escapar de esa oficina porque se sentía mal. Eso no era lo que había esperado. Casi habría preferido que le pidiera una noche de sexo, o que le hubiera hablado de lo que sentía por ella. Rayos. Qué hombre tan difícil. ¿Así que había estado siguiéndola durante meses, vigilando sus pasos porque sabía que era virgen y que eso a la larga serviría a sus planes?
¿Realmente necesitaba una esposa virgen para heredar a su tío o estaba mintiendo?