12
Despertó triste y cansada, de mal humor sintiéndose peor que antes. Y de pronto vio la caja de madera y rubíes incrustados y tembló pues no recordaba haberla dejado allí, ni siquiera recordaba haberla llevado.
Se acercó y la miró, pero no quiso abrirla así que la tomó y la guardó en un cajón de la cómoda para no tener que toparse de nuevo con ella.
Entonces se escuchó la alarma de su celular y recordó que tenía una cita con su jefe. Benditas las ganas que tenía de ir. Entró en el baño y abrió los grifos para llenar la bañera con yacusi. Un pequeño capricho del dueño. Vaya si sabía vivir bien ese hombre.
El baño le hizo bien, pero estaba triste. Extrañaba a Peter y se sentía casi perdida sin él. Esos días en su compañía lo había pasado bien y ahora lo extrañaba.
No se quedaría mucho tiempo allí, no sabía ni por qué lo había hecho.
Sin embargo, supo que necesitaba ese tiempo para estar segura y que no debía dejarse llevar por los arrebatos. Tenía que estar segura. Además, le haría bien estar sola esos días para aclarar la mente.
Buscó su ropa que había guardado a prisa la tarde anterior y escogió su vestido de misa pues era largo y cómodo y en tono color lila con flores minúsculas blancas. Era delicado y cómodo. Fresco. Y se veía como recién salida de la capilla, con el cabello lacio y cobrizo cortado rebajado por los hombros se veía más juvenil sin embargo en sus ojos se veía la angustia de esos últimos días, angustia, desazón y desconcierto.
No se veía bien, estaba cansada y demacrada, pero si se pintaba él pensaría que se había arreglado para él y no era verdad, ni quería que se imaginara nada.
Buscó sus zapatos de taco no muy alto, la cartera color beige y revisó que estuviera el celular.
Miró el reloj, eran las nueve y todavía no había desayunado. Corrió a hacerse un sándwich, pero rayos, ¿con qué lo haría si apenas había pedido una pizza la noche anterior? No quería comer más pizza, se había hartado.
Abrió la heladera con expresión desconsolada buscando algo y de repente la vio repleta de alimentos frescos y saludables. Fruta fresca cortada en ensalada con jugo de naranja, su favorita, un pastel de chocolate sin cortar, leche, quesos y huevos.
Oh qué detalle había tenido Peter, él sí que pensaba en todo. Hasta había algunas viandas de comidas listas para calentar. Sus platillos favoritos, ravioles frescos…
Apenas pudo tomar un yogurt frutal y un poco de ensalada de frutas, pero pensó que era un alivio no tener que ir corriendo a comprar comida.
Cuando entró en el edificio se encontró con Nelly su antigua compañera de trabajo.
—Prudence, qué alegría verte. Vaya. ¿Ya te has casado? No me invitaste.
Ella parecía ir de salida, pero cuando le dijo que no estaba casada la miró boquiabierta y detuvo el ascensor para subir con ella.
—¿Qué te pasó? ¿Acaso dejaste con tu novio arquitecto?
—No, pero nos dimos un tiempo. Todo fue muy precipitado y además extrañaba la ciudad.
—Oh y yo te extrañé a ti. No sabes qué tonto es el nuevo asistente de MacNeil. Todo tiene que preguntar porque no sabe hacer nada. Dicen que lo contrató para hacerle un favor a un amigo y que está muy arrepentido.
Prudence sonrió, vaya cuánto extrañaba los líos de oficina, ¿quién iba decirle? No sabía en qué momento dejó de ser una pueblerina y se convirtió en citadina. Quizás en el preciso instante en que conquistó su independencia y se fue a estudiar a la ciudad.
Cuando llegó al piso doce Nelly le había contado todos los últimos chismes de todas las oficinas en voz muy baja para que nadie del ascensor pudiera escucharla.
Y hasta le dijo algo que la dejó muy colorada.
—Creo que el irlandés te extraña, ha estado con un humor de perros estos días, de mal en peor y con ese asistente… y luego el incendio. ¿Te has enterado?
—Sí, fue una tragedia.
—La mansión era de él. Y la quería vender porque se va de este país. Quiere volver a Irlanda. Extraña mucho.
—Nelly, te sabes toda su vida—dijo Prude azorada.
Su amiga tuvo la delicadeza de sonrojarse.
—Bueno, es lo que he oído. Está vendiendo otras propiedades porque todo aquí ha ido de mal en peor y no le interesa mantener tantas propiedades sin vender.
Qué extraño, ¿por eso estaría planeando demandar a la congregación? ¿Estaría arruinado? Siempre había creído que era un hombre rico, tan ambicioso, no podía creer que sus negocios anduvieran mal pero bueno, sería la crisis. A todos les había llegado la crisis económica del país.
Esperaba que no estuviera muy enojado con ella.
Si lo hacía por dinero entonces nada lo detendría, haría la demanda porque necesitaba mucho vender esa casa para largarse a Irlanda.
Prudence tembló de pies a cabeza cuando lo vio parado en el escritorio mirándola con el celular en la mano. Había alguien con él, un hombre rubio alto y corpulento con cara de tonto.
Él también la había visto y sus ojos la miraron de forma extraña. Prude lo miró un instante, pero luego apartó la mirada al tiempo que el hombre rubio se presentaba como el nuevo asistente y se marchaba. Apenas le dedicó una mirada.
Se dijo que no tenía ganas de soportar a un jefe malhumorado. ¿Para qué la había llamado? Esperaba poder lograr algo de ella, quería algo de ella no era tonta, pero no estaba de humor.
—Señorita Hamilton. Qué guapa se la ve. Las vacaciones le han sentado bien—dijo.
Ella lo miró sonrojada. La forma en que la miraba ese hombre era una completa impertinencia. Vaya, ni siquiera se molestaba en disimular.
—Buenos días, señor MacNeil. Gracias. En realidad, estoy aquí por unos días, luego regresaré a Providence.
—De veras? Por favor, acompáñeme al otro despacho para poder conversar con usted a solas.
Prude lo siguió sintiéndose un perrito obediente y faldero, contento de que su amo le prestara atención.
No eran más que palabras zalameras para pedirle algún favor, como cuando le pidió que llamara al padre Alfred. ¿Qué le pediría ahora?
Se sentó en la silla y de pronto se asustó al ver que era la misma oficina donde él la había besado aquella vez.
—Entonces se quedará unos días. Imagino que ha pospuesto su boda.
Ella lo miró.
—Sí…
Él la miró con fijeza nada contento con su respuesta.
—Bueno, gracias por venir señorita. Por hacer un tiempo. Quería hablar con usted de un asunto muy serio y delicado. Los investigadores han encontrado un video que incrimina seriamente a tres jóvenes de su congregación. Aquí está, mire.
Él sacó su Tablet y le mostró un video de la mansión Berestford antes de ser incendiada. Todo estaba oscuro y silencioso y de repente aparecían un grupo de tres jóvenes con mochilas. Fueron filmados de distintos ángulos, pero Prude reconoció a uno, era un joven llamado Elliot Flint, un drogadicto recuperado que estaba aprendiendo mecánica automotriz y se había recuperado por completo de las drogas.
—¿Conoce a alguno de estos jóvenes, señorita Hamilton? —le preguntó sin dejar de mirarla.
Ella sostuvo su mirada y parpadeó inquieta.
—No se ve bien, pudo ser cualquier joven—balbuceó.
—¿Eso piensa? No lo creo. Mire bien a este joven, el de gorra roja y cabello largo, tiene algo en su chaqueta de cuero, debe ser admirador de alguna banda cristiana.
Prude se sonrojó al ver con horror que ese tonto había llevado el emblema de la congregación, un escudo con una cruz de cruzado. Estaba en muchas partes, en la iglesia de la congregación y ese hombre sabía que ese dibujo de la chaqueta era muy elocuente.
—Este joven es de la congregación y ya sé su nombre. Lo han identificado. Se llama Elliot Flint. Es uno de los jóvenes adictos recuperados que estudian un oficio en la congregación.
Prude sintió deseos de llorar. No era un buen momento para enfrentarse a ese hombre y además no sabía qué decir.
—Ahora tengo las pruebas para acusar a su congregación y demandarla. Detendrán al joven y lo interrogarán, no podrá refutar las pruebas. ¿Ahora seguirá defendiéndolos señorita Hamilton?
—Señor MacNeil, lo siento. No sé qué más decirle. Esto no es mi culpa, no sabía nada de esto.
—Usted forma parte de esa iglesia señorita, ¿se siente orgullosa ahora? Destruyeron mi propiedad, mi herencia y acabo de perder más de un millón de dólares pues esa casa contenía obras de arte y mobiliario muy valioso. Verdaderos tesoros que pertenecían a mi familia.
—Lo siento, no sé qué más decirle. Lo lamento. Pero usted es rico ha de tener más propiedades—dijo desesperada.
Sus ojos azules se oscurecieron de repente mientras la miraba como si hubiera dicho algo muy inapropiado.
—No soy rico ahora, estoy quebrado señorita. Confié en usted para que realizara un trabajo pues realmente necesitaba vender esa casa para pagar los malditos impuestos de este país. Los impuestos de aquí me comen vivo, ¿sabe? Tengo otras propiedades, pero no valen como esa magnífica casa embrujada.
—¿Y qué hará ahora? ¿Destruirá una congregación que sólo hace el bien a las personas que ayuda a los jóvenes adictos?
Su antiguo jefe la miró.
—Eso dependerá de usted señorita Hamilton. Pura y exclusivamente de usted. Está muy preocupada por la suerte de la congregación cristiana del padre Alfred.
—Por supuesto que sí, por eso estoy aquí.
Él se alejó y la miró con fijeza de forma muy extraña.
—He perdido la casa y me he visto obligado a vender otras propiedades que no pensaba vender, he perdido mucho dinero y ahora me veo obligado a regresar a mi país porque mi tío se está muriendo y quiere verme. Y él me pidió algo hace tiempo, dijo que me nombraría su heredero si cumplía una condición. Ha estado persiguiéndome con eso y yo me reía de sus exigencias, no necesitaba para nada que me nombrara su heredero, pero ahora sí porque no sólo perdí esa casa, sino que hice malos negocios con unos yanquis muy sucios. En realidad, tengo ganas de vender todo y regresar a mi país, empezar de nuevo, pero hice una promesa y debo cumplirla.
—¿Entonces se marchará? —Prude se sintió muy deprimida cunado lo supo, sin saber por qué la deprimía pensar que ese hombre estaba arruinado casi por su culpa. Nunca lo habría imaginado.