11
Al día siguiente se sintió mal, pero tenía tal angustia que se sintió incapaz de llorar.
Él la llevó hasta Boston y le consiguió una casita amueblada ubicada en un pintoresco complejo de viviendas llamado Spring Valley para que no tuviera que trasladar sus pertenencias. Era de un miembro de la congregación y sería una especie de retiro espiritual, se quedaría allí unos días para poder pensar con calma en lo que haría.
Sintió tristeza al dejar la casa de Peter con sus cosas, pero sabía que era lo mejor en esos momentos. No era justo que se aferrara a él cuando sufría depresión y su madre acababa de hacerle comprender que había estado proyectando en ella todos sus sueños frustrados.
Durante el viaje no hablaron.
—Aquí estarás bien, Prude. Es una casita pequeña pero encantadora, de un barrio privado y su dueño viaja mucho a Europa y permanece vacío.
—Gracias Peter.
—No es nada. Sabes que te quiero Prude, y no quiero que estés conmigo si no te sientes preparada. Si este tiempo te hace bien será mejor para todos. Además, sé que necesitas procesar todo esto. Lo que te ha pasado no es nada fácil de asimilar. Tu madre pudo esperar a después de la boda para hacerte una revelación como esa o pudo hacerlo antes, pero bueno, ella tendrá sus razones. Pero te ama Prudence, eres su única hija y tu padre también, son personas buenas de gran corazón. No te alejes ni te enfades con ellos. Eres todo lo que tienen.
—Sí, lo sé… pero necesito tiempo. Tú lo sabes. Pero no quiero ni oír nada de mi padre biológico.
Llegaron a la casita del barrio Spring Valley en las afueras de Boston. Un barrio muy bonito y pintoresco pero lujoso, con sendos portones de hierro y varios guardias de seguridad.
Cuando entraron y vio la casa pensó que parecía una casa de muñecas. Era pequeña, pero lo tenía todo, y todo perfectamente decorado y organizado.
Cuadros de la virgen y el niño, crucifijos y algunos objetos de arte muy valioso. Esculturas.
—Es un lugar hermoso.
Peter sonrió y le dio un beso.
—Y estarás segura. La mayoría de los vecinos de aquí son de la congregación. Estarás bien.
Prudence lo miró y le dio las gracias y se derrumbó.
—Gracias… me siento mal por todo esto. No sé qué me pasa.
Él tomó sus manos y las besó con suavidad.
—Tranquila, no es nada, somos amigos, somos parte de la congregación cristiana del padre Alfred, pero somos humanos, tenemos dudas y es natural que estés así. A lo mejor necesitas más tiempo y yo… me asusté mucho y quise apurarte, pero eso no fue buena idea. Todo lleva tiempo y lo sé. Pero no creas que por eso debes volver conmigo. Te lo digo como amigo, Prude. Si piensas que no estás lista para casarte y sólo quieres mi amistad. No te sientas mal por eso. tranquila. Tú necesitas tomar distancia y lo entiendo. Quédate aquí el tiempo que necesites.
Prudence le dio las gracias y lloró mucho cuando se fue. Se sintió tan triste y vacía.
Luego se dijo que no podía quedarse así. Necesitaba ese tiempo, no podía salir corriendo detrás de Peter porque era el hombre más bueno que había conocido y me había demostrado cuánto me amaba. Esperaría, dijo que esperaría a que estuviera lista, pero aceptaría mi decisión fuera cual fuera. Pero ella sabía que no volvería con Peter.
Tantas cosas habían cambiado esas semanas y eso había afectado su relación. La había afectado todo y además… pensaba en su jefe con frecuencia y en ese beso que le había robado. No podía evitarlo. Era como su amante fantasma, algo prohibido y extraño.
Mientras daba vueltas por la casa se dejó caer en una poltrona cuando de pronto sintió su celular sonar enloquecido.
Era su jefe claro.
—Señorita Hamilton. Hace dos horas que la espero. ¿Es que llegará hoy o vendrá mañana?
—Lo siento, lo había olvidado es que hoy no me siento bien.
—¿Qué le pasa? ¿Le duele la cabeza?
—Me duele todo señor MacNeil y creo que hoy no podré ir a la cita. Iré mañana a primera hora cuando esté mejor—su voz se quebró. Entonces su jefe entendió que la cosa iba en serio y decidió dejarla en paz.
—Está bien. Mañana. Puedo enviar a mi chofer a buscarla si quiere.
—No, no será necesario. Tomaré un taxi. Estoy cerca de la empresa. Acabo de llegar a Boston.
—¿De veras? Oh vaya, ¿regresó a su departamento? —su alegría era evidente.
—No… estoy en una casa que me prestaron. Me tomaré unos días de descanso para reflexionar y…—se detuvo en seco. ¿Por qué rayos le daba explicaciones a ese hombre? No era más que su antiguo jefe.
—Qué magnífica noticia. Sabe. La escuché muy estresada y nerviosa la última vez que hablé con usted. Pero es normal, yo estaría en shock si tuviera que casarme en tres días—rio como si la broma fuera graciosa.
Iba a protestar, pero no quiso continuar esa conversación, eran asuntos personales que no le incumbían para nada.
Cuando cortó la llamada se metió en la cama y se durmió. Necesitaba descansar y olvidar, pero se durmió con lágrimas en los ojos pensando en Peter, preguntándose cómo había tenido coraje para abandonarlo, ¿por qué lo había hecho?