10 #4
—Prude, todos los hombres se casan para tener sexo, pero no sólo quieren una esposa que sea satisfactoria para ellos. Buscan afecto, formar un hogar y una familia. Pero para el hombre el sexo es muy importante. No debes pensar que tu novio es distinto a los demás, debes ser comprensiva. Es un buen hombre y te adora, cariño, está loco por ti y quiere una familia numerosa.
Prudence se sintió enferma cuando escuchó aquello.
Ya no le parecía tan divertido casarse y tener muchos niños, sabía que en ocasiones los sueños se hacían trizas. Allí estaba su madre que siempre había soñado con tener una larga mesa llena de hijos, llamarlos por número, y en realidad se lamentaba de haber abandonado su trabajo y sentir que no se había realizado totalmente como mujer. Rayos. Nunca había sido tan sincera en toda su vida y ahora entendía por qué su fobia a los espacios abiertos, su amor por los pequeños quehaceres domésticos no era más que su forma de conformarse, de tratar de ser feliz y sentir que era feliz. Y ahora estaba tejiendo ropita porque estaba convencida de que ella tendría una niña.
Ella que no era hija de su padre sino el fruto de una violación.
Ella que no la seguía el demonio como pensaba sino el fantasma del hombre que había su padre en vida. Porque ese loco pervertido no sabía lo que era conquistar a una mujer, amar, acariciar, todo lo tenía con violencia y amenazas. Y siguió durmiendo con su madre esos años, a escondidas, y ella cedió a él por temor a que su padre lo supiera todo. Una relación enfermiza y horrible. ¡Y encima lo defendía! Sólo porque le hizo un bebé luego de violarla y como ese era su sueño imposible. ¡Rayos!
—Cariño, tú no estás bien. No te vayas ahora. Lo siento mucho, tenías que saberlo. Algún día tenía que decírtelo, iba a esperar al día de tu boda.
Prudence se sintió enferma de rabia, tan confundida que no supo qué hacer. Estaba furiosa. Herida. Asqueada. Y sólo quería largarse antes de que su madre le hiciera más confesiones terribles ese día.
—Tengo prisa mamá, quería hablar con papá sobre esto, pero no creo que sea necesario. Ya sé la verdad—le dijo.
Su madre trató de detenerla.
—Trata de aceptarlo, trata de entenderlo por favor. No podemos cambiar el pasado y tú vas a casarte con un hombre maravilloso, un hombre rico y honesto, un arquitecto. No lo eches todo a perder. Déjalo que crea que el demonio te persigue. Querrá cuidarte y nunca te abandonará y con el tiempo todo esto se olvidará. El tiempo cura las heridas mi niña, siempre cura las heridas. Yo ya me sané mi niña, el día que te tuve en mis brazos todo el dolor que me provocó ese hombre desapareció. No sé por qué pasó, sé que debió ser tu padre, pero no fue así. Déjalo así. Sólo tú debes saberlo, nadie más. No se lo digas nunca a tu padre, no le hagas ese daño por favor. Aunque ya no esté. Promételo.
—No diré nada mamá, te lo prometo.
—Ahora cálmate y bebe otra taza de té, no te vayas así nerviosa o tu esposo se dará cuenta.
—Todavía no es mi esposo.
—Pero lo será en unos días.
—Ya no sé si quiero casarme con él.
—Ay no digas eso. Sólo te sientes confundida.
—Estoy herida mamá, estoy destrozada… casi habría deseado que me siguiera el diablo antes que saber esto—dijo.
—Cariño bebe este té, te sentirás mejor. Eres joven y hermosa, eres sana y vas a casarte. No dejes que nada te impida cumplir tu sueño. Necesitas a Peter y sé que él te hará muy feliz, es un buen hombre. Además, Jason es tu padre, siempre fue tu padre y nada debe cambiar entre los dos, sabes que no podías tener un padre más amoroso que él.
Para ella era muy fácil decirlo, pero para Prude no era tan fácil de asimilar esa bomba y en esos momentos simplemente no quería nada y punto.
Pero aceptó un vaso de agua fría, eso sí. Algo fresco que le diera fuerzas mientras su mente iba a mil por hora pensando y pensando…
Ahora su novio pensaba que el demonio la había marcado para reservarla para él, para que fuera su amante. Una historia absurda sacada de una leyenda urbana de Halloween. No era cierto. El diablo había sido su verdadero padre. Ese hombre misterioso de traje que seguía sus pasos, vivo y luego desde el más allá. Por eso sólo se quedaba allí aguardando que llegara a salvo a su casa, como si quisiera cuidarla.
Y ella que creía tener un admirador secreto.
Casi habría preferido que fuera así, un admirador chiflado que la rescatara de su monótona y programada existencia.
—¿Te sientes mejor, cariño? —le preguntó su madre con dulzura.
Prude la miró atontada y de pronto comprendió que ella lo había planeado todo y vio la caja llena de ropita de bebé porque estaba deseando que su hija se casara y se convirtiera en una incubadora viviente. Uno tras otro, dos, tres, cuatro. Seguramente había tejido un montón de ropita para sus futuros nietos. Y eso debía ser un gesto tierno le pareció una completa abominación, una esclavitud. Como si ella fuera el fantasma que seguía sus pasos, un fantasma que anhelaba vivir a través de otra persona porque su vida nunca había sido feliz, porque su sueño de tener una familia numerosa se había truncado. Y la había dejado volar un tiempo sí, abrió la jaula de su casa y ella voló presta para Boston dejando a sus padres aterrados de que le pasara algo y terminara en la lista de chicas jóvenes desaparecidas. Estudió un tiempo y se recibió, obtuvo un buen puesto y luego… le encontraron un marido para tentarla porque llevaba años buscando un novio y estaba cansada de estar sola. Soñaba con casarse de blanco y tener hijos, desde niña siempre había querido ser madre como si lo hubiera heredado de Beatrice…
Pero otra vez regresaba a la jaula, a jugar a la casita, a los bebés. A tener un marido que la dejaría encerrada por temor a que el diablo fuera a buscarla. Todo lo que había conquistado lo perdería para convertirse en la señora Bradley como su madre lo perdió todo luego de ser atacada por ese psicópata.
—Debo irme, mami. Peter se preocupará—inventó y tomó el celular.
Pero no llamaría a su novio para que fuera a buscarla.
Necesitaba estar sola, diablos. Sola sin tener que conversar o explicar nada, sin tener que dar explicaciones ni…
Maldita sea, ningún diablo seguía sus pasos. ¿Cómo pudo creer ese disparate? El diablo no existía y tenía dudas de que existiera Dios a esa altura.
No había nada más lindo que caminar libremente por la calle sin pensar que algo horrible podía pasarle en cualquier momento.
Necesitaba de ese tiempo para pensar y digerir esas revelaciones nefastas sobre su origen.
Y mientras caminaba y miraba distraída a su alrededor pensó que toda esa historia parecía muy irreal. ¿Su madre realmente había sido violada por ese hombre o se dejó llevar luego de unas copas en una fiesta de la empresa?
Empezaba a hacerse preguntas porque no entendía bien qué relación tenía su madre con ese sujeto. ¿Cómo permitió que él la viera como si nada sólo porque era su padre biológico?
Ella jamás debió saber que había tenido un padre como ese.
Su celular sonó entonces y no quería atender porque pensó que sería su novio para decirle que iría a buscarla en una hora. Pero el maldito volvió a sonar y no quería atender porque pensó que sería su novio para decirle que iría a buscarla en una hora. Pero el maldito volvió a sonar.
Lo tomó molesta y entonces no reconoció el número.
—Señorita Hamilton. Soy McNeil.
Su antiguo jefe. Vaya.
—¿Cómo está señor MacNeil? —preguntó nerviosa.
—Bien, me siento feliz. ¿Ya se casó señorita?
—Todavía no. Quizás el viernes.
—Demonios, no se la oye muy animada.
No, no lo estaba, estaba al borde de las lágrimas.
—Estoy bien. Lamento mucho lo del incendio, le aseguro que en la congregación también están muy apenados.
—Bueno, la policía está siguiendo una línea de investigación nueva. Parece que fueron unos adolescentes que dejaron una fogata encendida y se fueron.
Esas palabras le causaron tanto alivio.
—Pues me alegro.
—Señorita Prudence, no son buenas noticias para su amada congregación.
—¿Qué dice?
—Los jóvenes que incendiaron por accidente pertenecen a la congregación cristiana del padre Alfred y dicen que lo hicieron para espantar al demonio. Esa era su idea. Ahora no podrán escapar a la demanda.
—Señor MacNeil, aguarde, no puede hacer eso. Son gente que no tiene dinero y lo poco que tienen lo utilizan para ayudar a los demás. Hacen una obra muy importante en Providence.
—Sí, eso he oído. Sé que hacen una obra muy importante pero el daño que he sufrido en mi propiedad es cuantioso. Sospecho que alguien los envió a invadir mi propiedad. Y tendré que seguir adelante con la demanda, lo siento.
—Señor MacNeil, usted nunca dijo que esa fuera su propiedad. Jamás me advirtió eso. dijo que era de un amigo.
Él demoró en responderle.
—Era un legado familiar señorita, un legado que sólo quería vender a un precio conveniente. Un negocio que se vio arruinado causándome pérdidas cuantiosas.
—Pero usted tiene otras propiedades, no es un hombre pobre.
—Y eso qué?
—Si usted demanda a la congregación ellos no podrán seguir adelante con su importante proyecto, deberán venderlo todo. Por favor señor MacNeil, no puede ser tan cruel. Quizás podríamos llegar a un acuerdo.
—¿Un acuerdo?
—Tengo mis ahorros, puedo pedir prestado.
—Señorita Prude, esa casa valía medio millón de dólares realmente tiene ¿usted ese dinero para pagármelo?
—No, pero por favor, no sea tan cruel. Si demanda a la congregación ellos tampoco podrán pagarle y se embargarán sus bienes, eso no es justo. Los arruinará, por favor.
Al ver que lloraba su jefe recapituló.
—Está bien, quizás podemos llegar a un acuerdo con respecto a eso. si vuelve a trabajar conmigo quizás se me vaya todo el enfado que tengo con esa congregación. Venga a verme mañana para conversar sobre esto. Es usted una empleada muy valiosa y no quiero perderla por una boda. Piénselo. No hay razón para que deje de trabajar.
—Pero me mudaré muy lejos.
—Eso lo podemos arreglar, pondré oficinas en Saint Denis, me agrada ese pueblo monacal de filántropos y monjes errantes.
Prudence rio cuando dijo eso.