10 #2
—Porque te pareces a mi abuela, por eso te llamé como ella. Eras tan coloradita y ardías, siempre ardías de niña, de bebé. No era necesario abrigarte el médico me aconsejaba que no… porque eres muy colorada por eso. Pero tu padre dice que te pareces a mí.
Sí, se parecía a su madre en los ojos, en algo, su madre que en sus años mozos fue rubia, delgada y muy hermosa. Ahora había engordado, pero seguía siendo hermosa por supuesto.
—No me parezco mucho a ti mamá, aunque me gustaría ser como tú. Tener tu cabello rubio y sedoso, tu piel blanca. Yo siempre estoy colorada, tengo pecas y no me siento cómoda con mi cuerpo. Siempre tengo que cuidarme para no engordar.
—¿Ay qué dices? Eres preciosa con ese cabello rojo y esos ojos tan bonitos, te pareces tanto a mi abuela. Y ella se casó tres veces y siempre tenía un montón de enamorados.
Prudence sonrió.
Ya no le parecía tan divertido casarse y tener muchos niños, sabía que en ocasiones los sueños se hacían trizas. Allí estaba su madre que siempre había soñado con tener una larga mesa llena de hijos, llamarlos por número, y ahora estaba tejiendo ropita porque estaba convencida de que ella tendría una niña. Siempre encerrada, con una vida doméstica y gris, sin desafíos, sin alicientes…
—Mami ¿tú piensas que la marca que tengo en mi cuerpo es del diablo? —le preguntó de repente.
Su mirada cambió
—Tú sabes esa historia del diablo? Dime la verdad. Peter me contó ayer que… yo no creo, pero me da mucho miedo.
Ella no dijo palabra, pero la vio nerviosa, afectada.
—¿Entonces es verdad? Por eso nunca podía ir a ningún lado de niña.
—No era por eso, era porque eras mi niñita, mi hija y te amé desde el primer instante en que te vi. Yo no podía quedar embarazada, perdía los embarazos y sufría tanto. Tú fuiste un milagro para mí, por eso no te dejaba ir a ningún lado. Tenía tanto miedo de perderte.
—Sí, eso ya lo sé, pero esa marca. Esta carta, la carta que escribió el padre Alfred antes de morir. Léela por favor.
Su madre tomó la carta y la leyó muy seria. De pronto la vio llorar y se alejó demasiado atormentada para hablar, o quizás porque no quería hablar. Quería guardar silencio como siempre había hecho.
—No, no es el diablo Prude. Esto ya ha llegado demasiado lejos y es tiempo de que sepas la verdad. El padre Alfred pensaba sí que había un demonio acechándote, pero eso no pasó.
—¿Entonces por qué lo creía? Qué me estás ocultando mamá, dime la verdad por favor.
—Esa marca que tienes es un antojo, eso dijo el doctor. Hace veinticuatros años Prude yo estaba desesperada porque no podía quedar embarazada, hice tratamientos, me hice todos los exámenes y no sabían por qué no podía quedar embarazada. Estaba deprimida, muy triste, llevaba seis años casada y nada, perdí tres embarazos, perdí a tus hermanitos.
—Sí eso lo sé, ¿pero ¿qué tiene que ver? No entiendo.
Su madre no la escuchó, parecía sumida en el pasado.
—Había un hombre entonces que me seguía todos los días, pero yo no me daba cuenta, una compañera de trabajo me lo dijo. Yo trabajaba en las oficinas del Sheraton, tenía un buen puesto y como perdía los embarazos mi doctora me aconsejó que siguiera trabajando que me haría bien salir de casa. Yo sufría una horrible depresión y cuando uno está mal atrae las cosas malas. Sin embargo, no le di importancia a lo que me dijo mi compañera de trabajo. No lo hice… había un hombre siguiéndome. Era un sujeto con un auto muy caro y atractivo. Yo era una mujer delgada y muy guapa, me arreglaba porque siempre fui muy cuidadosa de mi aspecto y a la oficina iba impecable. Como recién salida de la peluquería.
—Hasta el día de hoy pareces haber salido de la peluquería.
—Pero ya no como antes, he engordado y no me veo bonita. Pero entonces sí era muy guapa y pensé que por eso ese caballero me miraba. No le di importancia. Mientras no me dijera nada grosero no debía darle importancia—suspiró—Hasta que noté que me esperaba siempre a la salida del trabajo los jueves. Siempre los jueves o los viernes. No sé qué ganaba con ello, pero lo hacía. Entonces comencé a preocuparme y le pedí a tu padre que fuera a buscarme, pero no le dije nada. No quería que hubiera un incidente, tu padre no se lo tomaría con tanta calma.
El misterioso admirador me vio con tu padre y noté su cara de odio. Lo miró como si quisiera matarlo. Y yo pude ver su rostro y lo reconocí. Era Edmund Jefferson, mi antiguo jefe. Yo dejé de trabajar con él porque me acosaba. Era muy sutil por supuesto, nunca intentó nada, pero su mirada me hacía sentir muy incómoda. Él era guapo, viril, pelirrojo y pecoso.
Saber ese detalle llenó de alarma a Prude.
—Mamá, ¿estás diciendo que ese hombre es mi padre?
Ella la miró con tristeza y resignación.
—Deja que termine mi historia y te explique lo que pasó. Por favor. Ten paciencia. Luego comprenderás por qué… en fin. Luego de ese encuentro el señor Jefferson desapareció. No lo vi más y me dije que a lo mejor yo le gustaba quiso acercarse a mí, pero al ver que era casada se alejó. Era lo más sensato.
Pasó el tiempo y me ascendieron y tuve que trabajar más horas. Eso me dejó algo desgastada, tu padre quería que renunciara y me quedara en casa, me veía muy cansada, pero yo no soportaba el encierro, las tareas domésticas me abrumaban y también la tristeza de ver la cuna vacía, porque seguíamos intentándolo y nada. Ya no podía quedar embarazada.
Casi me había olvidado de ese hombre cuando un día de lluvia lo vi esperándome a la salida del trabajo. Apareció como un fantasma, de la nada y lo vi frente a frente. Era un sujeto alto, y bien plantado, guapo, pero su mirada era extraña y me dio miedo. Me habló, fue cortés, quiso entablar conversación hablando de nuestro antiguo trabajo, pero yo me alejé diciéndole que mi esposo llegaría de un momento a otro. Él me siguió, insistió y entonces noté que era noche cerrada y llovía y por la lluvia las calles estaban desiertas.
Prudence sintió su corazón al latir acelerado cuando su madre le contó el resto de la historia.
—Quise correr, gritar, pedir ayuda porque creo que supe entonces que estaba allí con un propósito Prudence, por eso me acechaba. Pero me avergonzaba pedir ayuda, traté de alejarlo, de defenderme. Pero él me empujó, me atrapó y me metió en su auto. Fue tan rápido que no pude hacer nada. No estaba solo, alguien lo ayudó, alguien conducía ese auto a toda velocidad mientras yo luchaba y le rogaba que no me hiciera daño. Nunca en mi vida había enfrentado algo tan horrible como eso. Sabía que me había llevado para violarme, cuando me tuvo allí comenzó a besarme, a tocar mi cuerpo y ahogó mis gritos con sus besos.
“Cálmate, no te lastimaré preciosa. Si haces lo que te digo te dejaré ir y podrás volver con tu esposo” me dijo. Era un hombre muy fuerte, jamás habría tenido oportunidad así que hice lo que me decía. Me llevó a un departamento inmenso y yo entré allí sin gritar, sin armar escándalo, pero sabía lo que me esperaba. Estaba muerta de miedo, pero no grité ni pedí ayuda. Tuve miedo de que me matara. En realidad, casi no me importaba que me violara, pero quería escapar con vida. Él vio que estaba nerviosa y una vez dentro sí lloré, cuando me vi encerrada por ese extraño. Yo nunca había estado con ningún hombre en mi vida, sólo con tu padre y jamás pensé que estaría con otro hombre. “Por favor, no me haga daño, le rogué. Déjeme ir, le rogué nerviosa.”
Él me vio llorar y no dijo nada, sólo fue por un trago de lo que parecía ser whisky y me lo tendió.
—Bebe, te hará bien. Tranquila, no voy a lastimarte, sólo haz lo que te pido y te dejaré ir. Sana y salva.
Obedecí, estaba atrapada. No saldría viva de ese departamento si no me entregaba a él. Dijo que usaría la fuerza si me resistía, que había esperado mucho por tenerme y cosas así.
Quise correr, quise escapar, pero no pude y al final me entregué a ese demonio. Lo hice, estaba asustada y sentí tanto miedo de que me matara. No tenía escapatoria. Me entregué a él y le complací esa noche y la siguiente, durante días, como si realmente fuera su mujer y luego me liberó. Lo hizo. Me llevó de regreso a casa como si nada hubiera pasado.
Yo estaba destrozada y apenas llegué a casa me di un baño y lloré, lloré y me sentí horrible por lo que había hecho. Pero al menos estaba viva. No me había matado, tuve mucho miedo de que me hiciera daño a mí o a tu padre.
Tu padre no estaba en casa y vi una noche. Al parecer estaba de viaje entonces porque acababa de perder al tío que lo había criado y yo me quedé sola en casa. Creo que él sabía eso, sabía que esa noche tu padre no iría a buscarme lo cierto es que me tomé un tranquilizante y me fui a dormir y luego pedí unos días en el trabajo. No fui a un médico, no fui a la policía pensé que si lo denunciaba él me mataría Prudence, lo haría, a mí o a tu padre, aunque no fue rudo conmigo, no me lastimó. Yo cedí a él y entonces creo que pensé que no tendría pruebas. Antes era muy difícil demostrar una violación si no tenías marcas y heridas. En realidad, tampoco me habría atrevido a denunciarlo. Sólo quería largarme de esa ciudad y que nunca me encontrara.
Su madre hizo una pausa y se sirvió un vaso de agua fría.