10
Al día siguiente fue a la congregación a ayudar a su amiga Tamsyn a juntar las donaciones para la kermesse. Trataba de distraerse y no pensar en su boda ni en el incendio, en nada. Pero era muy difícil.
Y su amiga notó que algo le pasaba.
—¿Que tienes Prude? ¿Nerviosa por tu boda? Ya falta poco ¿eh? Apenas dos días.
Ella miró a Tamsyn y asintió. Tenía razón. Su boda se acercaba, pero lo más raro era que no estaba nerviosa por casarse sino por todo lo demás.
—Estoy un poco nerviosa, sí—dijo sin mentir.
Entonces pensó en su jefe y en el incendio.
—¿El señor MacNeil ha vuelto a molestarles? —quiso saber cómo si su antiguo jefe fuera un acosador.
Su amiga lo negó con un gesto.
—No, pero yo creo que prepara una demanda millonaria. Sólo que tiene que encontrar pruebas y todavía no hay nada. Los bomberos y policías estuvieron allí en busca de evidencias, pero al parecer no encontraron nada. Estoy segura de que fue un accidente, que fueron unos chicos que fueron a ese lugar a divertirse y la broma terminó de la peor forma.
Prudence decidió marcharse. Llamó al chofer de su novio para que la llevara a casa de sus padres en May. No estaban muy lejos, llegaría en media hora. Sabía que les debía esa visita hacía tiempo, era increíble que estuviera tan cerca y no hubiera podido hacerse un tiempo para ir.
Simon, el chofer de su novio llegó en menos de diez minutos, pero cuando supo a dónde quería ir se mostró indeciso.
—Aguarda, le preguntaré al señor Bradley.
¡Rayos! ¿Por qué todo tenía que preguntarle a su novio?
Al parecer él dijo que sí y Simón le abrió la puerta trasera para que entrara y Prude entró, nerviosa, pensando que no sería sencillo hablar de ese asunto con sus padres.
Estaba tan nerviosa cuando llegó que sintió que las piernas le pesaban. Tenía tantas cosas en la cabeza, pero en esos momentos, rayos, no era justo. Pronto sería su boda y debía estar tranquila.
Su madre se puso muy contenta al verla, estaba enfrascada en la divertida tarea de tejer ropita de bebé en croché seguramente para algún nieto de una amiga suya, le encantaba tejer ropita de bebé. Siempre había querido tener más hijos, pero el señor sólo la envió a ella… a la novia del diablo.
Prude apretó los labios molesta por tener esos pensamientos. Su madre la miraba con su cara redonda rebosante de alegría y ternura.
—Mi niña, has venido a vernos. Qué alegría.
Siempre decía frases como esa y se preguntó si tendría cincuenta años y seguiría llamándola mi niña.
—No digas eso mamá, ya no soy una niña—dijo.
Ella sonrió cómplice sin darle ninguna importancia hizo un ademán con la mano como si le respondiera, oh, déjalo ya.
—Falta poco para tu boda, cariño. Tan poco. Imagino que has de estar nerviosa, yo lo estoy casi como tú.
Oh sí la boda. Si supiera que le importaba un rábano su boda. O quizás sí, en esos momentos sus estados de ánimo oscilaban entre la apatía y la euforia, totalmente fuera de control.
—Es verdad, pronto seré la esposa de Peter—dijo.
No era una frase feliz, no era más que una frase hecha para entablar conversación y buscar las palabras exactas para hablar de lo otro, de eso otro que le daba tanto miedo.
Su madre la miró sonrosada mientras guardaba cuidadosamente las batitas de bebé que tejía con tanto amor. Como las mujeres de antes, que tejían, cocinaban y eran tan felices con las tareas domésticas. Pero tejer todo eso y preparar esa ropita era un acto de amor genuino y ternura. Durante años ella usó esos vestiditos que su madre le hacía pues le encantaba vestirla a su manera, escoger la tela y diseñar los vestidos de su única hija. Tenía un montón de vestidos y siempre fue la envidia de sus amigas pequeñas que se quedaban bobas mirando sus preciosos vestidos, hasta que creció y los vestidos ya le aburrían quería usar calzas, jeans, pero era demasiado regordeta entonces y la avergonzaba mostrar su cuerpo.
Cuando adelgazó tras pasar la adolescencia seguía teniendo vergüenza de mostrarse en calzas apretadas, lo creía impúdico. Así que usaba vestidos, faldas y algún jean.
—¿Para quién es esta ropita, mamá? —le preguntó interesada. Tenía una caja llena, pudo verlo. Y debía ser para una niña pues hasta le había tejido un vestidito color blanco que era la cosa más tierna que había visto en su vida. Todo estaba cuidadosamente cubierto por nylon transparente y empaquetado.
Su madre la miró con una sonrisa radiante.
—Es para tu bebé, Prude. He soñado que tenías una hermosa bebita de cabello oscuro y ojos tan azules, tan hermosa. La he visto varias veces y supongo que muy pronto quedarás embarazada y tendrás una niña.
Prudence tragó saliva y trató de tomárselo a broma.
—Mamá, todavía no me caso ¿y ya quieres que tenga un bebé? ¿Sólo porque tuviste un sueño? Es ridículo.
—Prude, tú eres muy fértil. Tendrás muchos niños y soy tan feliz de que el señor me permita verlos. Supongo que es por el tratamiento que hice para quedar embarazada, me dieron muchas hormonas. Sabes que no podía quedar y deseaba tanto un bebé.
Conocía esa historia, y luego la tristeza de su madre al perder tres embarazos de forma consecutiva. Pudo tener tres hermanos, dos varones y una niña, pero todos habían muerto meses después de ser gestados. Su madre estuvo muy triste y por eso tuvo que ir al médico para que le recetara tranquilizantes pues durante mucho tiempo sintió el llanto de esos bebés que no habían nacido llamándola. O eso decía ella. Los escuchaba todo el tiempo, a cualquier hora y eso le afectó los nervios. Prude lo recordaba bien.
—Pero sé que tendrás muchos niños Prude, y he visto a la niña en sueños, es una bebé hermosa, castaña de ojos muy azules. Supongo que se parecerá a Peter.
—Peter no tiene ojos azules, mamá.
Ella pareció desconcertada pero no le dio importancia al detalle.
Prude comprendió que no podía simplemente contarle aquello que la angustiaba, su madre estaba atacada de los nervios otra vez y se imaginaba que pronto tendría una nieta.
—¿Y papá? ¿Dónde está? —preguntó luego.
Ella la miró inquieta.
—Tuvo que ir a hacer mandados al centro, tal vez demore, siempre se queda conversando con sus amigos en el bar—sonrió con dulzura al hablar de su padre y de pronto se puso seria: —Has perdido mucho peso Prude, no te alimentas bien. Debes estar fuerte para poder tener hijos. No es bueno adelgazar ahora.
—Mamá por favor, exageras, no necesito ser una pelota para ser saludable—se quejó molesta. Durante años ella había sido una pelotita pelirroja de vestidito de mejillas rosadas y pecosas, durante años fue el hazmerreír de la secundaria por ser un tonel y ahora que al fin lograba recuperar la línea, tras años de cambiar hábitos alimenticios. No era justo. Durante mucho tiempo gobernó su vida y la alimentó con un exceso de vitaminas, suplementos, carbohidratos hasta que la pobre llegó a odiarse frente al espejo. A la edad en que sus amigas empezaban con los noviecitos, que me mira, que lo miro, ella se sentía un bicho feo, demasiado redonda para gustarle a alguien. Hasta que un buen día se desmayó porque estaba al borde de la diabetes por la gordura y los malos hábitos y una doctora reprendió a su madre por alimentarla tan mal.
Luego todo cambió, perdió quince quilos en seis meses y comenzó a verse más delicada y guapa. Comenzó a hacer deporte, se anotó en un club, pero dejó porque sus padres temían que alguien la violara en algún vestuario.
Fue un triunfo que permitieran que fuera a un club, pero luego comenzaron a ponerse nerviosos con un entrenador que al parecer se rumoreaba miraba mucho a las alumnas.
Nunca había sido adepta a los deportes y se resignó.
—Mamá estoy perfectamente, estoy como siempre quise estar. No era divertido ser la pelota de la clase—dijo ácida.
Su madre la miró sorprendida de su respuesta.
Prudence comenzó a aburrirse y la historia de que tendría una niña la puso de mal humor. No estaba segura de su boda, ¿cómo podía pensar en tener hijos?
—Oh cariño te irás? No te vayas tan pronto. Ven, conversemos un rato. Tengo pastel de chocolate y helado, tu favorito.
Prude sintió que se le hacía agua la boca, durante años había luchado por contener su glotonería porque sabía que luego engordaría sin remedio y no quería. Cuidaba mucho sus calorías y todo lo que comía. Había aprendido a evitar todas esas golosinas que su madre llamaba nutritivas para fortalecer los huesos y que no eran más que calorías innecesarias.
—No quiero, gracias—balbuceó.
Su madre le sonrió.
—Pero has venido recién, no te vayas. Quédate. Acompáñame con un trozo de pastel. No vas a engordar porque comas un trozo.
Aceptó vencida. Tampoco quería salir corriendo. Tenía en su cartera la carta y sentía que le quemaba. A lo mejor su madre no sabía nada de eso. A ella le seguía pareciendo una historia tan absurda y extraña.
—Te ocurre algo, cariño—le preguntó su madre mientras le servía un jugo de naranja natural.
—Nada, estoy bien.
Ella le sonrió.
—Debes estar nerviosa por la boda, pero no debes preocuparte. Peter es el indicado para ti. Es un hombre tan noble y bueno. Sabrá cómo tratarte Prude. No debes tener miedo a tu noche de bodas que…
La joven puso colorada, mucho más de lo que era por naturaleza.
—No me da miedo eso—protestó con la esperanza de que se callara.
Pero ella continuó.
—En el pasado todas las mujeres de la familia hablaban con sus hijas sobre la noche de bodas. No es algo que deba avergonzarte. Ya no eres una niña. Ni tampoco pensar que sentirás dolor porque no siempre es así… pero sí sangrarás bastante, a veces durante días.
—Eso ya lo sé, mami. Tengo veintidós años, me he informado al respecto.
Ella sonrió con orgullo, pero de repente cambió.
—Tú lo quieres a Peter, te ves tan enamorada, pero algo te preocupa, me doy cuenta. Te conozco tan bien, Prude.
Ella sostuvo su mirada.
—No me parezco nada a ti mamá ni a papá—dijo de repente.
La mirada de su madre cambió, se puso alerta.