9
Al día siguiente ocurrió la tragedia. Se enteró por las noticias nada más despertar, alguien había incendiado Berestford house y ardió en llamas hasta convertirse en cenizas, como un demonio que había vivido demasiado tiempo entre los nuestros, finalmente le llegaba su hora.
Prudence contempló las imágenes y tembló pues la policía mencionó la congregación cristiana del padre Alfred como responsable de ese delito.
“Al parecer, sospechan que alguien de la congregación quiso vengar la prematura muerte del padre Alfred”.
—Rayos, no…
Prudence acababa de despertarse y no se sentía bien, estaba muy cansada por las emociones del día anterior y todo aquello la dejó aturdida y molesta. No era justo que acusaran a la congregación.
Buscó a su novio, pero no lo encontró por ningún lado. Seguramente había ido a Saint Denis. Estaba siguiendo de cerca el final de obra de la casa, ya casi estaba lista para que fueran a vivir allí, pero faltaban detalles.
Se quedó parada mirando la tele sin saber qué hacer cuando de pronto sonó el teléfono.
—Señorita Hamilton, ¿ya vio las noticias?
Era su jefe, demonios.
—Sí. No sé qué pasó.
—Prendieron fuego una propiedad muy valiosa señorita, en venganza por la muerte del padre Alfred.
—No pueden culpar a la congregación.
—¿Ah no? ¿Quién más lo haría? La policía cree que fueron ellos, hay ciertas pistas. Vaya, al parecer, su adorada congregación no es tan santa como usted creía. Hay un lobo entre las ovejas. No me extraña, siempre es así.
Prudence no supo qué decir, su jefe estaba furioso y ella se sentía muy nerviosa al oír su voz.
—Lo siento, jamás creí que…
—Cómo entraron al predio me pregunto yo. Destruyeron las cámaras de seguridad, todas, antes de incendiarlo todo. Fueron muy astutos y me pregunto si usted…
—Yo no tengo nada que ver con eso, por favor.
—Bueno, me parece que tendríamos que conversarlo ¿no lo cree?
—¿Conversar? ¿Acaso está acusándome de algo tan horrible? Ayer estuve en Boston, y vine aquí y me quedé en mi casa de mi novio el resto del día. ¿Cómo cree que haría algo así? —Prudence estaba al borde de las lágrimas. Su voz se quebró de repente. Comprendía que el daño causado a la propiedad era inmenso.
—No estoy culpándola, pero no se ve nada bien que usted pertenezca a esa congregación en estos momentos. La interrogarán me temo. Quisiera evitarlo, pero…
—Pueden interrogarme si quieren, no tengo nada que esconder.
—Si sabe algo de esto.
—No, no sé nada.
—Pero el padre Alfred murió y usted estaba muy afligida.
—Por supuesto que lo estaba, por mi culpa murió, por su culpa en realidad.
—¿Mi culpa, dice usted señorita? No fue mi culpa que ese hombre no oyera a los médicos y siguiera peleando con demonios como hizo toda su vida.
Prudence guardó silencio hasta que exasperada dijo:
—¿Qué quiere de mí, señor MacNeil? Voy a casarme en una semana, necesito un poco de tranquilidad, no querrá arruinar el día más feliz de mi vida enviándome a la policía ¿no?
—Por supuesto que no… le enviaré un lindo presente de bodas muy pronto.
Su voz se oía extraña y esas palabras se le antojaron muy turbias. Como si fuera a enviarle una bomba o algo así.
—Pues lamento mucho lo del incendio, pero no fue mi culpa ni sé nada de esto. Quizás fue algún pirómano loco o algún chiflado. Dudo mucho que fuera alguien de nuestra congregación. Jamás hubo un incidente semejante.
—Oh claro, el pueblo elegido de Dios, los amados puritanos.
—No somos puritanos, somos cristianos. Usted no sabe nada de nosotros señor MacNeil.
—Pero la policía sospecha de su congregación señorita. El escándalo es inevitable y también el juicio que les hará mi amigo, el señor Murphy si se descubre que fue alguien de su preciada secta.
Prudence se sintió muy angustiada luego de esa llamada. Tenía que hablar con la congregación, pero no podía acusar a nadie, estaba segura de que todo había sido la obra de un maniático. Los daños eran cuantiosos, no dejaban de decirlo en todas partes.
Fue un fin de semana de pesadilla para Prude y la congregación que recibió la visita de dos agentes para interrogar pues alguien había acusado a la congregación.
Durante la liturgia del domingo todos estaban tristes y preocupados.
Prudence se reunió con Tamsyn Becket, una de sus amigas de la congregación. Sentía mucho afecto por Tassie como le decía ella, se conocían desde los trece años cuando sus padres comenzaron a frecuentar la iglesia del padre Alfred. Se hicieron amigas. Tamsyn era delgada alta y de cabello castaño enrulado y ambas se aburrían un poco durante la misa, así que comenzaron a charlar y desde entonces se habían hecho amigas. Fue una alegría encontrarla allí. Tamsyn se había involucrado mucho más y siempre organizaba kermesse benéficas para los huérfanos, o charlas a los jóvenes para que dejaran las drogas. Lo suyo era la docencia y se había recibido recientemente de profesora de historia y daba clases en un colegio de Providence muy exclusivo.
—Prudence—dijo y se le acercó para saludarla. Se abrazaron y comenzaron a charlar.
Luego de vacilar un momento se reunieron en los jardines y se sentaron en los bancos bajo los árboles.
—Cómo estás amiga? Supe que vas a casarte muy pronto.
Prude sonrió.
—Sí… ayer compré el vestido en Boston y… es que estoy algo asustada.
Tassie sonrió.
—Es normal. Es un gran cambio. Dejarás tu organizada vida de virgen solterona para ser la esposa de un hombre notable muy guapo. Sí que tienes suerte.
—Bueno, sí, es verdad. Pero háblame de ti. ¿Qué ha sido de ti en ese colegio de niños ricos?
Su amiga hizo un gesto muy suyo que expresaba risa y cierto desconcierto.
—Estoy contenta, ciertamente, pero nada me gratifica más que trabajar con los necesitados. Con los jóvenes que tienes problemas. Les hace tanta falta ayuda y consejo, que alguien los guíe. Su vida mejora mucho cuando hacen amistades aquí y conversan, comparten sus historias y, además, encuentran una salida a las drogas realizando actividades. Descubren qué hacer. Te sorprendería saber lo desconcertada que está nuestra juventud con tanta tecnología y egoísmo. Es como si su familia fueran robots, pegados al teléfono, a la computadora, la televisión. No hablan, no sufren… sólo están pendientes de su maldito celular, de las redes… y ellos vienen aquí y encuentran a personas que conversan que los escuchan y pueden aprender tareas manuales, algún oficio que los rescate de esa vida de drogas, pero la falta de afecto y atención… eso es lo que más les hace daño.
—ES verdad. Nosotras nos criamos en una familia más afectuosa.
—Es que no había tanta invasión como ahora de la tecnología, realmente la gente está quedando estúpida por sus celulares y ni te digo cómo los distrae a la hora de estudiar y concentrarse. Es como un juguete para todo uso y edad. Un juguete del que nadie se desprende nunca. Y es como una adicción más. Cuando llegan aquí se ponen muy nerviosos cuando no tienen el celular con ellos. Pero cuéntame de ti. Vas a mudarte a Saint Denis.
—Sí…
Prudence no estaba muy elocuente ese día, no quería hablar de su boda ni de Peter ni de su nuevo hogar. Estaba preocupada por la congregación y el incendio y no tardó en sacar el tema a colación.
Sabía que había ido la policía la tarde anterior y aunque no detuvieron a nadie quería saber por qué habían ido.
La expresión de Tamsyn cambió.
—Solo vinieron a hacer preguntas. Si sabíamos algo de lo ocurrido el viernes en la noche. Si escuchamos alguna conversación sobre la muerte del padre Alfred. Mencionaron eso, ataron hilos… como si tuviéramos un espía aquí.
—¿Un espía?
—Sí, porque ellos sabían bien la tragedia que sufrimos. El padre Alfred falleció luego de ir a Berestford house, hizo una semana de su muerte ayer. Pobrecito. Se fue tan pronto y sin embargo a él no le importaba la muerte, no le tenía miedo ni nada, decía que Dios lo llevaría cuando fuera el momento y que lo importante era irse sabiendo que continuaríamos su obra. Pero nadie mencionó que fue por la casa, el padre sufría del corazón, pero no le prestaba importancia, creo que olvidaba ir al médico, ¿sabes?
Prudence se sintió mal al pensar en el padre Alfred.
—Pero alguien mencionó que el padre falleció luego de ir a Berestford house y también que lo acompañaron hermanos de la congregación y la policía lo sabía. Alguien le dijo. Supongo que todo el pueblo quedó conmocionado con la tragedia.
—¿Y tú qué piensas Tamsyn?
Su amiga parecía algo atemorizada.
—No lo sé, no quiero pensar que alguien de aquí lo hizo en represalia por la muerte del padre, él no lo habría querido. No lo habría aprobado. Pero es demasiada coincidencia.
—Fue mi culpa, yo le dije al padre que fuera Tassie, mi jefe me lo pidió. Quería vender la casa y yo no sabía, no imaginaba que esa casa fuera tan nefasta.
—Prudence, no te culpes, te lo dije el día del funeral. No fue tu culpa. Pocos conocen la verdadera historia de esa casa siniestra, yo sabía porque mi abuela vivió cerca de Berestford y todos conocían bien su historia. Pero el padre quiso ir y nada le habría detenido.
—Pero ¿qué había en esa casa, Tamsyn? ¿Tú lo sabes? Qué era tan poderoso y maligno que …
La expresión de su amiga cambió y se persignó.
—Berestford house era el hogar de un demonio, Prude, un demonio impío que enloqueció a los antiguos amos de la mansión los empujó a cometer esos crímenes y luego… el mal perduró. Me gustaría pensar que luego de quemar esa cama el demonio se fue, pero esas cosas quedan en el lugar, en la tierra. Y si construyen otra casa allí el demonio regresará. Aunque se dijo que tal vez quemar esa casa fue lo mejor, no estoy segura de que sea el final de esa criatura impía. Pero olvida esto Prude, no te preocupes. Saldremos de esta. No hicimos nada además y tú… tú debes preocuparte por tu boda. Vas a casarte muy pronto. Deja estos asuntos para nuestro Señor, él sabrá qué hacer.
Prudence suspiró. El remedio le estaba haciendo efecto. Pero luego de la llamada de su jefe y el incendio… estaba nerviosa. Preocupada, no podía evitarlo. ¿Realmente habían incendiado esa casa?