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Caminaba por la avenida cuando de pronto tuvo una sensación extraña y se volvió, fue como si lo presintiera. Y entonces lo vio, al hombre que siempre la seguía parado cerca de una esquina, en las sombras. Pero no vestía jeans sino un elegante traje sport.
La había encontrado. No podía ser. Era él, podía sentirlo. El acosador que siempre la esperaba al regresar del trabajo y se quedaba allí sólo para mirarla. Pero no permitiría que la dominara el pánico. Se metería en una tienda y haría tiempo, hasta que llegara su novio.
Estaba asustada, nerviosa, no era buen momento para enfrentar a su acosador ni tratar de adivinar quién era. En realidad, creía que sería nefasto tratar de acercarse a ese chiflado. Podía tener un arma y hacerle daño. Por suerte sólo la espiaba, la miraba no sabía por qué.
Entró en una tienda y vio un bonito vestido de novia. Sencillo. Largo y blanco. Un vestido precioso y muy favorecedor para una pelirroja pechugona como ella. Sabía que era un problema verse esbelta con tanto blanco, habría preferido azul o negro, pero no podía casarse como si fuera la viuda negra.
Así que se encaminó al mostrador y preguntó con el diseño que había en el escaparte.
—¿Es para ti? —preguntó la empleada con una sonrisa encantadora mientras pensaba si habría su talla.
—Sí. Quisiera probármelo.
Era una locura lo que estaba haciendo, comprarse un vestido de novia a las apuradas, sin saber ni cómo le quedaría. Pero lo hizo, se encerró en el probador y con la ayuda de la empleada se probó el traje blanco largo y justo de escote redondo y muy clásico.
—Le queda que ni pintado—le dijo la empleada flaca con los ojos desorbitados.
Ella se miró crítica. No. No le quedaba tan pintado. Su abundante pecho no se veía bonito en una novia y además la ajustaba y la dejaba como una perfecta butifarra.
—No me favorece, necesito un vestido que sea más decente o mi novio se enfadará.
La empleada ladeó la cabeza como si fuera un pájaro sin poder creer lo que decía.
—Eh perdón? Los novios tienen ojos de enamorados y sólo la verá hermosa, señorita. Además, le queda que ni pintado.
¿Que ni pintado? Qué expresión tan anticuada para una joven de su edad.
—Es que no me veo bien, necesito esconder esta delantera.
—Oh claro que no, debe mostrarla. Usted tiene una delantera espectacular. Ya quisiera yo… es lo que siempre digo. Nadie está conforme en este mundo con nada.
Prudence sonrió vencida, tenía razón.
—Pero puedo ofrecerle otro vestido que tiene un corsé más holgado y liso. Creo que debería verlo.
—De veras?
Como resultado se probó media docena de vestidos porque del que pensó la empleada no había su talla y al final, molesta decidió llevarse el primero que se llamaba sor Inés de la línea monacal de Saint Jordi. Le pareció apropiado para la ocasión. Medieval, monacal y discreto. Quizás si usaba un corsé apretado no se notaría tanto. Prefería la línea clásica, se veía más delgada y en verdad que esos días había perdido unos kilillos por los nervios.
—Se verá hermosa, ¿cuándo será la boda? —le preguntó mientras pasaba su tarjeta de crédito por la máquina.
—En unos días, no sé bien, mi novio está organizando todo.
Se oía ridículo, ni ella sabía cuándo iba a casarse, sólo que era pronto por eso necesitaba el vestido. La joven le sonrió.
—Pues muchas felicidades. Aquí tienes tu vestido. Te traerá suerte, todas las novias que compran sus vestidos aquí…
Oh, vaya, qué verso tan apropiado. Como si la suerte de un matrimonio dependiera de un vestido blanco, o de un día o de un lazo rojo. Ella se encomendaría a Dios y le pediría protección. Llevaría el vestido blanco como símbolo de pureza, pero en su caso sería un vestido blanco con una virgen dentro. Tomó el paquete sintiéndose feliz como si fuera a casarse mañana. Quizás fuera el remedio, pero su ánimo empezaba a mejorar.
Peter llegó a tiempo para que pudiera comprarse los zapatos blancos de taco alto. Ya tenía todo. No podía creerlo. Sí que le había rendido la mañana.
Cuando él la vio tan cargada, aparcó el auto y fue a ayudarla.
—Prude, ¿estás bien?
Ella asintió feliz y le dio un beso fugaz.
—Ya tengo el vestido de novia y los zapatos.
Su novio sonrió.
—¿De veras? ¿Tan pronto?
—Sí y me queda estupendo. Acabo de probármelo.
Cuando todos los paquetes quedaron en la valija de la Ford Ranger de su novio Prude subió a la camioneta feliz olvidando por completo los sucesos desafortunados de esa mañana. Su visita frustrada al departamento, su encuentro con su jefe y el fisgón. Ese fisgón era de la ciudad pues sería la última vez que la vería por allí, no pensaba regresar a esa ciudad.
Hablaron un momento de los sucesos del día y de pronto él dijo:
—Prudence, podemos casarnos el viernes próximo. Ya hablé con el padre Stephan y el viernes a primera hora nos casaremos por civil.
Ella sintió mucha sed de golpe y buscó la gaseosa en su bolso. La necesitaba.
—Está bien, fantástico. Lo tienes todo organizado.
Él sonrió y cuando llegaron a la casa una hora después se tumbaron en la cama para descansar. Había sido un día intenso.