El jefe 8 #3
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—Prude, creo que debes tomarte un descanso. Todo esto parece forzado, precipitado. No eres tú quien lo decide. Y se trata de tu boda, de tu vida. No de las necesidades de Peter.

Ella sabía que tenía razón.

—Es que yo estaba de acuerdo con él, al principio cuando me invitó, pero después… no pude mantener el entusiasmo.

La doctora la escuchó paciente y de pronto dijo:

—No es sólo la trágica muerte del padre Alfred, Prude. Los sentimientos son muy delicados en las personas, no pueden forzarse y tú harás un cambio demasiado radical. Te parecía correcto sí pero dentro de tres meses. Enfrentada a ese gran cambio tú sientes rechazo y es normal. Pídele tiempo. Tomate un tiempo para saber qué es lo que quieres, aunque te diré que estos días te has dado cuenta de que es un hombre muy controlador con una idea muy estereotipada de lo que es una esposa. Y tú no tienes experiencia no conoces demasiado a los hombres y eso te jugará en contra. Sé que eres religiosa y todo eso, pero esto te lo diré como mujer porque he tenido algunas relaciones sentimentales y a los hombres no les puede dar ventaja, no puedes ceder espacios, ceder siempre porque se aprovechan y abusan. Si te acostumbras a que tu marido resuelva todo sí, terminarás como una mujer sin autoridad, sin confianza en sí misma y terriblemente dependiente.

—No es así, yo decido qué hacer.

—Sí, hasta ahora, antes de la boda, antes de irte a vivir con tu novio. Parece que todo tiene que ser aprobado por él, ¿te das cuenta? Él dispuso de todas tus pequeñas posesiones: heladera, cocina, lavaplatos… todo lo donó a la congregación sin siquiera preguntarte. Pensó que ya no lo necesitarías y decidió por ti. Eso fue pésimo. No lo dejes. No lo permitas. Si dejas que él tome las decisiones tú no podrás ni escoger el nombre de tus hijos.

—Pero doctora, es mi prometido, mi futuro marido, no quiero perderlo. No fue fácil para mí usted sabe mi historia. Encontrar pareja, poder casarme… ningún hombre me tomaba en serio y…

—Tú siempre pensabas mal de todos los hombres Prude, no les dabas oportunidad. No puedes decir que sólo puedes casarte con ese arquitecto exitoso. Hay otros hombres aquí Prude. No es el único. Y tú misma tienes dudas.

Ella guardó silencio mortificada.

—Es verdad, tengo dudas, pero no quiero romper con él. Es un buen hombre, quizás la diferencia de edad…

—La diferencia de edad y que es hombre y encontró una mujer bonita y virgen para manipular y gobernar a su antojo. Él tampoco quiere dejarte escapar y puede ceder ahora en algunas cosas, ¿pero lo hará después?

—Si me trata bien y me ama, si formamos una familia no me importa hacer lo que él me diga.

La doctora la miró boquiabierta.

—No puedes hablar en serio. No sabes lo que dices. No tienes idea. Vamos, no tienes treinta años ni cuarenta para estar tan ansiosa de tener un marido.

—Me siento sola doctora, yo no soy como las jóvenes de mi edad, siempre fui rechazada, dejada de lado por mi forma de ser por ser tímida. Y ahora encontré a un hombre bueno que quiere casarse conmigo. ¿Qué tiene de malo?

—Tú sabes a que me refiero, Prudence. Por algo estás aquí buscando píldoras para estabilizarte. Y seguramente te ayudarán, pero yo te aconsejaría que esperaras porque luego te quedarás embarazada porque los católicos no usan métodos de anticoncepción y no podrás tomar más antidepresivos. Tú misma sabes la verdad. Estás desbordada como metida en un barco en el medio del mar y no sabes a donde ir ni a quién acudir. Piensa que muchas cosas cambiarán cuando te cases y te quedes embarazada, no tendrás la misma libertada ni podrás tomarte un tiempo como ahora te meterás en un baile y tendrás que bailar como dice el refrán.

—No puedo pedirle un tiempo, ni siquiera tengo mi departamento. Acabo de perderlo.

—Ve a vivir con tus padres. Ellos te recibirán encantados. Te hará bien, una semana o dos o el tiempo que precises. Es tu vida, Prudence y tú… Imagina que eres un barco y tienes el timón, tú decides a donde ir, quien sube a tu barco y a quien jamás dejarías subir. Si pierdes la capacidad de decidir qué hacer se subirá mucha gente desagradable a tu barco y luego te hará exigencias. No querrás que estén allí. Tú has logrado mucho, has podido independizarte, crecer, pero debes defender tu espacio, tu vida o terminarás convertida en una esposa que más que esposa es una esclava doméstica. Sin vida, sin decisión, confinada a una cama para placer de su esposo. ¿Es realmente lo que quieres para tu vida? Porque ni el sexo será divertido cuando tengas una casa llena de bebés llorando, exigiendo atención, y cuidados. Traer un hijo al mundo es una gran responsabilidad y tú debes desear a tu hijo, no me importa lo que diga tu barbudo Dios. Aquí las cosas son muy distintas Prudence. Estarás exhausta y en menos de diez años te verás como de cuarenta. ¿Crees que exagero? No… y no me mires así. Tengo una paciente que se parece mucho a ti, que hizo lo mismo. Fue a una iglesia en busca de consuelo porque había perdido a un ser querido y al año estaba casada y embarazada de su ardiente y puritano marido. Que le exigía sexo a diario sin usar los métodos porque él quería tener los hijos que el viejo barbudo le enviara… en menos de diez años años la pobre Constance había tenido seis hijos y sospechaba que estaba nuevamente embarazada. Estaba exhausta, harta de todo y sólo soñaba con tomar su maleta y largarse porque la casa era un caos de llanos, pañales sucios, llantos… no era la imagen que a ella le había pintado la congregación de una familia numerosa y feliz. Era un perfecto chiquero, un completo caos de niños gritando, llorando y una madre sufriendo una horrible depresión incapaz de poder lidiar con nada. Porque el cretino de su marido no la dejaba tomar la píldora porque su sueño era tener diez hijos y ser como la perfecta y neurótica familia victoriana numerosa.

Prudence sintió escalofríos pues la descripción de la doctora era tan real, cuando le habló de la pobre Constance se vio a si misma siempre encinta con un montón de niños corriendo de un lado a otro, gritando, llorando, pañales tirados, chupetes y biberones.

—Usted quiere asustarme doctora Bridge y lo ha conseguido.

—No, no quiero asustarte, quiero mostrarte tu futuro. Lo que puede pasarte. La pobre Constance tuvo que hacerle entender a su marido que no podían tener más hijos y al final no lo dejó, pero se lo merecía por egoísta. No es sencillo. La vida está muy cara y cada bebé que nace merece ser atendido y cuidado como es su derecho. Ser amado y cómo crees que un niño recibe la debida atención de una madre que tenía tres bebés que alimentar. Y tuvo suerte de que era sana, pero en ocasiones las cesáreas son muy bravas. Más de dos niños no puedes tener. Ella era sana y no tenía problemas ginecológicos. —suspiró—Lo que quiero es que te enfrentes a la posibilidad de que te pase lo mismo, que puede pasarte. No puedes quedar embarazada sin saber si te llevas bien con tu marido. Todos cometemos errores en esta vida, y más cuando elegimos pareja. Es cuando más nos equivocamos. ¿Por qué? Pues porque hay parejas que sólo sirven para divertirnos, para hacernos sentir bien y nada más. No son apropiadas para compartir un proyecto de vida una familia como el matrimonio. Y tú no has tenido otra pareja para comparar a Peter, ni siquiera sabías que fuera tan organizado y controlador. Para ti era el príncipe en una caja de cristal, un muñeco. No era real. No del todo porque en la primera etapa de una pareja todo es fantasía, enamoramiento, pasión, es química pura luego con el tiempo comienzan a conocerse a descubrir si realmente pueden formar una pareja estable y duradera.

Prude sabía que la doctora tenía razón y que debía darse un tiempo. Si no se sentía bien ahora lo mejor era tomar distancia y esperar.

—Supongo que tiene razón doctora, pero no es fácil para mi encontrar una pareja. Nunca lo fue en realidad y pienso que Peter reúne muchas de las condiciones y no crea que soy tan tonta de llenarme de niños. A lo sumo querré tener tres o cuatro.

La doctora asintió.

—Prudence, es tu vida, tú decides qué hacer. Pero hay momentos en que no sabemos qué hacer y entonces pides ayuda a un amigo o a tu doctora. Y como tu doctora te diré que te noto nerviosa y estresada. Muy estresada y es normal porque acabas de terminar de forma brusca la etapa de soltería y además has perdido un ser querido. Es demasiado para asimilar en poco tiempo.

Eso y el beso apasionado de su jefe que a última hora decidió decirle galanterías cuando nunca le había prestado la más mínima atención. Y eso no debía afectarla para nada en realidad. Fue sólo un beso y unas frases que no tenían sentido.

Escuchó distraída el sermón final de su doctora y su receta para las píldoras. Eso era lo único que le importaba. Tratar de mejorar su ánimo para poder estar bien con su novio y no ser como esos días una mujer depresiva, agresiva o completamente apática.

Fue en busca de las píldoras en la farmacia más cercana y luego compró una bebida gaseosa para tomarlas. Pensó que eso la aliviaría. Pero sabía que tardaría días en hacerle efecto.

Una píldora no lo resolvía todo y su cabeza estaba llena de cosas en esos momentos. Regresar a su casa ciertamente que la deprimía. No quería preocupar a sus padres o que pensaran que había peleado con su novio.

Así que resignada llamó a Peter para que fuera a buscarla. Tendría tiempo para almorzar y luego se daría una vuelta por alguna tienda para comprar su vestido de novia. Tenía la tarjeta de Peter y la usaría. Prefería eso a pedirle el cheque a su antiguo jefe.