El jefe 8 #2
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8 #2

—Está loco señor MacNeil. Loco de remate. Pero confieso que me ha engañado, creí que era un caballero, un hombre de bien. Pero déjeme decirle que no estoy interesada en sus juegos y no sé qué busca, pero no me interesa para nada. Y no puedo creer que me llamara con esa intención.

Prude abandonó su silla nerviosa, ahora sentía su corazón mucho más acelerado y sus manos húmedas y frías trataron de abrir la puerta, pero estaba cerrada. Por supuesto él la había trancado.

—Está cerrada señorita Hamilton. No se irá. No sin antes recibir el regalo de bodas que pienso darle.

Ella lo miró aturdida.

—¿Presente de bodas? Olvídelo. No me interesa para nada.

Él sonrió y avanzó hacia ella. Estaba loco y era un hombre malvado y lujurioso. No quería ningún regalo de ese sujeto, sólo que la dejara en paz porque ya le había puesto los nervios de punta.

Prude quiso gritar, pero no pudo moverse. Esos ojos tenían un brillo extraño, un brillo azul muy extraño y comprendió que estaba frente a un ser sobrenatural y rezó, rezó para pedir protección al arcángel Miguel. Pero sus rezos no fueron oídos pues el irlandés la atrapó entre sus brazos y le dio un beso ardiente y desesperado. Un beso que le decía a gritos que estaba loco por ella y que siempre había reprimido ese deseo. Prude se resistió y quiso apartarle, pero era un hombre muy fuerte y su rechazo sólo lo enojó más y luego hizo su beso profundo y salvaje.

Nunca antes la habían besado así, nunca sintió un beso tan dulce ni un olor como ese. Era un hombre atractivo, fuerte, pero tan frío, jamás la había mirado. Para ella no era más que un rico obsesionado con hacer más dinero y todo pasaba por ahí. No tenía esposa, novia, ni familiares cercanos. Vivía solo en un departamento de lujo. Pero la forma en que la besó la hizo sentir tantas cosas. le gustó. Le gustó que quisiera robarle un beso, le gustó tanto sentirse deseada por él.

Pero no era correcto y apenas pudo se soltó de su abrazo y lo empujó con todas sus fuerzas.

Él la liberó y se quedó mirándola.

—Qué dulce es usted. Qué deliciosa, tiempo de pensar cómo sería hacerla mía.

Prude se excitó cuando le dijo eso a media voz. Le gustaba ese hombre y la confundía la forma en que la miraba, y ese beso la dejó mareada. No podía apartar su mirada de esos ojos azules. Como si tuvieran poder de hechizarla o algo así.

—Usted no vuelva a hacer eso, está loco. Soy una mujer comprometida y no tengo interés en sus proposiciones amorosas, ¿entiende? —le dijo apartándose.

Quería llegar a la puerta y escapar, pero él la detuvo.

—Aguarde, quiero darle su cheque. Personalmente. A menos que considere regresar a su puesto.

Prude sintió que sus mejillas se encendían de rabia. Su cheque. Claro. La liquidación por su renuncia. Se volvió y habría deseado decirle lo que podía hacer con su cheque. Allí lo tenía en su mano y Prude no hizo nada por tomarlo.

—Es suyo, señorita Hamilton. Firme aquí y se lo entregaré. A menos que haya cambiado de opinión.

—No, no he cambiado de opinión y quiero decirle que está loco y es un atrevido por besarme.

El irlandés sonrió como si le hicieran gracia sus palabras.

—Está bien, supongo que me lo merezco.

—No quiero su cheque señor MacNeil.

Bonito regalo de bodas le había hecho. Un beso que la había enloquecido de rabia y deseo como nunca le había pasado antes. Un poco tarde se avivaba, por cierto.

—¿No quiere mi cheque? Pero es suyo. Usted renunció y sólo le preparé la liquidación.

—No, no quiero su cheque, tengo mis ahorros y mi prometido me regaló una tarjeta para que me compre lo que quiera. Señor MacNeil, debo irme. Tengo cosas que hacer así que le ruego que me abra la puerta.

Él demoró en responderle, no dejaba de mirarla y esa mirada la incomodaba. Y sin decir palabra presionó el botón y la dejó en libertad.

—Está bien, si no quiere el cheque no la obligaré.

Prudence lo miró y se precipitó a la salida como un pájaro que había estado un buen tiempo encerrado. Confundida, molesta, furiosa sintiendo en sus labios ese beso ardiendo, quemándola por dentro pensando que lo había disfrutado y que estaba triste porque él le había dicho esas cosas, la había besado y luego la había dejado ir. Como muchos hombres lo hacían en la ciudad según se quejaban sus amigas. Una conducta histérica de te quiero, pero no estoy seguro, te quiero sólo para divertirme o tampoco sé si te quiero para algo. Y MacNeil era uno más.

Cuando entró en su departamento sintió el corazón acelerado y el recuerdo de ese beso en sus labios de nuevo. Había sido maravilloso. ¿Por qué diablos no le habló antes? ¿Por qué no intentó conquistarla en vez de precipitarse cuando estaba a punto de casarse con su novio Peter?

Debía quitarse ese asunto de la cabeza.

Ver su departamento vacío y todo pintado color rosa la crispó. Rosa, melocotón y violeta en algunas partes. ¡Qué espanto! Parecía la casa de la niña Barbie. O de un señor disfrazado de mujer que adoraba todo lo femenino y de pésimo gusto.

Ese no era su departamento.

Pero tenía que buscar esa caja con pertenencias que llevársela, quizás tuviera algo de valor. Luego se tomaría un tren hasta Providence y con suerte llegaría pasado el mediodía.

Entonces recordó algo que él dijo. Que había estado siguiéndola y que escuchó su conversación con Susan. Si oyó esa conversación sabía que estaba deprimida y no quería casarse, pero ¿por qué diantres lo haría? ¿Por qué le dijo esas cosas y luego la besó diciéndole que era su dueño?

Quizás había estado fumándose algo. Entre los yuppies adinerados era muy común ingerir sustancias o fumarse algo de vez en cuando.

Pero no parecía haber bebido ni estar drogado.

Caminaba por la habitación en busca de la caja cuando sonó su teléfono. Era Peter.

—Prudence. ¿Dónde estás? Acabo de llegar a casa y hace más de una hora que espero que llegues. ¿Tuviste que salir o algo? La señora Stewart dijo que saliste hoy temprano sin decir a donde ibas.

—Estoy en Boston, vine a buscar una caja porque el dueño me avisó.

—¿En Boston? —dijo como si estuviera en el mismo infierno. —Pero por qué tuviste que ir al departamento? El dueño jamás me dijo nada. Prudence. Ese lugar es peligroso. ¿Realmente tenías que ir sin avisar siquiera?

—Bueno, no pensé que te molestaría eso. estoy bien. Acabo de encontrar la caja que buscaba y me voy.

—Estás dentro del departamento?

—Sí, estoy aquí.

—Entonces quédate dónde estás, iré a buscarte.

—No es necesario, Peter. De veras.

—Pues yo creo que sí es necesario. No debiste ir sola, no después de que me contaste que un tipo andaba siguiéndote. Ese lugar no es seguro para ti. Ese sujeto pudo verte entrar.

—No había nadie cuando entré—protesté. En realidad, ni siquiera me había fijado, salí disparada de la oficina de mi jefe, tomé un taxi y entré corriendo al edificio.

—Pero quizás haya alguien afuera esperándote. ¿Es que no piensas?

—Claro que pienso. Pero me parece que tú estás exagerando. Deja de tratarme así, no soy una débil mental—Prude estaba cada vez más furiosa.

—No dije eso. sólo quiero protegerte. ¿Qué pasa contigo, nena?

Rayos, odiaba esa frase, le parecía salida de una serie barata de la televisión.

—No me pasa nada, estoy bien. Me iré en tren y llegaré pasado el mediodía.

—Prudence, no, no vengas en el tren, es peligroso. Sólo espérame.

—No, no quiero que hagas ese viaje tan largo.

—Lo haré por ti, escucha. Si no quieres esperar toma un taxi.

—¿Un taxi hasta Providence? Saldría una fortuna.

—No importa, yo lo pago, por favor.

Prudence murmuró que era un despilfarro.

—Luego te llamo sí? Ahora tengo que encontrar esa caja.

No quería volver a su casa. Se sentía asfixiada, controlada. Cuidada como si fuera una niña o una enferma mental. Siempre lo hacía y le molestaba. Rayos. No imaginó que su novio fuera tan sobreprotector o controlador.

Pero sólo se preocupaba por ella.

Trataba de convencerme que todo era normal y que ella era la loca, la complicada. Era más fácil así. No tenía nada que examinar ni…

De pronto pensó que no había ninguna caja en ninguna parte. Todo estaba vacío y con papel de diario en todo el piso en señal de que lo había pintado de rosa y lila. Caminó inquieta y se preguntó quién se mudaría a su departamento. Era suyo, su nido. durante más de un año y era tan triste decirle adiós y enfrentar un hogar vacío por completo. Lo extrañaba y no entendía por qué se dejó llevar por su novio de esa forma, por qué dejó que la alejara de todo y la encerrara en esa casa. Debió quedarse un tiempo más, disfrutar de su libertad, su trabajo…

Se detuvo agradecida que al menos le dejaran una poltrona roja para sentarse. Necesitaba sentarse y pensar.

Luego tomó su celular y llamó al dueño.

—Señor Atkins, buenos días, estoy aquí en el departamento y no encuentro la caja que me dijo.

—Quien habla?

—Soy yo, Prudence Hamilton.

—Ah sí, claro. Pero yo dejé la casa sobre la mesa del comedor. ¿No la encontró?

—No hay ninguna mesa aquí y, además, está todo pintado de rosa.

—Entonces ya terminaron el trabajo? Bueno, deje que haga unas llamadas señorita Hamilton para buscar la caja que le dije. Luego la llamó en unos minutos.

Qué bien, el pintor se había robado mis pertenencias.

—Gracias, señor Atkins.

Prudence aguardó inquieta y de pronto recordó su cita con su terapeuta. Al demonio con la caja. Se le haría tarde.

Cerró todo con llave y luego le entregó la misma al conserje.

Tomó un taxi y fue hasta la clínica. Necesitaba esas pastillas.

En el camino le escribió un mensaje a su novio.

“Peter, olvidé decirte que debo ver a mi terapeuta ahora.”

Luego se dijo por qué debía contarle todo lo que hacía todo el tiempo. Era agotador.

Llegó a la clínica poco después con el corazón agitado y encontró a su terapeuta.

La doctora Ellen Bridge la observó y comenzó a hacerle preguntas. Prude le dijo toda la verdad, desde el principio, mirando nerviosa a la doctora que anotaba y anotaba todo en su notebook sin mirarla.