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Días después despertó cansada, aturdida, y miró a su alrededor aturdida sin saber qué día era ni nada hasta que recordó. Diantres, no era sábado como pensaba sino viernes y tenía una cita. Una cita con su antiguo jefe.
Saltó de la cama y fue a darse un baño. Sabía que eso la ayudaría a despejarse.
Luego de enjabonarse y lavar su cabello con un champú especial a base de hierbas se miró en el espejo desnuda y mojada. Sus ojos recorrieron cada rincón con aire crítico. Tenía los pechos duros y más grandes por culpa de esa hormona que le generaba una leche falsa. tal vez debería pedirle hormonas a su doctora, pero es que le daba tanta vergüenza ir al hospital cuando le pasaba eso, el último tratamiento no dio resultado y… era como si padeciera un falso embarazo y siempre le preguntaban lo mismo. ¿Estaba ella esperando un bebé?
Pero ahora por los nervios y por lo poco que comía se notó más delgada. Sus caderas, su barriga. Eso la puso contenta. Al menos se había sacado unos kilillos sin darse cuenta y se le notaba en las piernas más delgadas y en su trasero, con su delantera no había remedio. Sus pechos, cada vez estaban más grandes y duros. Sabía que debía vaciarse ese líquido cada tanto y luego desaparecía, pero no quería hacerlo. No tendría tiempo, además, su jefe pasaría a buscarla.
Tenía que desayunar y elegir qué vestido usaría. Nada de faldones muy largos para que se rieran de ella en la empresa.
Envuelta en una toalla fue a revisar el guardarropa. No, nada la convencía. Ni encontraba el vestido azul que más le sentaba y la hacía ver más delgada. Además, sus pechos se habían puesto imposibles. Mejor sería usar una falda larga, tacos y una blusa holgada para disimular su talla ciento diez centímetros de contorno.
Luego se hizo rulos con la pinza porque no estaba de humor para el lacio. Ese día no estaba de humor para nada y en verdad que estaba nerviosa ante la perspectiva de ver a su jefe. Sabía que pelearía con él, que descargaría toda su rabia y tristeza por la muerte del padre Alfred y quería evitarlo pues sabía que con la depresión que sentía, luego se sentiría peor.
Se miró en el espejo y pensó que se veía mal. Que toda la tristeza y rabia que sentía se traslucía en su rostro pecoso y redondo, de mejillas llenas. Peter decía que era hermosa y sabía que para él era perfecta, pero ella no se sentía así y lentamente comenzó a maquillarse. Un poco de rímel kohl negro alrededor del párpado para resaltar sus ojos verdes de gata buscona y los labios, de un tono vino porque siempre había pensado que el rojo era para las rameras.
Cuando se miró en el espejo pensó que se veía mejor.
Al menos ya no se notaba que estaba triste y rabiosa. La blusa color rosa disimulaba bien su delantera y la falda negra de cuero afinaba su cintura. Suspiró y se perfumó. Siempre usaba el Anais era tan rutinaria, pero para ella no había perfume más delicioso que ese.
A las nueve y media estaba el chofer de su jefe esperándola afuera para llevarla a Boston. Peter se había ido temprano así que no tuvo que decirle nada de esa escapada. Luego iría a ver a su doctora y pasaría por su departamento pues la empresa de mudanzas había olvidado llevarse un mueble y el dueño me había avisado anoche que había pertenecías mías en el departamento que debía llevarme cuanto antes. No estaba muy contento con que le dejara el apartamento vacío, durante más de un año había pagado puntual mes a mes el arriendo.
Suspiró al recordar su departamento. Lo extrañaba, echaba de menos su soledad, su espacio, su rincón.
Apartó esos pensamientos al llegar al edificio. Sin saber por qué sintió los nervios a flor de piel cuando subió el ascensor y se dirigió a la cita con su jefe. No sabía por qué rayos estaba tan nerviosa, pero nada más entrar en su despacho y verle sintió el corazón latirle acelerado mientras le miraba con fijeza. Estaba enojada, molesta con él y estaba tratando de dominar su genio. De contenerse.
Él la miró con intensidad de una forma que jamás la había mirado.
—Buenos días, señorita Hamilton. Pase por favor. Vaya. La vida de campo le sienta bien, se ha puesto muy guapa—le dijo.
Claro ya no era su jefe y podía piropearla y mirarla de esa forma, como si fuera un trozo de carne.
—Gracias, pero supongo que no me trajo aquí para decirme palabras bonitas señor MacNeil—le respondió muy seria con las mejillas encendidas.
—Tal vez sí… ahora no podría denunciarme por acoso si le digo que es la mujer más hermosa que he visto en mi vida, señorita Prudence.
Ella retrocedió unos pasos, pero entonces sintió un sonido seco y vio con terror que su antiguo jefe había cerrado la puerta luego de presionar un botón.
Y luego como si nada le dijo:
—No se vaya por favor, tome asiento. Necesito hablar con usted, urgentemente. Pero tranquila. No voy a comerla.
Ella obedeció sintiéndose muy incómoda por toda la situación y lo peor era que sentía las mejillas ardiendo y su corazón seguía latiendo enloquecido.
—Señorita MacNeil, primero quiero decirle que lamento que tomara la drástica decisión de abandonarme sin siquiera despedirse. Sí, sé que suena muy personal lo que le dije, pero así me sentí cuando mi asistente Williams me avisó que usted había renunciado a su puesto aduciendo que se casaría con su novio antes de lo esperado. ¿Pero todavía no se ha casado verdad?
Ella negó con un gesto.
—Lo siento, habría querido avisarle, pero todo ocurrió muy deprisa y además la muerte del padre Alfred en su mansión embrujada.
—Lamento eso de veras, pero le advierto que no podrán demandarme por ello pues mi abogado hizo ciertas averiguaciones y tiene pruebas de que el padre Alfred padecía problemas cardíacos a los que no prestaba la debida atención.
—Sí, es verdad. Nadie está acusándole, pero usted sabe que su insistencia precipitó el final de un padre muy querido en la congregación. Su ausencia se siente y yo me siento muy mal por ello y todos me acusan de haber provocado su muerte antes de tiempo.
Él la miró muy serio.
—No es su culpa y tampoco es mi culpa. Qué iba a imaginar que el hombre padecía problemas de salud. Sólo quería que bendijera esa casa no que se pusiera a lidiar con los demonios.
—¿Los demonios? ¿Entonces usted que siempre dijo no creer en nada dice que había demonios y aun así lo envió a la mansión?
—No creo en nada es verdad, pero llegó a mis manos una cinta de lo que pasó esa noche. La casa tiene cámaras por todas partes para evitar robos y demás, y exigí a la compañía que me enviara de inmediato todas las filmaciones de lo que pasó la noche que fue el padre Alfred con sus amigos de la congregación.
Prude comenzó a sentirse mal.
—Entonces vio la sombra oscura en el comedor?
Él no le respondió y prendió una pantalla frente al escritorio y Prude vio nuevamente la filmación sintiendo angustia al ver al padre Alfred recorriendo la casa. No vio ninguna sombra esta vez, no había nada. Pero ellos sí dijeron haber sentido el aire denso y una oscura presencia.
El incidente del vidrio hecho trizas no estaba en la filmación como tampoco había ninguna sombra oscura.
—Lo ve? No hay nada. Nada sobrenatural captado por las cámaras. Ni ruidos.
—Pero sí hubo un vidrio roto por un fantasma. Aguarde traigo conmigo la filmación de Mark Bale de esa noche. Él acompañó al padre Alfred.
Su jefe miró la filmación, pero no quedó nada conmovido.
—Vamos, ese vidrio se astilló por los gritos de esos cobardes que aseguraban ver una sombra, pero yo no veo nada. Escuche… Yo siento mucho lo que pasó, pero no fue mi culpa, ¿comprende? No lo fue. Y dígales a sus amigos que no podrán demandarme.
—Nadie lo demandará, deje de decir eso.
Él la miró con fijeza.
—Pero usted me guarda rencor por lo que pasó, está furiosa y agitada. Casi puedo sentir los latidos de su corazón.
Su voz había cambiado, se había vuelto suave, como una caricia, al igual que su mirada azul cobalto que la miraba como nunca lo había hecho.
—No puede culparme por ello, todos me miran con odio ahora y yo misma me siento mortificada por haberle obedecido señor MacNeil—le dijo furiosa.
Él la miró con una sonrisa.
—Bueno, es que soy tu amo, pequeña, tu dueño. Tienes que obedecerme, siempre me obedecerás, aunque no quieras.
Prudence lo miró aturdida, se había jurado que conservaría la calma, pero ese hombre parecía dispuesto a provocarla.
—Mi amo? Yo no soy la esclava de nadie y usted no es más que un millonario prepotente que cree que todo se compra con dinero. Antes era mi jefe por eso le obedecí, pero le recuerdo que ya no es mi jefe.
—Millonario prepotente? Ya quisiera. A penas soy rico, preciosa, y en cuanto a lo demás, siempre me obedecerás porque sí, soy tu dueño virgencita y sé que nada ha sido lo mismo para ti desde que te fuiste de aquí. Estás triste y desorientada. No te ves como una novia a punto de casarse, ¿o me equivoco?
Eso ya era demasiado.
—Bueno, eso no es de su incumbencia. Me parece que se toma demasiadas libertadas. Vaya señor MacNeil, nunca pensé que fuera tan atrevido y tan dado al cotilleo. Me decepciona.
Él sonrió cuando le dijo eso.
—No es cotilleo. He estado vigilando sus pasos, y oí su conversación con su amiga Susan ayer. Tengo mis espías señorita Prude. Mis informantes.
—Ha estado espiándome? ¿Con qué propósito? ¿Por qué?
—Porque usted es más que mi empleada favorita señorita Prude. Usted es mi virgen y no permitiré que ningún hombre tome lo que es mío. ¿Entiende? He estado cuidándola durante meses, esperando el momento adecuado, pero creo que fui algo descuidado, me dejé estar por otros problemas que surgieron. Además, todo lleva tiempo, lo confieso.
Ella lo miró aturdida, asustada. Y tembló cuando ese hombre la miró de esa forma, como si fuera un trozo de carne recorrió su cuerpo con verdadera lujuria. Era como todos. Un maldito baboso que hacía tiempo esperaba poder hincarle el diente y tenerla para luego desecharla.